Opinión
Ayuso y las carreras de quirófanos

Por David Torres
Escritor
Tras el éxito internacional del Gran Premio de Fórmula 1 de Madrid, Ayuso ha inaugurado otra fabulosa competición automovilística: las carreras de quirófanos. Bueno, la verdad es que estaba inaugurada hace mucho tiempo, sólo que no lo sabíamos con certeza, aunque entre unas cosas y otras, ya nos lo olíamos. Este curioso aroma a formol nos llegó a las narices el pasado diciembre, cuando se hizo público un audio del CEO de Ribera Salud, Pablo Gallart, en el que ordenaba alargar las listas de espera del hospital de Torrejón de Ardoz para aumentar los beneficios económicos. Así, esta semana hemos descubierto que unos 57 pacientes del Ramón y Cajal estaban participando en una nueva modalidad deportiva: a ver a quién operan primero y a ver quién llega vivo a la meta.
Casi todos los expertos coinciden en que el circuito de Madring está diseñado de tal forma que apenas permite adelantamientos: en la carrera del pasado domingo hubo exactamente cuatro frente a una media de sesenta y uno durante la pasada temporada. Para evitar este efecto soporífero, el paciente madrileño en busca del premio de su propia salud debe emprender una excitante galopada a través de diversos obstáculos: ambulatorios cerrados, centros sanitarios sin personal y urgencias hospitalarias colapsadas. Así no tendrá tiempo de aburrirse, aunque sí de leer las obras completas de Tolstói.
Este verano yo mismo tuve que acudir tres veces a las urgencias del Doce de Octubre y la última vez me tiré once horas esperando a que me atendieran, con lo que no sólo acabé la novela que llevaba en la mochila, sino que además pude empezar a escribir otra. Era una historia de terror con tintes sociológicos, aliñada con las quejas del casi centenar de pacientes que aguantaban en los asientos, por no hablar de la fatiga y las ojeras de enfermeros y médicos sobrepasados de trabajo. Nunca hasta ese momento había caído en la cuenta de lo bien puesta que estaba esa palabra: paciente. A mi izquierda había un señor retorciéndose en una silla de ruedas por culpa de un dolor que, en mi nada experta opinión, me atreví a identificar como un cólico nefrítico: por algo contaba con la experiencia de haber sufrido uno en mi anterior visita.
El idioma castellano está tan necesitado de anglicismos que no sólo requiere la ayuda del inglés para bautizar un puto circuito automovilístico, sino que también echa mano de ellos tanto en la Fórmula 1 como en los centros médicos. Tarde o temprano todos acabamos en boxes, tendidos bocarriba en una cama mientras nos enchufan suero, antibióticos y analgésicos antes de dejarnos listos para proseguir la carrera, a ver si hay suerte y la acabamos vivos. A fin de cuentas, la sanidad pública se ha transformado en un gran negocio, no sólo trasvasando directamente los millones recaudados a los contribuyentes a la sanidad privada, sino alterando las listas de espera quirúrgicas con el fin de que la productividad y los datos cuadren de un plumazo, tanto en los quirófanos como en los cementerios.
En su día Ayuso echó tierra (disculpen la metáfora) al escándalo del hospital de Torrejón de Ardoz achacándolo a “rencillas entre directivos”. Para no cambiar mucho de excusas, esta semana han atribuido el pandemónium montado alrededor del Ramón y Cajal a “rencillas entre médicos”. Concretamente, han señalado a un médico, Luis Alberto Martos, especialista en el servicio de Cirugía Ortopédica y Traumatología, a quien ha acusado de vago, de problemático y de voceras. Por lo que se ve, los cirujanos no disfrutan del estatus de incógnito concedido al novio de Ayuso, un ciudadano anónimo conocido en el mundo entero. A estas alturas de la carrera de quirófanos, ni siquiera podemos estar seguros de quiénes son los pilotos y quiénes los mecánicos, pero que la vamos a perder, eso seguro.

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