Opinión
50 años tarde

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
-Actualizado a
Durante el verano, antes de saber que por fin íbamos a quitarnos de encima ese olor a podrido que desprendía la Fundación Francisco Franco, escribí aquí, en Público, una columna titulada La transición democrática es ahora. Cuestionaba esa "ejemplar" transición porque, bajo mi punto de vista, no puede serlo si los crímenes y abusos del dictador y sus aliados, si las atrocidades de asesinos y torturadores, quedaron impunes. No puede ser "ejemplar" un tiempo que se cobró 591 víctimas mortales solo con la excusa de que podrían haber sido muchas más. En esa columna defendí que ahora, con una ultraderecha envalentonada, teníamos la oportunidad de abordar la transición que no nos dejaron hacer.
El precio que pagó la izquierda de hace cincuenta años por la libertad y la democracia fue mucho más alto que el que pagó la derecha heredera del dictador. La derecha sintió que ya hacía suficiente consintiendo "la libertad". A cambio, la izquierda tuvo que aceptar una monarquía diseñada por Franco -el propio emérito fugado lo confirma cuando, en sus memorias, dice "si pude ser rey fue gracias a él"- y una amnistía que fue decirle a las familias de las víctimas del franquismo que llorasen a sus muertos en silencio, sin mucho jaleo, que sus asesinos estaban intentando conciliar el sueño en democracia. Ni un torturador en la cárcel. Ni un franquista en el banquillo. Ni un empresario expropiado. Ahí siguieron todos. Durmiendo plácidamente. Amamantando a sus hijos, y estos a sus nietos, con leche agria de teta facha.
Precisamente esa ausencia de ejemplaridad que tuvo nuestra transición explica los últimos cincuenta años de este país y el punto en el que nos encontramos hoy.
Estamos celebrando 50 años de España en libertad y lo estamos haciendo en una España que se parece, peligrosamente, a la de 1977. Precisamente porque, como decía la letra de Canción para la esperanza de Víctor Manuel, muerto el perro, no se fue con él la rabia. La rabia que escuchamos en los plenos del Congreso, en las tertulias de Telemadrid y en los hilos de X. La rabia de aquellos que creen firmemente que el poder les pertenece, que ellos son quienes deciden sobre nuestras vidas, que tienen su conciencia de clase intacta, mientras dinamitaron la nuestra con liberalismo barato, y que, como dijo una señora que acudió, el pasado jueves, a la presentación de un libro que ensalzaba la dictadura, "antes Franco que la izquierda". Algo se hizo mal en esa transición si en 2025 estamos así.
Llegamos 50 años tarde al exterminio del franquismo. Abrir el procedimiento para ilegalizar la Fundación Francisco Franco llega 50 años tarde. Como tarde llegó sacar los restos del dictador del mausoleo en el que reposaron más tiempo del que se merecía. Como tarde está llegando la dotación económica que permita abrir las fosas donde, aún hoy, estarán los huesos de mi abuelo paterno, como de tantas otras víctimas del franquismo. Los cuatro nietos esperamos una llamada que nos diga que lo han encontrado y así poder enterrarlo junto a mi abuela Margarita. Sus cuatro hijos murieron esperando ese día que la derecha y sus cómplices llaman "remover el pasado".
El franquismo, su poso ideológico, está ahora en las calles, en los consejos de administración, en la Conferencia Episcopal, en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, en el Tribunal Supremo, en el desfile de la Fuerzas Armadas, en los institutos, en las tertulias de los medios, en la presidencia de comunidades autónomas y en el Congreso de los Diputados. Ya no somos la España que se reveló ante el intento de golpe de Estado de 1981. Ahora somos la España que llama radicales y violentos a aquellos que se defienden de las agresiones de los nuevos nazis.
Las ilegalizaciones, las resignificaciones, las placas que señalan los lugares de memoria democrática, tenían que haber sido una prioridad tras la muerte del dictador. Pero claro, entonces era peligroso. No había que molestar al monstruo. Teníamos que haberlo hecho en 1982, con la gran victoria socialista. Pero claro, entonces era más importante abrirle las puertas al neoliberalismo y a las privatizaciones. Con los gobiernos de derechas, ya se sabe, perro no come perro. Y así, la vida pasa y la memoria se diluye en tardes de botellón.
No significa eso que no celebre las decisiones del Gobierno respecto a la memoria democrática. Solo significa que vamos tarde y titubeando. No se puede combatir al fascismo con miedo, pidiendo permiso, actuando con equidistancia ante la provocación de sus líderes ultra y la respuesta de sus víctimas. La España que ahora se burla de la democracia y de sus instituciones, la España que tolera actos que ensalzan la dictadura, la España que saca de paseo la bandera preconstitucional sin que ningún policía la detenga, la España migrante que habla de Franco como un hombre que hizo "cosas malas y buenas", es el resultado de haber sido transigentes con los fascistas durante 50 años, mientras dormían plácidamente acunados por el PP.
Con la ley de Memoria Democrática en la mano, hoy podríamos ilegalizar Vox. Y no lo hemos hecho. Podríamos haber llevado a los tribunales a líderes del PP y no lo hemos hecho. Por no entrar en los curas, jueces, policías y guardias civiles que aún hablan de Franco como quien habla de una paga extra. No podemos perder la oportunidad que nos está dando la Historia para extirpar al fascismo de nuestras vidas. Y haciendo concesiones no se gana la batalla contra los nazis.
Las heridas se curan y aquí hay una que se nos ha infectado. Ha aumentado el dolor y ha aparecido el tejido muerto. Dudo que en esta España, donde niñatos adoran a Vito Quiles y cantan "rojo muerto, abono pa mi huerto", se pueda sanar nada. Lo que sí podemos hacer es aliviar el dolor. Y eso es posible haciendo justicia. Es importante una placa en la Real Casa de Correos recordando las torturas y crímenes que tuvieron lugar ahí. Pero más importante es detener a Vito Quiles y a quienes corean esos cánticos. Y si con la ley de Memoria Democrática no se puede, modifiquemos esa ley para que se pueda. Antes de que sea demasiado tarde.
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