Opinión
50 años de activismo ambiental… y los próximos 50

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La deuda con los movimientos ecologistas en España es tan grande en el último siglo que no es fácil hacer un resumen de tantos activismos acumulados en defensa del territorio y la naturaleza. En el intento de resumen que se ha hecho desde el Comisionado "España en libertad. 50 años", el pasado 10 de julio, si algo quedó de manifiesto es que, sin movilizaciones por el medio ambiente, nuestro país no sería el mismo, pero también que la profunda crisis de valores que se riega desde las redes sociales por la extrema derecha, y la no tan extrema, está desincentivando la participación; no nos lo podemos permitir.
Al evento, organizado por dos ministerios (Transición Ecológica y Política Territorial) y el Comisionado, se invitó a gran parte del mundillo ambiental histórico y del activismo más joven, aunque se notaba entre el público que la edad media era demasiado elevada. En una primera mesa redonda sobre espacios protegidos, quedó claro que ahora es mucho más territorio el que, de una forma u otra, tiene protección respecto a hace medio siglo, y hay más legislación, pero también que las presiones sobre el entorno han aumentado, acuciadas por el cambio climático y una pérdida de biodiversidad que no cesa. A la vez, destacaba el escritor, ecologista y naturalista Joaquín Araújo, que "la educación a gran escala en estos temas casi no existe", pero crece la apuesta por esa cultura del menor esfuerzo posible que considera incompatible con "un ecologismo que implica trabajo, esfuerzo, altruismo y compromiso". "Es mucho más fácil ser involucionista, que solo requiere ser ignorante", apuntaba.
Y compromiso tienen a raudales los participantes en esa jornada para un aniversario histórico en el que la actualidad estuvo muy presente. Entre tantas movilizaciones masivas en estas décadas, se destacaron unas pocas, y sus banderas y consignas, colocadas bien visibles desde el minuto uno, dejaron claro que no iban a andarse con contemplaciones. Fue el caso de Paca Blanco Díaz, fundadora de Ecologistas en Acción en Extremadura, acicate desde la década de 1970 de la lucha contra las centrales nucleares. Y es una batalla que aún sigue porque el mensaje pronuclear resucita de cuando en cuando —la última vez, tras el apagón de mayo—, pese a que ella misma recordaba que hay un calendario de cierre aprobado por las grandes compañías eléctricas, que son sus propietarias.
Blanco rememoró los hitos de un movimiento que logró poner freno a un despliegue masivo de nucleares y logró que se cerraran o no se abrieran varias centrales. Sus impactos son evidentes: hoy ya tenemos residuos radiactivos por valor de 20.000 millones, que es lo que costaría sacarlos de donde ahora están, en "bidones de ocho por cuatro metros al aire libre a los que solo les falta una diana encima en estos tiempos de guerras", según sus palabras. La activista recordaba que esa es una factura que ahora las empresas, de dividendos multimillonarios, se niegan a pagar: "¿Y lo tenemos que pagar los contribuyentes?", se preguntaba. Y aún lanzó otra alerta: centrales como la de Ascó, refrigerada gracias al agua del Ebro, estarían teniendo ya problemas de enfriamiento debido a las altas temperaturas. Y lo mismo pasa en la de Almaraz con el Tajo. En Francia, por cierto, las olas de calor ya están haciendo apagar sus reactores, poniendo al límite su sistema energético.
Ese guante sobre la energía lo recogió el representante de otro activismo de largo recorrido: Lito Prado, de la plataforma Nunca Mais, ahora inmerso en la lucha por el Macizo central gallego y contra la instalación de Altri. Prado, lo primero que lanzó fue una defensa de la nacionalización de las empresas eléctricas. El recorrido que hizo por los desastres costeros en Galicia es demoledor: en 1992, el hundimiento del petrolero Mar Egeo, afectando a 300 kilómetros de costa; en 2002, el hundimiento del Prestige, que dio lugar al movimiento Nunca Mais; y en 2023, el derrame de plásticos pellets del Toconao. Si bien con Nunca Mais se consiguió la prohibición de los barcos monocasco o que los puertos se coordinen con planes de emergencia, para Prado no fue suficiente. "Siguen pasando petroleros por nuestra costa continuamente, el riesgo persiste", señalaba. Pero ahora la lucha está en otro lado: la proliferación de parques eólicos en el Macizo Central y la oposición a la megafábrica de celulosa de Altri. "Y aprovecho para decir a las autoridades que están aquí que controlen en qué se está gastando la Xunta los fondos Next Generation, porque no puede ser que vaya a proyectos así, con una alta contestación social por su impacto ambiental".
