Opinión
Acoger a los niños y niñas: un antídoto al fascismo

Por Marga Ferré
Presidenta de Transform Europe
Que tengamos siquiera una conversación sobre si hay o no que acoger niños y niñas en situación desesperada, ya es un triunfo de los neonazis. Lo afirmo con seriedad porque después de estudiarles tanto, sé que ahí se encuentra el principio de la oscuridad. Un camino que nos puede llevar a un lugar en el que ya no se distingan, borrosos, los límites de la decencia humana.
Son niñas y niños, por el amor de dios. Hay que acogerlos. ¿Cómo se nos ocurre siquiera debatir la posibilidad de abandonarlos? Ante la espantosa inhumanidad en la negativa a su refugio, la derecha apela a que han de estar con sus familias, como si los niños y niñas que huyeron de Marruecos no hubiesen huido por causas muy graves, empezando por la miseria. Hay miseria humana, y mucha, pero no está en las playas de Ceuta, sino en las mentes de quienes entienden la pobreza como una peste, como si la pobreza contaminase y los migrantes no fueran personas, sino cosas tóxicas de las que aislarse.
La ministra de Infancia lo deja claro: hay que tratar a los niños y niñas que llegaron de Marruecos individualmente y en la mayoría de los casos no hay posibilidad de retorno. Debemos acogerlos, aunque solo sea por un mínimo de humanidad. ¿Qué tipo de sociedad construimos si los gritos energúmenos de los nazis contemporáneos nos embarran los oídos hasta el punto de negar la empatía hacia la infancia herida?
Usan palabras como puñales oxidados: deportadlos a todos, que no entren, que no me toquen, que se vayan, nos van a contagiar, “hay que confinarlos”, llegó a decir Feijóo tras leer, deprisa, el Manual del Buen Racista. Un lenguaje que conocemos bien: en Europa ya hemos estado ahí y precisamente porque lo hemos vivido antes, deberíamos estar más alerta.
De nuevo, como tantas veces en la historia, el asco como sustento racista para provocar lejanía, repulsión y aislamiento del sujeto odiado. Los migrantes como alguien tóxico con quien no nos podemos mezclar: ese es el vapor venenoso que emana el fascismo y que nos está contagiando a todos. Lo afirmo, preocupada, porque detecto que el virus se está extendiendo más allá de su paciente cero, Vox, poniéndose histérico porque hay que acoger a niñas y niños marroquíes, acusándolos, en el fondo y en la forma, de ser un peligro de contaminación racial.
Negarles la razón es dar refugio: sin dudas, sin excusas y sin concesiones.
Encuentro un símil, quizá no del todo casual, en que Albert Camus eligiera Orán para su famosa novela, otra ciudad a orillas del Mediterráneo: desde allí nos descubre que La Peste es el fascismo, un virus que nos infecta de deshumanidad y racismo puro. Se me ocurre, consciente de la historia, que cuando se trata de niños y niñas, ese racismo se desborda en crueldad. ¿Queremos llegar ahí? Porque hay quien llega ahí.
En uno de los pasajes más desgarradores del documental Shoah, que narra a través de entrevistas los horrores del Holocausto, Claude Lanzmann logra entrevistar a un nazi que trabajo en uno de los campos de extermino. Con una sangre fría de la que yo no sería capaz, le pregunta ¿por qué mataban niños? ¿qué habían hecho los niños y niñas judíos para merecer la muerte, según ellos? Y el nazi le responde, molesto, como si en su absurda respuesta hubiese un eximente moral: “No era porque fuesen niños, sino por su sangre”. Otra vez la idea de la contaminación, del ser tóxico, deportable, eliminable.
El racismo hoy ha mutado, pero la idea es la misma. Lo explican como nadie Balibar y Wallerstein en su Raza, nación, clase: las identidades ambiguas: el racismo actual ya no argumenta la inferioridad racial, sino que se aferra a que las culturas no se pueden mezclar, que las diferencias culturales son insalvables y que la mezcla es una amenaza a la identidad nacional. El asco es su mecanismo: un constructo falso que pretende provocar que la segregación o la deportación parezca una necesidad de defensa o de higiene social.
Para que se abra en nuestras sociedades una conversación tan racista necesitan apelar al asco. Asco y racismo van de la mano, de hecho, es uno de sus componentes más destructivos: huelen mal, traen enfermedades, son sucios, mira cómo comen, no saben comportarse.
Por eso Ceuta es su paraíso imaginario: migrantes desesperados y, lo más importante, indefensos, a los que atacar y, por eso, tampoco tengo la menor duda de que la estrategia de dilación de la derecha en el reparto de migrantes para ayudar a Ceuta (que no tiene esa capacidad de acogida) es una estrategia política. Cuanto más tarden en hacer el reparto de migrantes a centros de acogida de otras Comunidades Autónomas, más se extenderá entre la gente el virus de la duda perversa, una que nunca deberíamos tener: ayudar o no a un ser humano, ayudar o no a niños y niñas en situación desesperada.
Creo que la mayoría no tenemos esa duda, pero si es así, animo, desde estas humildes letras, a inocular un antídoto a esa Peste que nos dijera Camus: la defensa alegre y sonora, sin concesión alguna a los racistas, de querer construir en nuestro cachito del mundo una sociedad y un país de acogida. Un país que cuide de los niños y de las niñas y que, al hacerlo, nos haga mejores.
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