Opinión
Ayuso y González Amador en Leroy Merlin

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Ni la riqueza ni el poder se generan: se reproducen. Y para hacerlo, necesitan unas condiciones ambientales propicias, igual que las esporas jugosas de las setas requieren de un clima y suelo adecuados para arraigarse; necesitan que dos sujetos con códigos genéticos específicos sigan unas reglas para que el dinero fluya y genere así más poder. Tú necesitas un capital abundante que te abra las puertas de ese ecosistema recóndito e inaccesible donde encontrar a otras personas de posición similar con las que reproducir tu patrimonio; necesitas dinero y contactos para acceder a los reservados, a las discotecas, a los restaurante donde toparte con personas, futuribles parejas, de un estatus parecido que acepten cruzar sus influencias y billetes contigo para multiplicar, en una especie de relación mutuamente beneficiosa, todo vuestro poder y dinero. Por eso Lamine Yamal y Nicki Nicole estuvieron juntos: ni el futbolista ni la cantante, la artista más exitosa de argentina durante varios años consecutivos, saldrían con una cajera o un camionero, porque el capital recurre a su endogamia controlada para que los sujetos adinerados se queden en el mejunje arácnido del dinero y creen nuevas parejas que potencien su posición hasta el infinito. Pero esto es más viejo que el hilo negro, vaya; las dinastías europeas funcionan así desde que el sudor sabe a sal.
Por eso me fascina que González Amador, según contó elDiario este fin de semana, comenzara a salir con la presidenta de la Comunidad de Madrid después de haber sido un miserable técnico sanitario afincado en el barrio del aeropuerto con un sueldito medio español; ¿cómo un tipo así conoce a una presidenta autonómica?, ¿cómo se burla de sus séquitos y escoltas para hablar, tomar una copa en un bar caro, huir de la opinión pública y, más importante todavía, proponerle un proyecto vital conjunto desde la inseguridad de sus veintitantos mil euros anuales?, ¿de qué conversan por primera vez un tipo de Alameda de Osuna con la reina oficiosa de la calle Génova; quizá de fútbol y tenis, acaso de las diferencias entre bisutería y joyería, o a lo mejor de lo caros que se están poniendo los alquileres en el barrio?; ¿por qué una baronesa pepera de primer orden accede a abrir desde dentro el ecosistema de las élites a un técnico sanitario, a retirar el cerrojo del castizo mejunje madrileño para que un supuesto don nadie cate sus alfombras y caviar? Tengo algunas teorías materiales – o notariales, si soy preciso con el lenguaje –, pero esperaré a que las investigue primero el juez encargado del caso.
Pero lo que más me perturba de esto es lo traicionero que puede llegar a ser el corazón, que después de enamorarte de un tieso quiere cambiarlo. Supongo que la discusión se daría en el Leroy Merlin, en el pasillo de los tornillos, cuando al comprar las herramientas para alguna reformita chapucera la una quisiera pagarlo todo a tocateja y el otro, cabizbajo, prefiriera amortiguar la hostia financiándola; son por cosas así que las parejas se quiebran. Imagino perfectamente la conversación: “muy dignos tus veintinueve mil anuales, pero saben a poco; esto de la financiación es una cutrez, quiero que te pongas a hacer negocios y te forres, que para algo estás por fin en la salsa, en el balcón premium de Madrid, ¿sabes cuántos matarían por esta oportunidad?”. Y el otro, por eso de alimentar el amor, se puso azarosamente a hacer negocios con el entorno del principal proveedor sanitario de la comunidad que su pareja dirige. ¿Qué es el amor sino un cúmulo de bonitas casualidades?
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.