Opinión
Agüita de piedras para las criaturas

Periodista y escritora
-Actualizado a
Esta semana, la fotógrafa Paola de Grenet ha publicado en las redes sociales las fotos que nos hizo a mi hija y a mí en mi casa de Barcelona justo antes de tener que dejarla. Nos habían desahuciado. Mi hija tenía 4 años y mi hijo, 10. Yo, 44. Le pedí que no apareciera él en las fotos porque creí que era demasiado mayor para verse en una revista —Marie Claire publicó el reportaje— retratado de pobre. Bastante había vivido ya.
Ha pasado más de una década desde esas fotos. He trabajado en varias televisiones, en la radio y en este periódico; he publicado seis libros más; me he mudado un par de veces de ciudad… y pensando en todo aquello, la conclusión más gruesa es que ya no sé en qué consiste el mundo laboral. Nunca volví a tener un contrato fijo, real, porque algunos “simulacros” basura sí he sufrido. He ido trampeando, en cualquier caso.
De aquel piso salí sola con mis hijos. El hombre que nos acompañaba entonces quedó sentado en mitad del salón, observando cómo sacábamos los pocos enseres que pudimos rescatar. No ayudó. No se movió, solo miraba como quien controla que el naufragio suceda. Recuerdo que yo pasaba cargando una caja de libros cuando me llamó “puta”. Después de eso, me quedé ayudando en la calle, junto a la furgoneta, no volví a subir al piso. Hay quien dice que entonces bebí como los bucaneros. Puede. Hay quien dice que estaba drogada. Puede también. No sé qué es estar drogada en esas circunstancias. ¿Doce valiums o tres gramos? Consideraciones idiotas.
Mandé a mis hijos a la costa y me fui a entregar las llaves al notario. Le pregunté “¿Duerme usted bien después de esto?”. No recuerdo dónde dormí yo esa noche. Sí me acuerdo de que un par de meses antes tuve que salir corriendo con mi hija en medio de la noche porque supe que nuestra vida estaba en peligro.
Hubo quien aquellos días me acusó de “rentabilizar” mi desahucio por escribir sobre ello. Toda época tiene sus canallas. Sobre los desahucios se han impuesto el silencio y la violencia de los desokupas, la mierda del relato de prensa, radio y televisión, bazofias de unos medios que olvidaron hace años el significado de la palabra “ética”. Escribo desde donde me da la gana, que en esta ocasión es desde el yo. Sé que la mayoría de los desahucios de mujeres, si no todos, tienen que ver con la violencia machista más dura. He visto a demasiadas madres salir definitivamente de sus pisos cargando solas las criaturas al lomo.
De los desahucios se dejó de hablar ya entonces, en parte porque retrataban mucho más que la pobreza. Retrataban y retratan una sociedad donde las madres a menudo se quedan solas, en los huesos, calentando agüita de piedras con una pastilla para las criaturas. En mi casa, vivimos una revuelta en la que mi hija y mi hijo agarraron la cuchara y golpeando rítmicamente en la mesa coreaban “no más sopa, no más sopa”.
De aquellos tiempos conservo un miedo que permanece. Está instalado en mi centro como un agujero de desagüe por el que se escurren la serenidad, la confianza en mí misma y la posibilidad de descanso. Cuando te dejan en la calle con tu hija y tu hijo ese gesto perdura y se repite ante cada planteamiento de descanso. Una pasa a vivir con las criaturas al aire, todo el tiempo, y eso parece no cambiar. Ya han pasado doce años, y terminan otras vacaciones sin posibilidad de respiro. Lo cuento, y lo seguiré contando las veces que haga falta. Pelearé contra esa herencia maldita.
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