Opinión
Tan absurdo como una 'influencer' en la alfombra roja de los Goya

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
Como una rodaja de chorizo de Pamplona en un cuenco de chuches. Como cuando Village People actuaron para Trump. Como Miguel Bosé diciendo que había más libertad en los ochenta que ahora. Así de incongruente, frustrante y descabellado es encontrarse, año tras año, a influencers de lifestyle en la ceremonia de los Goya. Incongruente porque no hay relación lógica entre la creación cinematográfica y un vídeo echándote corrector de ojeras. Frustrante porque hay miles de personas que trabajan en la industria del cine, y en el oficio de la interpretación y de contar historias, que nunca han asistido a una gala de los Goya, en estos cuarenta años de existencia, y que ven, desde el sofá de su casa, a una señora, paseando por la alfombra roja, cuyo único mérito profesional es tener tres millones y medio de seguidores en Instagram. Y descabellado por lo absolutamente desproporcionado que es darle un lugar prioritario a quien solo vende forma en demérito de quienes también trabajan el fondo.
La presencia de influencers en los Goya, algo que también sucede en el Festival de Málaga, es la anécdota que se convierte en despropósito. Con la sorpresa que me provoca el hecho de que la burbuja influencer esté durando más que la inmobiliaria, os cuento que esta especie de intrusismo virtual en el mundo real empezó hace ya más de una década. Aún recuerdo la idea bizarra que tuvo la editorial Penguin Random House cuando decidió invertir su partida presupuestaria en influencers para promocionar la que, en aquel momento, era la nueva novela de Ken Follet. Algunos sujetaban el libro como si fuera un bolso de mano. Otros, fingían estar enfrascados en su lectura y lo demostraban frunciendo el ceño. Pero, eso sí, todos posaban como si pretendiesen vender unas gafas de sol, una estancia en un hotel o un reloj. Era tan ridículo que resultaba gracioso. Hasta que, con el tiempo, ha dejado de serlo.
El mundo virtual es una prolongación del mundo real. También hay listas y tontos, progresistas y caverna, y muchos trepas y pocos altruistas. Lo que sucede, desde hace ya un tiempo, es que hay directivos de empresas, públicas y privadas, que se siguen creyendo que lo que da dinero en redes también da dinero en la taquilla, en la tele o en la tienda. Y no es así. Que Dulceida se vista de Juan Carlos Pajares no hace que el diseñador tenga lista de espera de clientas. Que Javi Hoyos presente Corazón en TVE no hace que sus más de dos millones de seguidores en TikTok se hayan sumado a la audiencia que ya tenía el programa. Que Laura Escanes pase por la alfombra roja de los Goya no hace que haya más gente viendo cine español.
Hay creadores de contenido que hablan de cine en sus vídeos, que recomiendan películas españolas o que repasan la filmografía de actores, directores y guionistas. Pero no es a esos creadores a los que invitan a la ceremonia de los Goya o al Festival de Málaga, el mismo que nunca tiene hueco para los guionistas en sus presentaciones. Invitan a las mismas cinco de siempre, influencers de lifestyle, que jamás han hablado de cine en sus publicaciones porque, en su “estilo de vida”, hay mucha pose, mucho hotel, mucho corrector de rojeces, pero poco libro, poco teatro y poca película. Eso es lo que molesta.
Quienes las justifican y defienden vienen a decirte que gracias a ellas, a su presencia en las alfombras rojas, hay gente que se acerca y conoce el cine español. Mira, puedo aceptar que cuando inauguras una tienda de velas aromáticas creas que la presencia de influencers te puede dar a conocer en el mercado. Tendría su lógica. Pero que después de cuarenta años de premios Goya, creas que alguien va a conocer la gala, o las películas nominadas, gracias a cuatro que ni siquiera hablan de cine en sus post, que antes etiquetan a una marca de polvos matificantes que a Carla Simón, para las que Premios Goya es únicamente un hashtag, una localización, es un insulto a nuestra inteligencia.
Cuando los señoros de pelo grasiento, tipo como Soto Ivars, se cagan en los Goya y en el cine español, diciendo que son unos subvencionados, que reciben dinero para hacer pelis a cambio de no molestar al Gobierno, no veo a ninguna de estas celebrities del "estilo de vida" salir en defensa del cine español y sus profesionales. Porque les importa una mierda el cine español. Les importa su bolsillo.
Entiendo que los directores de comunicación contraten influencers como lo que realmente son: vallas publicitarias. Y que ellas y ellos se dejen querer. Es su negociado. Son las nuevas celebrities, personalidades anónimas construidas a sí mismas, algunas sin cimientos, con millones de seguidores, pero les falta algo clave: credibilidad.
Habitamos unos tiempos en los que la rentabilidad es más apetecible que la credibilidad. Y eso, cuando eres una valla publicitaria, no genera conflicto. Si pagas, publicitas. Lo que sea, porque, si a la influencer no le gusta mucho el producto, por 8.000 euros la foto, fingirá que sí. Eso, que funciona con el lifestyle, no funciona con la cultura. Porque a Dulceida, a Laura Escanes, a Jessica Goicoechea, a Elena Gortari o a Carla Flila (confieso que las tres últimas no sé ni quienes son, pero ahí estaban) les pasa como a los influencers de la novela de Ken Follet: les falta credibilidad. Como si mañana me llaman a mí para promocionar un evento deportivo.
Si la burbuja no estalla sola, lo mismo hay que pincharla. Porque la credibilidad no se mide en número de seguidores. A veces, quien más seguidores tiene no es quien más necesitas. Porque es mejor prescriptor aquel que ha creado comunidad desde la fiabilidad y la solvencia de su criterio, aunque tenga 25.000 seguidores, que aquel que solo tiene dos millones de followers. Más Paca Gabaldón, más Paula Soldevila, más Mamen García, más Patty Bonet, y menos Lola Lolita. Que ellas ya pueden etiquetar a sus marcas en los Ídolo.
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