Opinión
Abascal del Gran Terror
Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
En medio del caos que Donald Trump ha traído a nuestras vidas, no se puede dejar pasar la paradoja llevada a drama lacrimógeno de los episodios de e pulsiones a cara de perro en Vox, precisamente, el brazo español del presidente de EE.UU. junto a Isabel Díaz Ayuso. El grupo de fundadores del partido de ultraderecha ha reventado por los cuatro costados: Espinosa de los Monteros, Monasterio, Olona y el último, Ortega-Smith han sido, junto al que fuera líder de Vox en Murcia, Antelo, las y los damnificados de la gran purga abascalista, sin que se descarten a estas horas nuevas expulsiones y sin desmerecer tampoco a quien fuera el vicepresidente autonómico con menos competencias de España, Juan García-Gallardo.
Este sujeto, que quería hacer escuchar el latido fetal a las mujeres antes de abortar, entre otras salvajadas, salió de su comodísimo cargo en Castilla y León en 2024 por exigencias de la dirección nacional de Vox, que pidió romper las coaliciones de Gobierno con el PP en las comunidades por desacuerdos en inmigración con Feijóo, y dejó al exvicepresidente sin su sueldo de 101.000 euros al año por hacer nada. En febrero de 2025, García-Gallardo abandonó la política y estos días se suma a los improperios públicos contra Abascal de los otros purgados, admitiendo su condición de expulsado o encantado de dar la nota, sin más, y recuperar el protagonismo que tuvo, por ejemplo, cuando diputadas de la oposición denunciaron que simulaba felaciones desde su escaño en las Cortes.
Cuentan que la Gran Purga o Gran Terror estalinista fue justificada por el régimen, entre otros motivos delirantes, para hacer más fuerte al Partido Comunista de Stalin frente a los nazis, quitándose de encima a elementos distorsionadores, intrigantes o discrepantes del propio dictador, que no admitía réplica interna alguna, llegando a la paranoia, según los historiadores. La distancia entre la ejecución de las purgas internas por parte del dictador soviético y las del trumpista Abascal -al que seguro que emociona ser comparado en algo con el ruso- es abismal, naturalmente, pero la actuación de ambos no puede sorprendernos a estas alturas teniendo en cuenta sus trayectorias. Por sus hechos los conoceréis y si por algo se ha caracterizado el presidente de Vox -no digamos, Stalin- es por su desprecio a la democracia en todas sus formas, desde la ausencia de respeto a los derechos humanos más elementales hasta el desprecio por instituciones legítimamente representadas.
¿Por qué lloran ahora los Ortega-Smith, los Antelo, los García-Gallardo y el resto de los purgados por Abascal? ¿Acaso creían que aferrándose al cargo e implorando una democracia interna que les repele fuera, el presidente de Vox, su examigo en muchos casos, iba a darles un abrazo y dejarlos donde estaban con un beso en la frente? El ejercicio de la política, incluso la ejercida con el mayor cuidado y afecto, es una de las dedicaciones más ingratas y, a veces, rompe con todo tipo de relaciones entre compañeros/as. Pero una purga en Vox por parte de su líder es como la hierba mojada después de llover: lo normal y lo esperable. Resulta, por tanto, muy difícil empatizar con los y las purgadas (sé que a la ultraderecha le encanta la distinción de géneros, por eso me esfuerzo especialmente en ella) y, mucho más, no tomarse a cachondeo sus desgarradoras declaraciones de “traición” y otras patochadas. Eso sí, sin que perdamos de vista cómo se las gasta Abascal con los suyos y lo que hará, entonces, con los ciudadanos/as si llega a gobernar.
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