Esta reconversión del activismo del pasado en luchas del presente también se vive en la Plataforma en Defensa del Ebro. Ya hace 20 años que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero descartó un trasvase masivo del agua del Ebro hacia Levante, contra el que hubo también una gran oposición popular en Aragón y Cataluña, allá por el año 2000. Lograrlo no desmovilizó a quienes se implicaron, que siguen hoy peleando por una adecuada gestión del agua en un país seco y acogotado por el cambio climático. Susanna Abella, su representante, puso de ejemplo de ese mal hacer "obras absurdas, como las del embalse de Yesa (sobre el río Aragón), que llevan 20 años haciéndose y 450 millones gastados, pero ya es obsoleto", aseguraba ante la ministra Sara Aagesen. Recordaba también que, con o sin trasvase, el Delta del Ebro está hecho un desastre, que casi no recibe sedimentos y su costa retrocede continuamente.
La más joven activista, Laura Laguna, hoy en Amigas de la Tierra, aprovechó para mencionar cómo a esos movimientos, de raíz territorial y surgidos de temas concretos, ahora los nuevos activismos han aportado, y puesto en primer término, demandas sobre derechos humanos y un feminismo y un pacifismo que trasciende lo ambiental. Y todo ello en un contexto de aumento de la persecución por una la Ley Mordaza que lleva en vigor ya 10 años. A las 124 detenciones y cientos de miles de euros en multas de los últimos años, Laguna añadió los casos de espionaje policial en grupos como Juventud por el Clima (Fridays For Future) y acusaciones de ser organizaciones criminales, "lo que genera miedo y desincentiva a los jóvenes para implicarse".
Respecto a este asunto, Eva Saldaña, directora de Greenpeace España, recordó que los tribunales son a la vez una oportunidad para frenar desaguisados de algunas empresas y un problema cuando persiguen al movimiento ecologista, como es el caso de la demanda de una petrolera contra esta ONG en Estados Unidos, interpuesta por su apoyo a indígenas sioux durante una sonada protesta. Ha sido condenada por un jurado a pagar 660 millones de euros a Energy Transfer. Saldaña aseguraba que ese acoso judicial no los va a frenar, como no lo ha hecho hasta ahora con sus conocidas acciones directas —recordemos aquella imagen de sus activistas subidos a la torre de la central nuclear de Ascó—, sus informes y sus campañas.
En la línea de trabajar con las soluciones, además de hacerlo en los tribunales y con la ciencia de la mano, está SEO/Birdlife, cuya directora, Asunción Ruíz, resaltaba la importancia de convencer a sectores como el agrario en la defensa de la casi siempre olvidada crisis de la biodiversidad. Ruíz destacó como un hito de los 70 años que esta organización lleva en activo su trabajo para que el derecho a un medio ambiente sano haya sido reconocido; era inimaginable hace pocas décadas y hoy es realidad.
En definitiva, 50 años en los que no resulta fácil imaginar cómo sería este país sin esas personas pioneras que iniciaron el camino y sin los que han llegado después. Desde luego, son muchas más que entonces. Unas 200.000, según cifraba Araújo, que están dispuestas a dar parte de su tiempo a este activismo imprescindible. La cuestión que quedó en el aire es cómo será posible ampliar esa base imprescindible gracias a una juventud activista que desde la pandemia parece ser residual. El periodista ambiental Joaquín Fernández defendía que no es por falta de información, cuando se está con un móvil en la mano muchas horas al día, que es falta de interés. En un mundo que ha sobrepasado ya seis de los nueve límites planetarios, ese es un camino sin futuro. Y la realidad es que las redes sociales no ayudan, por más que influencers como la presentadora Andrea Compton jueguen a favor. No hay un modelo que nos diga cómo será la vida en la Tierra en otros 50 años, pero ese espíritu que comenzó a expandirse en esos años de aprendizaje de libertades sigue vivo en los territorios y es obligación de todos, especialmente de las instituciones al mando, que se mantenga.
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