Opinión
El año que volvimos a ser gente

Escritora y doctora en estudios culturales
En el cuento La noche que volvimos a ser gente (1970), el escritor puertorriqueño José Luis González narra la historia de unos vecinos inmigrantes de Nueva York que, al sobrevenir un apagón, deciden juntarse en una azotea y montar una improvisada fiesta. "Se nos había olvidado que las estrellas existían", dice el narrador, feliz porque la contaminación lumínica, que a menudo enceguece los cielos, ese día había dado paso a la contemplación de los cuerpos celestes. Poco a poco, los protagonistas se van dando cuenta de que no son los únicos que han optado por celebrar, en compañía, la falta de luz eléctrica: todos los rooftops del barrio desprenden música y algarabía colectiva.
Tengo la suerte de vivir en una ciudad llena de azoteas, y de escribir en la prolongación de la mía: una buhardilla que mi hermana llama, jocosamente, "el palomar". A veces, me asomo sobre el barandal y me imagino en el cuento de González; pero no es preciso pisar las alturas para experimentar el mismo deseo, pues estas terrazas a la intemperie actúan como metáfora de las junturas humanas, de una vida en comunidad que se prende cuando los plomos saltan y las biografías se buscan unas a otras. Este 2026 que empieza con la voladura del derecho internacional, con una política en la que una mayoría de ciudadanos se inserta desde el odio, y con la pulverización de la verdad como nunca antes habíamos sido testigos –en redes, hay una campaña machista para desnudar con IA a montones de mujeres; tal como ocurrió hace unos meses con unas niñas de Almendralejo (Badajoz)–; este 2026, reitero, que pinta negro de sangre seca de guerra y pozos a los que arrojar nuestras democracias, pienso en la madrugada azabache de aquella pieza literaria, y persigo una incandescencia, por pequeña que sea, de esperanza y comunidad.
Señala San Agustín en sus Confesiones que, cuando aún profesaba la religión maniquea y le costaba concebir, desde un plano espiritual, la moral del mundo, creía que "la sustancia del mal era así, como una masa negra y deforme. Unas veces densa… otras tenue y sutil… que suponía también como un genio maligno que flotaba sobre la tierra". En un fácil ejercicio de abstracción, no nos cuesta vislumbrar ese magma viscoso sobrevolando nuestras cabezas; si el mal adquiriese propiedades físicas, se parecería mucho a un invierno nuclear capaz de privarnos del sol, en la Península y en distintas geografías. Hemos alcanzado cotas de violencia arrolladoras que a diario se premian desde los grandes despachos y en las urnas electorales –cuya semejanza con las urnas funerarias da pavor: se está votando necropolítica–. El nubarrón sombrío levita a pesar de su peso; se eleva cuanto más popular es su aceptación, como si la oscuridad que se cierne sobre el otro al que se intenta dañar no nos afectase directamente a nosotros mismos.
Entre los entresijos ficcionales del autor caribeño y las reflexiones del santo del siglo IV, me quedo con las primeras, aunque ambas sirven para comprender dónde nos encontramos: en un planeta asediado por la emergencia climática, creada y acelerada por sus habitantes; en un tablero ideológico donde la principal regla del juego es que no hay reglas; en el capitalismo de la vigilancia (Zuboff), rebosante de mecanismos digitales de control social y virulentos ataques al conocimiento, recibidos con la docilidad de un bebé en una laguna de caimanes. Los espacios lóbregos pueden resultar beneficiosos: hay especies que prosperan cuando otras duermen; las plantas selváticas que, en las floristerías, venden como "de interior" sobreviven reptando en la penumbra. Pero, ¡ah! lo hacen gracias a una simbiosis con otras que recogen el sol y lo introducen en su savia. En este año nuevo que da sus primeros pasos, quien no quiera sumergirse en la más profunda distopía (ese sadismo con que Erich Fromm explicaba el surgimiento del fascismo) deberá, al menos, encender una velita, arrimar leña a la lumbre de la convivencia en vez sofocarla con el extintor, avivar los afectos que no queman pero sí calientan el alma.
Cada gesto cuenta contra la barbarie, que nunca podremos enfrentar solos. Y esto implica tanto que la izquierda institucional recupere su vocación de servicio público, y deje de desencantar aún más a una población desolada, como que dicha población, nosotros, tracemos puentes de entendimiento mutuo, de sentido y solidaridad. Educarnos ante el avance de la Contrailustración y hacer de la amistad un arma blanda de resistencia me parece tan importante como crear una belleza luminosa que cale en cualquier rincón. Cuando, dentro de poco, comiencen los pájaros a revolucionar la primavera –un profesor mío siempre decía que su temporada reproductiva se iniciaba el 14 de febrero, día de los enamorados–; y sea la época de plantar flores, y el movimiento terráqueo nos regale más horas de luz, no habremos de olvidar la persistencia de esta oscuridad histórica que se combate también desde la sociedad civil. Que en el nadir del apagón tejamos los lazos de una alegría disidente quizá nos haga decir, en 2027, que el de ahora fue el año que volvimos a ser gente.
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