Opinión
Andalucía y la disputa por el imaginario político español

Por Ana Terrón
Diputada en el Congreso por Granada en las XI y XII Legislaturas
El 17M andaluz vuelve a situarse en ese lugar ambiguo entre lo autonómico y lo decisivo, Andalucía no solo elige a su gobierno: mide pulsos, anticipa tendencias, y ordenará el tablero político nacional.
Si bien el escenario de partida parece relativamente claro —una aparente ventaja del PP— acumula tensiones, deja incógnitas y variables abiertas que pueden alterar no solo el resultado final, sino su lectura en clave estatal. Lo que ocurra aquí no se quedará aquí, anticipará el ciclo político inmediato.
Moreno Bonilla comparece en estas elecciones con algo más que una candidatura: se juega consolidar su modelo político, una marca personal que bien le podría augurar camino más allá de Despeñaperros. Ha basado su trayectoria al frente de la Junta en la construcción de una imagen de estabilidad, una supuesta moderación y modelo de gestión que contrasta con la crispación nacional. Queda por ver si esa imagen ha sufrido erosión por el escándalo de los cribados de cáncer de mama o por las denunciadas privatizaciones de servicios públicos.
Sin embargo, lo más relevante no es solo su perfil, sino cómo Moreno ha sabido distanciarse de Núñez Feijóo sin confrontar abiertamente, trazando una autonomía política basada en un cierto trampantojo de Andalucía, donde lo telúrico opera como mecanismo de identificación política. La aparente moderación de Moreno funciona menos como una propuesta ideológica cerrada que como un punto de identificación capaz de proyectar estabilidad sobre sectores sociales muy distintos. Así, Andalucía, no es solo territorio, es relato.
Un relato que conecta con una intuición profunda del electorado andaluz: Moreno ha ocupado un espacio simbólico que durante décadas perteneció al socialismo, encarnando una idea de estabilidad reconocible para amplias capas sociales. También juega a su favor su origen malagueño, alejado del eje sevillano que históricamente vertebró el poder autonómico, refuerza la idea de renovación sin ruptura. Una mayoría absoluta que, desde la aparente administración sin estridencias del accidente de Adamuz volvió a convertirse en posibilidad, consolidaría su liderazgo enviando un mensaje de gran alcance: la aparente moderación pragmática, que no la realidad de la gestión, sigue siendo electoralmente más rentable, abriendo al PP nacional, una brecha evidente: ¿imitar el modelo Moreno o insistir en estrategias de polarización?
Mientras tanto, Vox afronta estas elecciones lejos de las expectativas expansivas que le acompañaban hace unos meses. Su crecimiento parece haberse estabilizado. El contexto internacional, Trump como su referencia simbólica, reactiva una tradición hegemónica antibelicista. Este estancamiento tiene consecuencias directas. Por un lado, limita la capacidad de ensanche al bloque de la derecha; por otro, el techo de Vox puede operar como estímulo indirecto para el voto progresista. La percepción de que la ultraderecha no avanza —pero tampoco desaparece— podría tender a activar a sectores del electorado que, en otras circunstancias, creyéndolo todo perdido, podrían optar por la abstención. La amenaza, incluso contenida, sigue funcionando como mecanismo de ordenación política y afectiva. Vox no solo compite; también ordena el comportamiento del resto.
El PSOE encara estas elecciones en una situación compleja. La candidatura elegida ha sido ampliamente cuestionada. El desgaste de Montero es evidente y debilita su capacidad de movilización en un territorio que históricamente ha sido un bastión socialista. Esto ocurre en un momento particularmente delicado para Pedro Sánchez, que venía recuperando iniciativa gracias al plano internacional. Un mal resultado en Andalucía no solo tendría consecuencias orgánicas o territoriales; también debilitaría la narrativa de recuperación y la aspiración de reeditar un gobierno progresista.
El problema del PSOE andaluz no es únicamente de liderazgo, sino de identidad. Tras décadas de hegemonía, su relato parece agotado, incapaz de conectar con un electorado que ha cambiado más rápido que el propio partido. La apelación a la gestión pasada ya no basta, y la alternativa discursiva no termina de definirse. En ese vacío, el PP ha sabido avanzar, ocupando espacios que antes eran incuestionablemente socialistas.
Si hablamos del llamado “espacio del cambio”, el panorama aparece fragmentado, aunque paradójicamente podría llegar a ser complementario. De una parte, Adelante Andalucía que emerge como una propuesta que combina frescura, identidad y una cierta performatividad política. Adelante Andalucía no es nuevo, pero Jose Ignacio García si pone cara a una renovación, y eso el público, lo agradece. Su apuesta por el andalucismo no parece solo estética, sino estratégica. Conecta con una tradición política profunda que durante años quedó parcialmente huérfana de representación y que busca recuperar y actualizar un espacio históricamente ocupado por fuerzas andalucistas. No se trata únicamente de una moda regionalista, sino de la tentativa de reconstruir un andalucismo capaz de leer los conflictos sociales contemporáneos y disputar, en términos gramscianos, una nueva hegemonía cultural desde lo propio, articulando identidades y malestares hoy dispersos. Además, en un contexto de desafección política, la apelación a lo propio, a lo cercano, a lo telúrico, adquiere una potencia renovada.
Este tipo de propuestas pueden condicionar el debate, introducir temas, y movilizar nichos específicos del electorado. Y esto puede traducirse en escaños decisivos. No obstante, puede encontrarse con una importante limitación, que debería articular, el sentimiento diferencial de las dos Andalucías, presente de manera particular en la zona oriental, donde, el andalucismo tradicional nunca logró arraigar. En ese sentido, vincular a su campaña a los granadinos La Plazuela es una seductora jugada.
Fijando la vista en Por Andalucía encontramos una lógica distinta. Presentan su apuesta como un valor seguro, basado en la suma, en una unidad forjada que pretende recomponer el clásico espacio de la izquierda. Sin embargo, esa unidad se percibe como una suma artificial de siglas, la mayoría de ellas sin base real, liderazgos y estrategias que no termina de cuajar en una identidad reconocible.
En este contexto, es Izquierda Unida quien se juega en estas elecciones su hegemonía no solo en la izquierda andaluza, sino el rol que jugará en la conformación de la hipotética candidatura de unidad en las próximas elecciones generales. La candidatura de Antonio Maíllo aporta experiencia, pero debe competir en un terreno donde la novedad y el arraigo pesan cada vez más. Además, tendrá que lidiar con el problema de las candidaturas provinciales percibidas como “paracaidistas” o excesivamente diseñadas desde arriba, un factor que suele resultar decisivo en escenarios provinciales ajustados. El electorado andaluz valora la cercanía, la coherencia, la identificación con el territorio. Y ahí, de nuevo, lo telúrico se impone como categoría política relevante.
Andalucia, el 17M no solo determinará quién la gobernará, sino cómo se reconfiguran los espacios políticos nacionales: si el PP consolida su mayoría, reforzará la tesis de que la moderación percibida y la estabilidad siguen siendo hoy los activos electorales más rentables. Si el PSOE resiste, Pedro Sánchez podrá sostener parcialmente la narrativa de recuperación. Y si el espacio a la izquierda logra articularse, volverá a abrirse la posibilidad de futuras mayorías progresistas.
Andalucía, fiel a su historia, no solo vota: señala el camino. Y, como tantas veces, lo hace desde lo concreto, desde lo cercano, desde ese sustrato profundo y vibrante que marca el pulso de la política española, allí donde todavía se disputan las formas de reconocimiento, pertenencia y normalidad política.

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