Opinión
El amigo de Israel
Por David Torres
Escritor
La Gehena, el infierno de los judíos, es un lugar de castigo donde los condenados se purifican mediante el fuego, el hambre y la sed. El nombre deriva de un valle cercano a Jerusalén aunque en realidad la Gehena ha conocido varias ubicaciones históricas, desde Masada a Auschwitz. La penúltima parada en el horror se llama Gaza, un auténtico purgatorio de última generación donde el hacinamiento, la escasez de agua, alimentos y medicinas convierten el simple hecho de vivir en una atroz y meticulosa tortura para los más de cuatro millones de personas allí confinadas. Para que no falte ninguna referencia mitológica, de vez en cuando el ejército israelí entra a sangre y fuego como si personificara a Moloch, aquella deidad antropófaga a cuya mayor gloria se quemaban niños vivos.
No es necesario recurrir a las numerosas resoluciones de la ONU y ni siquiera a nociones elementales de justicia para comprender que las condiciones de vida a la que están sometidos los palestinos en la Franja de Gaza forman una abominación cuya mera existencia clama al cielo, ya sea el cielo musulmán, hebreo, cristiano o sordo perdido, que por la respuesta es lo más probable. Quienes sufren la agonía diaria de ver su existencia reducida a la de un monstruoso campo de concentración, no tardarán en recurrir a lo que sea para intentar salir de ahí, llámese Hamás o Al Fatah. Los israelíes justifican su barbarie con la excusa del terrorismo pero, injusticias aparte y para no remontarnos al huevo, bastará con recordar que Israel no se fundó precisamente con caramelos y palomas, sino con atentados bestiales, bombazos indiscriminados y masacres en nombre de la libertad, que es como suelen fundarse los estados.
Cuando los niños son entregados a Moloch, cuando se produce una matanza tan cobarde y asimétrica, de inmediato, contra la rabia instintiva, se alza la calculadora de la razón, el runrún de los barquilleros ideológicos y de los mamporreros de verdugos. Ha pasado hace nada (y seguirá pasando) con el eficaz genocidio con que el sátrapa Assad está diezmando a su propio pueblo, una ecuación donde basta sustituir los niños palestinos por niños sirios y se obtiene exactamente el precio de la vergüenza. Los partidarios de Assad demonizan a Estados Unidos con el mismo impudor necio con que los fanáticos de Israel demonizan a Irán, reduciendo así las vidas humanas a casitas de un bonito monopoly geoestratégico.
Entre los amigos de Israel se ha levantado alta y clara la voz de Aznar, ese histórico rebuzno que no pierde ocasión de pisar un charco, generalmente de sangre. Ha dicho que los judíos tienen derecho a defenderse de sus enemigos y no ha dicho nada de los palestinos. Ha felicitado a Israel por la precisión de su infanticidio con la misma celeridad con que envió un telegrama a Putin por lo bien que gestionó la escabechina del teatro Dubrovka. Personalmente siempre me he considerado amigo de los judíos, pero no considero un buen amigo a alguien que le da palmadas a otro en la espalda a sabiendas de que está cometiendo una infamia.
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