Opinión
Ayuso con amor

Por Noelia Adánez
Coordinadora de Opinión.
Este fin de semana he leído a una periodista en una red social argumentar que Ayuso no fue a México “solo a dar una conferencia”, sino a construir un liderazgo nacional e internacional que trascienda Madrid. La periodista explicaba de manera más detallada esta cuestión en un artículo publicado en uno de esos medios en los que Ayuso, por obra y gracia de las generosas subvenciones que sufragamos entre todas, es portada como mínimo un domingo al mes.
Dejando a un lado el hecho evidente de que la periodista tiraba del argumentario de la Puerta del Sol (que en esta ocasión llegó un poco tarde pero llegó), y de lo difícil que resulta colocar la idea de que el viaje de diez días de la presidenta de Madrid a México tuviera algún tipo de justificación o le reportara a la Comunidad Autónoma que preside alguna clase de beneficio, me llamó la atención lo de “la conferencia”. ¿Ayuso había ido a dar una conferencia?; ¿qué conferencia?
Estuve buscando pero no la encontré, así que deduzco que por conferencia debemos entender la intervención de apenas diez minutos que llevó a cabo en el “Evento a la Hispanidad” en el que también intervino su buen amigo y, visto lo visto, historiador oficial de la Corte, Nacho Cano.
Ayuso no leyó nada durante esos minutos aunque llevaba algunas notas escritas que consultó de soslayo. No soy de las que piensan que la presidenta madrileña no tiene habilidades políticas, ni mucho menos, pero es evidente, incluso para su fandom, que la oratoria no se encuentra entre ellas y que trata de compensarlo con una imagen muy estudiada y depurada que se ha ido estilizando con el tiempo. Ayuso habló como suele hacerlo cuando no lee, de una manera atropellada, sin terminar de encadenar bien las ideas y, en muchas ocasiones, sin llegar a pronunciar oraciones completas.
Esto no es un problema porque su comunicación política no se basa en la transmisión de pensamientos, mucho menos complejos. Cuando Ayuso habla jamás despliega un pensamiento, se limita a colocar un par o tres de ideas. Como es sabido, su idea fetiche, su eslogan fundamental, es la libertad. Por eso dijo:
“Los que vemos la vida en torno a estas alianzas y en todo lo bueno que hay en ella (sic) tenemos que buscarnos las maneras para poder hablar en libertad”; o "que nunca la libertad tenga que pedir perdón por ser libertad". Esta última frase carece por completo de contexto en su discurso, pero entiendo que le permitía pronunciar dos veces la palabra mágica, así que la metió con calzador.
En esta ocasión se trataba, además, de reivindicar la hispanidad. La presidenta no se complicó. No explicó ni su valor, ni su interés ni, en todo caso, cómo se fraguó. Se limitó a tildarla de “algo diferente”, como si se tratara, no sé, de una nueva marca de cerveza. “Nosotros somos los de esa forma diferente de ver la vida. Somos los de la hispanidad”. Imagino que en ese auditorio muchos y muchas quedarían pasmados al escuchar este eslogan gastado, barato y fuera de lugar. ¿Qué forma diferente de ver la vida? ¿A qué se refería? ¿De verdad merecía el auditorio tan bajo nivel y frivolidad? Sigamos.
Ayuso ponderó a continuación el hecho de que hubiera seiscientos millones de hispanohablantes en el mundo para adoptar enseguida un tono y una gestualidad de aroma evangélico con la que reclamar la alegría, otro de sus eslóganes recurrentes, que la madrileña siempre utiliza para confrontar con las izquierdas a las que acusa de “tristes”.
Dijo también: “Qué no darían otros por ser lo que hoy somos nosotros, y siempre utilizando el pasado, la división”. Abro paréntesis. Creo que con esta frase críptica quiso decir que la utilización que ella hace del pasado imperial, de resabios por otra parte abiertamente fascistas, no genera división, mientras que la visión crítica y científica del pasado (la del consenso académico, la que tímidamente el Gobierno de Sánchez y Felipe VI parecían querer llevar al terreno de la diplomacia) sí la generaría. Ayuso viene a proponer, por tanto, que ignoremos el conocimiento histórico y reivindiquemos -eso sí, con alegría- una mentira que además es ofensiva. Cierro paréntesis.
Se lo dijo ya en Madrid a la oposición, cuando volvió a defender el pasado imperial español: "Quiéranse un poco más". Le faltó añadir: aunque tengan que omitir la realidad y los sentimientos de los demás para poder hacerlo.
