Opinión
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Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
Si le preguntas a la gente, incluso a aquellos que no les interesa el tema, por un asesino en serie famoso, lo más probable es que Jack el Destripador sea uno de los primeros nombres que se les vengan a la mente. Porque en la figura de Jack se mezclan la Historia y el Mito, la ficción y la realidad. Como personaje lo tiene todo: el misterio de su identidad aún por descubrir, la crudeza de sus crímenes y un escenario ideal, el de callejones oscuros de ese infierno en la tierra que era Whitechapel en 1888. Por no hablar del papel de la prensa sensacionalista que convirtió al asesino en toda una celebridad internacional. Jack el Destripador es, por tanto, mucho más que un sádico asesino real, convirtiéndose en una idea, en un prototipo y un símbolo político de la lucha de clases y las consecuencias del capitalismo sin reglas de las décadas finales de la ya de por sí simbólica era victoriana, pero también en el precursor de los crímenes modernos y, por ende, de los métodos policiales basados en la Ciencia y en las pruebas materiales.
Asomarse a todo lo relacionado con Jack el Destripador es como contemplar desde una ventana todas las contradicciones y grandezas de una forma de vivir, pensar y organizarse política y socialmente: la del capitalismo basado en la industrialización y en la expansión colonial. Un ethos que cristalizó en dos Guerra Mundiales y en el fascismo, pero también en la Revolución Rusa y en el nacimiento de la socialdemocracia, es decir, en todo lo que dio forma al siglo XX, todo lo que levantó, devastó y volvió a poner en pie a la Europa que conocemos y que se está desintegrando ante nuestros ojos. Sin embargo, en la narrativa tradicional sobre Jack el Destripador siempre han quedado arrinconadas las historias que realmente cuentan, las de las víctimas, condenadas a convertirse en simples figurantes de su propia tragedia. Reducidas a la mera condición de prostitutas, historiadores, novelistas y guionistas las han dibujado como mujeres iletradas, ruidosas, borrachas, lujuriosas, avariciosas, tentadoras y tramposas, especialmente la más joven de ellas, la pelirroja Mary Jane Kelly. Y es que en torno a esta desdichada muchacha se comenzó a configurar el mito de la femme fatale, esa peligrosa ficción misógina de la hermosa y tentadora mujer que conduce a la perdición a todos los desgraciados hombres que tienen la desdicha de cruzarse en su camino y que invariablemente acabará pagando también con su vida el haberse atrevido a subvertir los roles de género. Sin este mito de la femme fatale nos sería imposible entender más de la mitad de las obras de ficción del siglo pasado, y todavía sigue siendo un recurso habitual del que tiran los autores más mediocres y cipotudos del panorama actual. Porque Mary Jane Kelly, al igual que pasará décadas después con Elisabeth Short, la Dalia Negra, ha estado siempre bajo sospecha, pero no por la forma en la que vivió, sino por la manera en la que fue asesinada. Y es que en el imaginario misógino tradicional una muerte y una mutilación tan atroz como las padecidas por Kelly -y años después por la desafortunada Elisabeth Short- solo puede explicarse por la degeneración moral de la víctima. Algo tuvo que hacer para que la asesinaran y, sobre todo, para que la asesinaran de esa forma. Desde esta perspectiva su asesino se convierte así en un mero agente del destino. En un vengador.
Afortunadamente hemos ido aprendiendo a cambiar el foco y a prestar atención a las vidas de las mujeres y de todos aquellos que han vivido en los márgenes. Y así, muchas investigadoras han desvelado la complejidad de la existencia y las circunstancias de Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Catherine Eddowes, Elisabeth Stride y Mary Jane Kelly, las cinco víctimas canónicas de Jack el Destripador. Madres, esposas, viudas, migrantes... todas ellas fueron víctimas de una época especialmente hostil hacia las mujeres y hacia la pobreza. Abandonadas por sus maridos, engañadas, abusadas y expulsadas a los márgenes, sin hogar, algunas de ellas alcoholizadas, condenadas a vagar cada noche por Whitechapel en busca de un banco o un callejón donde poder dormir, se vieron obligadas a recurrir a uno de los dos únicos trabajos a los que estaba destinada inevitablemente toda mujer pobre: el servicio doméstico o la prostitución. Descartadas como aptas para lo primero -el divorcio, el alcohol o los abusos sufridos las habían convertido en unas parias-, la única forma que les dejaron encontrar algo parecido a un sustento fue prostituyéndose.
