Opinión
Cuánto aprendo con los toros

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Dice Ramón García que hay que llevar a los niños a los toros porque les va a hacer mejores personas. Mejores personas no sé, pero eso de llevar a los pequeños a ver cómo revientan vivo a un mamífero de media tonelada puede ser muy didáctico, sobre todo si el niño crece, entra en el mercado laboral y allí aprende por las malas que su lugar no es el del matador ni el del picador ni el del banderillero, sino más bien el del toro, rendido a capotazos, engañado, desengañado, apuñalado. En cualquier caso, lo más seguro es que el niño se eche a llorar, aterrado ante la visión de un animal chorreando sangre y de vísceras que deberían estar dentro y de repente están fuera. Entonces hay que educarlo a la manera de aquella madre que, según cuenta Azcona, consolaba así a su pequeño sentado en la plaza: "No llores, mi rey. Mira, mira cómo el toro le saca las tripitas al caballito".
Del simple pavor anatómico a la belleza salvaje del toreo hay muchas lecciones que aprender, una ascesis que obligatoriamente pasa por el estadio de la falta de compasión, de aparcar en un cajón mental el sufrimiento inconcebible de un astado que agoniza para diversión y regocijo de una muchedumbre en éxtasis. Lo sé muy bien porque hubo un tiempo, no demasiado lejano, en el que fui aficionado a los toros, acudía con mi hermano o con mis amigos a Las Ventas y hasta fui invitado a una cena íntima en honor de José Tomás, quien por aquel entonces estaba retirado y era algo así como el Rimbaud de los ruedos. Quiero decir que conozco todos los argumentos, los simbolismos y las coartadas estéticas de la fiesta nacional, que durante un tiempo estuve dándole vueltas a un ensayo que intentara elucidar su significado, su sentido y su ritual, y que llegué a escribir una novela -que nunca publiqué- cuyo protagonista era un torero mexicano.
Había leído, entre otras muchas cosas, Muerte en la tarde, de Hemingway, y La música callada del toreo, de Bergamín, con lo que no tardé en establecer la hipótesis de que la tauromaquia, en su desnuda y obscena crueldad, acaba por revelarnos oscuros secretos sobre la vida, la muerte, el nacimiento, el sexo y la pasión. Sólo había que apartar a un lado el sadismo, la brutalidad, la angustia y el dolor de un animal torturado hasta lo insoportable. ¿No había escrito Lorca la mayor elegía del siglo XX a la muerte de un torero? ¿Y quién había descrito jamás las penas del amor imposible como lo hiciera Miguel Hernández en un soneto consagrado al destino del toro bravo? "Como el toro me crezco en el castigo, / la lengua en corazón tengo bañada".
Ya ven que, equipaje cultural aparte, no andaba entonces muy lejos del pensamiento de Ramón García. Sólo que estaba confundiendo acto y representación, toreo y literatura, una suplantación semejante a la de suponer que hay algo muy hermoso en contemplar un combate mortal a espada sólo porque uno ha leído ese terrible pasaje de la Ilíada en el que Aquiles mata a Héctor. La guerra ha generado un caudal artístico incomparable -poemas, lienzos, músicas, películas, novelas-, pero no hay ningún arte en apuñalar, torturar, bombardear o exterminar, ya sean animales, hombres, mujeres o niños. Sin embargo, la fascinación que ejerce la violencia -ya sea ficticia o auténtica-, es desde siempre el nudo del problema.
El año pasado se estrenó Tardes de soledad, el documental de Albert Serra sobre el torero peruano Andrés Roca Rey, que ganó la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián y fue reconocida como mejor película de 2025 por la revista Cahiers du Cinéma. Es admirable la plasticidad de esas imágenes que muestran los lances de la corrida, aunque ninguna más impresionante que la que abre la película: un toro bravo en libertad, inundado de noche, mirando de frente a la nada. Serra -que, en una entrevista reciente, con admirable modestia, se pone por delante del 99 por ciento de los cineastas vivos- no hurta al espectador ningún detalle: del trajín de los subalternos al espanto de las cogidas, del silencio ceremonial de la espera a la agonía inmisericorde del toro bravo ensartado en el estoque, las patas temblando sobre la arena. Ningún detalle excepto las reacciones del público y ahí puedo dar fe, por experiencia, de todo lo que se aprende de verdad en los toros. En la primera corrida a la que fui, en Badajoz, oí a un gracioso que gritaba: "Fríelo con patatas y comételo con arroz". En la última, en Cuenca, durante el paseíllo, otro aficionado voceó: "¡José Tomás, hoy vas a morir!" Lo que queda, más allá de la liturgia, la lucha, la danza y el coraje, es una carnicería.
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