Y es que la comunicación política de Ayuso y su entorno se basa, en una medida muy importante, en potenciar una cualidad de la presidenta que es imposible obviar: su narcisismo, su afán desmedido de protagonismo, su búsqueda constante de atención. No estoy proponiendo leer a Ayuso en clave psicológica, no sabría cómo hacerlo y no me interesa lo más mínimo. El narcisismo de la presidenta madrileña salta a la vista de cualquiera y es evidente que se trabaja y se potencia políticamente en su entorno.
Este narcisismo político lleva aparejado un uso sistemático de la mentira y el mantenimiento de una actitud violenta con los adversarios sin que a priori existan límites al ultraje o el insulto. Cuando se le dirigen críticas fundamentadas, es decir, críticas basadas en informaciones irrefutables o en apreciaciones de sentido común, Ayuso -como cualquier persona acostumbrada a utilizar la agresión como baza en la confrontación- se victimiza, dando de ese modo continuidad a su zarzuelilla y, por ende, generando atención y foco sobre su persona.
Se trata de crear polémicas continuamente, de estar siempre en el centro, de atraer el foco mediático, de ser todos y cada uno de los personajes de la serie que ella, junto con su equipo, guionizan cada día y a la que muchas asistimos como espectadoras más o menos enrabietadas o pasivas y muchas también, para qué nos vamos a engañar, con regocijo y devoción. Sus estilismos, su falta de complejos, su matonismo y su programa político, tienen en Madrid a un público cautivo.
Así es como funciona este animal político que solo puede sostenerse, como el viaje a México ha demostrado, en la atmósfera del ecosistema mediático madrileño. Fuera de ella la presidenta pierde fuelle, se sofoca.
Volviendo a la "conferencia" en México, el ahogo de Ayuso empezó cuando performó, con gran afectación y mano en el pecho, el recuerdo a Isabel la Católica, la "mujer más poderosa de la historia" a la que atribuyó "un profundo amor por España y la Hispanidad". El público aplaudió con timidez mientras algunas asistentes de las primeras filas, como puede verse en el vídeo (min. 35:05), cruzaban miradas de extrañeza o incredulidad. Ayuso introdujo, de la mano de su tocaya, un eslogan de nueva creación, sin duda pensado ad hoc para darle gancho publicitario al asunto: “Desde la reina Isabel hasta ahora esto solo se entendería desde el amor”.
A partir de ese momento y durante los minutos restantes Ayuso explicó a su ayusil manera que la historia colonial de la Monarquía hispánica es resultado del amor, de siglos de amor. Amor a la lengua, de los padres que la transmiten a sus hijos y amor a la religión común. Amor, dice varias veces la presidenta madrileña modulando para endulzar su voz. Lanza una mirada teatral al auditorio para remarcar la solemnidad del momento mientras repite la nueva palabrita mágica: aaammmmoorrrrr.
Y es que los diez minutos de Ayuso hablando sobre la hispanidad en México no son una conferencia, son una performance destinada a mandar a sus audiencias el mensaje político con el que Ayuso más se identifica y al que Miguel Ángel Rodríguez ha dedicado toda su labor.
En sintonía con el narcisismo que comentábamos, Ayuso se ha ido a México a decirle a los mexicanos: "El mensaje soy yo". Y se ha encontrado con un problema. En esta ocasión no le han comprado la mercancía porque aunque el traje era el correcto (Ayuso es una ultra que puede gustarle al PAN), el maniquí lucía trasnochado (como dijo Sheinbaum) y un poco perturbado.
Nunca ha estado en su trayectoria política Ayuso tan fuera de lugar como lo ha estado en México. Su populismo imperialista, su visión de opereta de la historia de la Monarquía española y su ignorancia sideral respecto de lo que, por ejemplo, representa en el imaginario colectivo mexicano la Malinche, no tienen cabida ni eco en el México actual. Sus mensajes en torno a la libertad y la hispanidad se quedaron cortos y resultaron ensombrecidos por el eslogan sobre el amor como motor de los desmanes imperiales que quiso colocar. En ese punto, Ayuso fracasó. En adelante todo le fue mal.
La presidenta madrileña no midió el impacto de su torpe y desfasado discurso en México y se vio obligada a regresar a Madrid para enseguida coger aire en los platós de televisión de sus corifeos. Ya con los pulmones bien oxigenados tardó poco en anunciar que los intereses de Florentino son los de Madrid, que es España, que no es México y que ellos se lo pierden.
La operación Ayuso internacional, aunque le pese a la periodista que difunde el argumentario de Rodríguez, salió muy mal. Otra cosa es que la presidenta estire la zarzuelilla para su público de siempre y le saque rendimiento con la ayuda inestimable de sus palmeros, a los que hemos visto trabajar sin descanso desde que regresó de Cancún para darle el cariño que los mexicanos le negaron por culpa una vez más, como todo el mundo sabe, del comunismo en su versión hispana, o sea, del sanchismo.



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