A pesar de que hemos cruzado la esquina de dos siglos y vivido varias olas feministas, las únicas alternativas que seguimos ofreciendo a las mujeres precarizadas siguen siendo la del servicio doméstico -dentro del cual debemos incluir los cuidados y a las temporeras que trabajan en el campo- y el trabajo sexual. Esto es, explotar el cuerpo. Ponerlo al servicio de las necesidades de quienes puedan pagarlo. Lo volvimos a comprobar hace una semana en X cuando una usuaria joven comentó en esa red que se había quedado sin trabajo y que no tenía dinero ni para el alquiler ni para comer. Para sorpresa de nadie, la mayoría de los comentarios que recibió eran de hombres que le aconsejaban que se prostituyera. Y, si bien es cierto que la red de Musk se ha convertido en un estercolero en el que la manosfera y la fachosfera -perdón por la redundancia- campan a sus anchas, el hecho de que se siga viendo la precariedad de una mujer como la mejor forma para aprovecharse de ella dice mucho sobre la concepción patriarcal y tradicional de la sexualidad femenina, pero también de su fuerza de trabajo.
Que el sexo se nos ha presentado como un acto de dominación pero también de humillación hacia la mujer no es ningún secreto, la moralidad judeocristiana y patriarcal se basa principalmente en esta concepción cerrada, puritana, castradora y esclavizante del cuerpo y del placer femenino, siempre al servicio del varón, siempre bajo sospecha. Cuerpo y placer -y por tanto voluntad femenina- que tienen que ser controlados y domados. Lo experimentamos cada día con la expansión de la retórica que han desplegado los nuevos propagandístas de las masculinidades tóxicas, esa mezcla de estafadores, telepredicadores, magufos, abusones de patio de colegio, tripitidores y proxenetas que proliferan en Tik Tok y YouTube y que tratan de vender productos financieros fraudulentos a los jóvenes al tiempo que perpetúan los estereotipos más dañiños y reaccionarios sobre conceptos tan ambiguos, abiertos y fluidos como son la masculinidad y la feminidad. Discursos misóginos que perpetúan la violencia en todas sus formas hacia las mujeres, y que las reducen a dos únicas categorías: mujeres de valor -virginales, sumisas y al servicio de su hombre- y putas.
Y en toda una muestra de imprudencia y dejadez social, no solo no parece que estemos haciendo mucho por contener el resurgimiento de estas retóricas misóginas, sino que además estamos dejando que gran parte de la educación de nuestros jóvenes y de la infancia quede en manos de las redes sociales. Lo hacemos además en plena época de desintegración del turbocapitalismo, y en mitad de una epidemia contagiosa de estulticia reaccionaria.
Pero combatir esta forma de entender tanto la sexualidad como cualquier otro tipo de explotación del cuerpo y la fuerza de trabajo de las mujeres precarizadas, solo es posible si se tiene en cuenta que los verdaderos enemigos a batir son el patriarcado, que implica la subordinación de las mujeres a la voluntad y el capricho de los varones, y el sistema capitalista, que está basado en el abuso y la desigualdad. Poner, por tanto, el foco sobre las víctimas del sistema, acusar o señalar a las personas abusadas y explotadas es caer en la misma trampa patriarcal, paternalista y moralista que el feminismo lucha por erradicar.
En un mundo que repite sin parar a la gente joven que el éxito social se mide en la cantidad de cosas que se poseen -ropa, coches, novias...-, que el empoderamiento femenino consiste en dejar de llorar y ponerse a facturar, y en el que millones de niñas que apenas tienen para pagar el alquiler de su habitación cada día ven en Tik Toks a cientos de pijas mostrando sin pudor las distintas cajas de ropa y demás mierdas que se han comprado y que exhiben como un triunfo personal y como la única forma de validación en esta sociedad, no debería de extrañarnos que algunas de las que están fuera -algunas de las que hemos dejado en los márgenes- crean que su única oportunidad consista también en dejar de lamentarse, facturar y abrirse una cuenta en OnlyFans.
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