Opinión
La asombrosa sentencia de Medina y Luceño

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Según la prensa del corazón -que es la que se ocupa de estos asuntos- a Luis Medina Abascal no se le conoce más actividad en los últimos años que la de ser novio de una aristócrata y pasear al perrito, un perrito salchicha de pura raza. No se entiende cómo las firmas de alta costura, las grandes marcas de relojes, las joyerías más respetables y los mejores fondos de inversión no se están rifando los servicios de este genio de las finanzas. Con más motivo ahora, que se sabe que es inocente por los cuatro costados. Gracias a su experiencia como consultor y experto en compraventa de valores, Medina ganó un millón de euros limpios de comisión gracias a la generosidad sin par del Ayuntamiento de Madrid. Sólo de comisión, ojo. Hay veces que la prensa del corazón hace zumo con la lucha de clases y otras veces en que los tribunales dictan sentencias que deberían publicarse con fotos y papel satinado a doble página.
En concreto, cualquiera diría que la sentencia por la que el TSJM considera que Medina no estafó al consistorio municipal por cobrar estas primas estratosféricas es una sentencia como para recogerla en una bolsa de plástico junto a las necesidades del perrito salchicha. Claro que hay que comprender la complejidad de estos procesos legales -algunos llevan 14 o 15 años removiendo papeles y lo que te rondaré, morena- y la impenetrabilidad de la lógica jurídica, capaz de acertar con la culpabilidad del fiscal general del Estado mediante el sabio procedimiento del pito, pito, gorgorito. Fue alguien de su entorno, caballero, alrededor de unos cuarenta kilómetros cuadrados. Por ejemplo, usted.
Tres años atrás descubrimos que seis millones de euros públicos pasaron a engrosar el patrimonio de Medina y Luceño gracias a la adquisición de unas mascarillas y guantes de los chinos en mitad de una pandemia mortal. Elena Collado, responsable de la gestión y alto cargo del área de Hacienda y Personal del Ayuntamiento, declaró ante la Fiscalía que es que ella era "un poco pava". Que lo hizo de buena fe, vaya, así que engaño no podía haber alguno. Menos mal que, para compensar la pavería de esta buena mujer, al otro lado de la línea, respaldando la transacción, estaba Almeida, que es un lince ibérico. Cómo iban a engañar a Almeida dos conseguidores de ocasión que venían de Extremo Oriente con unas mascarillas que parecían diseñadas para recoger mierdas de perro. Medina llegó a calificarlas como "las Rolls-Royce de las mascarillas", las mismas que utilizaban los gobernantes chinos. Se llega a dedicar a los coches de segunda mano y le vende un triciclo a Antonio Lobato.
Según el tribunal, estafa no hubo ninguna. O sea, que entre los dos colegas se beneficiaron seis millones de euros limpiamente, sin conciencia ni voluntad de engaño, mientras la gente se moría a chorros. A ver, estafa hubiese habido en el caso de asegurarle a Almeida que las mascarillas eran un diseño de Louis Vuitton y que venían firmadas por Cristiano Ronaldo una a una. Por desgracia, Alberto Luceño, socio de Medina en este fabuloso birlibirloque, ha sido condenado a tres años y ocho meses de prisión más una cuantiosa multa por los delitos de fraude y falsedad documental. Luceño ya aparecía en una de las carpetas de la trama Púnica, carpeta bautizada con el revelador apodo de "Marrones Alberto Luceño". Me duele mucho la separación de este incomparable dúo de cayetanos -el pijo y el muy pijo- con los que se podría haber rodado una versión castiza de El golpe sin Paul Newman, sin Robert Redford, un chotis de banda sonora y Almeida en el papel de Almeida.
Al pensar en Medina y Luceño me viene a la cabeza la vieja canción de Gaby, Fofo, Miliki y Fofito: "Eran dos tipos requetefinos,/ eran dos tipos medio chiflaos,/ eran dos tipo casi divinos,/ eran dos tipos desbarataos". Seguro que los magistrados, al redactar la sentencia, también la estaban tarareando. Lo que no acaba de cuadrar en este tinglado jurídico es aquel empresario malayo o chino, San Chin Choon, con quien Medina y Luceño se escribían correos en un inglés de Sanchinarro y que al final ha resultado ser una elipsis, como la mujer de Colombo. Lo mismo San Chin Choon es el nombre del perrito salchicha que Medina saca a cagar puntualmente junto a una farola. Habrá que esperar un reportaje del ¡Hola! para averiguarlo.
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