Opinión
Austeridad armada

Por Miguel Urbán
-Actualizado a
Hace ahora algo más de dieciséis años, la Unión Europea (UE) vivía una de las peores crisis económicas de su historia: la llamada crisis del euro, una ramificación del colapso financiero global desatado por el hundimiento de las hipotecas subprime en EEUU. Una crisis que trajo consigo la imposición de una austeridad atroz, que sacudió especialmente a los países del sur de Europa, que sufrimos una auténtica camisa de fuerza presupuestaria para controlar el déficit. A costa de tasas de paro nunca vistas, recortes en nuestro maltrecho Estado del bienestar y el desahucio de millones de familias de sus casas. Incluso, un golpe de Estado financiero que obligó al gobierno de Syriza a aceptar el tercer memorándum, que no solo sentenciaba la austeridad en Grecia, sino también el final de la experiencia antineoliberal de Syriza.
El año pasado, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, anunciaba a bombo y platillo un plan para rearmar a Europa ante el peligro ruso y la imprevisibilidad del histórico sheriff norteamericano. Un nuevo aumento, sin precedentes, del gasto militar europeo: hasta ochocientos mil millones en cuatro años. Para ello, se propuso relajar las omnipresentes reglas de disciplina fiscal, permitiendo el endeudamiento de los Veintisiete; favorecer nuevos préstamos a los Estados mediante la reforma del Banco Europeo de Inversiones (BEI) e, incluso, permitir a los gobiernos desviar dinero destinado a los fondos de cohesión hacia el gasto militar. Un gasto militar sin precedentes que pretende alcanzar el horizonte del 5 % del PIB. Lo que nunca fue posible para construir una Europa social, ahora sí lo era para construir una Europa de la guerra.
Pero, como aseguró la presidenta de la Comisión, la relajación de las reglas fiscales sobre las que se sostiene la austeridad era una medida coyuntural: en algún momento, los gobiernos tendrán que reducir su déficit para volver al ajuste presupuestario. Porque la activación de la cláusula de flexibilidad presupuestaria para aumentar el gasto rápidamente conlleva que, más pronto que tarde, este tendrá que acomodarse presupuestariamente, ya sea subiendo los impuestos o reduciendo el gasto en otras partidas.
De hecho, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, antiguo primer ministro de los Países Bajos y ferviente defensor de la austeridad, ya advirtió ante la Comisión de Asuntos Exteriores y la Subcomisión de Defensa del Parlamento Europeo que el aumento del gasto militar debería compensarse con recortes en las partidas de gasto social de los presupuestos de los Estados europeos: -"De media, los países europeos gastan fácilmente hasta una cuarta parte de la renta inicial en pensiones, sanidad y sistemas de seguridad social, y solo necesitamos una pequeña fracción de ese dinero para reforzar mucho más la defensa".
En cierta medida, tanto Rutte como von der Leyen estaban adelantando la imposición de un nuevo modelo, en el que la remilitarización se ha convertido en la clave de bóveda del proyecto de "Europa potencia" en el marco de la policrisis global, complementando el constitucionalismo de mercado que ha imperado hasta ahora con un pilar securitario reforzado. De esta forma, la austeridad, con su corsé fiscal de recortes sociales, reaparece con la excepción del gasto militar, que parece no computar como déficit.
Así, gobiernos como el francés anunciaron el año pasado gastos militares adicionales de 6.500 millones de euros, con el objetivo de alcanzar los 64.000 millones anuales de Defensa en 2027. Una cifra que duplica los 32.000 millones que el país gastaba cuando llegó a la presidencia en 2017 Emmanuel Macron. Mientras, dos días después del anuncio del incremento del gasto militar, el primer ministro francés, François Bayrou, decretaba uno de los mayores planes de austeridad en la historia reciente del país: un recorte de 44.000 millones, que incluía medidas tan impopulares como la congelación de pensiones, salarios de los funcionarios y diversas prestaciones sociales, así como la eliminación de dos días festivos. Un ejemplo perfecto del nuevo modelo de gobernanza europea de austeridad armada.
De hecho, la semana pasada el Gobierno alemán de Friedrich Merz anunció un nuevo aumento de su gasto en defensa para 2027, año en el que las inversiones del Ejecutivo alcanzarán de nuevo una cifra récord. De tal forma, que el gasto militar alemán pasará de los 82.700 millones de este año a 105.800 millones el próximo, un aumento del 27,9 %. Esto representa un gasto total equivalente al 3,1 % del PIB en 2027, en línea con los compromisos adquiridos con la OTAN de elevarlo al 5 % para 2035. Paralelamente, el Gobierno de conservadores y socialdemócratas anunciaba una reforma sanitaria con la que prevé recortar 16.300 millones de euros. Un nuevo ejemplo de cómo la austeridad armada se está imponiendo entre las principales cancillerías europeas.
En este nuevo ciclo, en donde Europa parece avanzar hacia una inquietante normalización de la militarización bajo la coartada de las amenazas externas. Macron, en el tradicional discurso del presidente francés a los militares en la víspera de la fiesta nacional del año pasado, aseguró que: "desde 1945, la libertad nunca ha estado tan amenazada, y nunca tan seriamente". Y: "Para ser libres en este mundo, debemos ser temidos. Para ser temidos, debemos ser poderosos". Una justificación más de una carrera armamentística que solo conduce a la guerra como motor político y económico, mientras los derechos sociales vuelven a quedar relegados a una variable de ajuste.
De esta forma, en la nueva época de la "Europa potencia" la austeridad no desaparece: se transforma y se adapta a las nuevas prioridades. Bajo el paraguas de la seguridad y la autonomía estratégica, se consolida un modelo en el que el gasto militar se blinda a costa de nuestros derechos sociales. Una "Europa potencia" que pretende reforzar su papel en el tablero global debilitando, al mismo tiempo, las bases materiales que sostienen la cohesión interna. Sentando los cimientos para el resurgimiento de un nuevo ciclo de movimientos antiausteritarios que señalen el rearme como un elemento que, lejos de proteger, se convierte en una amenaza, que profundiza desigualdades en una Europa de millonarios a costa de millones de pobres
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