Opinión
Banderas como áticos
Por David Torres
Escritor
En Valdebebas, presidiendo el flamante circuito de Fórmula 1, han plantado una bandera española enorme, inmensa, superlativa, una bandera de la altura y el tamaño de un ático de Ayuso. Por algo el ático de Ayuso ya está homologado como la unidad de medida nacional, en dura competencia con el Bernabéu, que en realidad es el ático personal de Florentino Pérez y sirve para medir superficies todavía más gordas. Por ejemplo, las hectáreas devastadas por incendios forestales se calculan en bernabéus (treinta, cuarenta, quinientos, los que sean), una extensión de bosques carbonizados y tierras quemadas que, una vez concluidas las operaciones aritméticas e inmobiliarias, suelen traducirse en áticos. Este birlibirloque de superficies no termina ahí, sino que además está previsto, dicen, utilizar los seis millones y pico que costó el último ático de Ayuso en reconstruir las viviendas dañadas y ayudar a los damnificados por los últimos incendios en la sierra madrileña. Lo que el ático te lo da, el ático te lo quita.
Como se ve, el ático de Ayuso resulta una unidad de medida sumamente flexible: lo mismo sirve de despacho oficial, de residencia veraniega, de lugar de reuniones institucionales o de inversión patrimonial ordinaria. Sobre el papel también se utiliza para calibrar las tragaderas del público y la imaginación de los periodistas, aunque corren serias dudas sobre el límite de las tragaderas del público madrileño, que de momento se ha tragado dos o tres áticos sin rechistar, después de tragarse 7.291 muertos. Para que se hagan una idea del coste real del circuito de Fórmula 1 a las arcas públicas (unos 481,5 millones a lo largo de los diez años de contrato) vendría a salir por unos 76 áticos de Ayuso y pico. El coste en bernabéus o en banderas de España desmesuradas escapa por completo a mis cálculos, aunque Ayuso dice que a los madrileños les ha salido gratis. Por la cara más bien, concretamente por la suya.
Es difícil darse cuenta porque la bandera se encuentra a una altura equivalente a 18 plantas y tiene 416 m2 de superficie, pero en el escudo que ondea en el centro y que apadrina el circuito de Fórmula 1 madrileño hay -además de la corona, las barras, el león y las columnas- un ático de Ayuso con otro circuito de Fórmula 1 a escala, una especie de Aleph en bucle donde, si uno se fija bien, puede ver a un Almeida diminuto bailando el chotis, la nueva reencarnación del oso y el madroño sin necesidad de madroño ni de oso. Hasta ayer mismo, el chotis de Almeida recién casado era el gran momento de su vida y uno de los mejores de cualquiera que lo hubiese visto, pero ahora esa danza sobrenatural podría haber sido superada por el subidón de haberse montado en un coche: “Acabo de dar una vuelta en el Safety Car y ha sido una de las experiencias de mi vida”. Con la ropa puesta, podía haber puntualizado, pero ni siquiera, y eso que sólo iba de copiloto.
No me cabe duda de que, para los nostálgicos del circuito del Jarama -si es que queda alguno-, lo de Madring va a ser como volver a nacer. De momento, nos han dejado en pañales, y hasta es posible que acabemos todos en pelotas si la cosa termina como la Fórmula 1 valenciana. Madrileando es la traducción aproximada al castellano del neologismo, pero ya no había ninguna Oficina del Español alerta, con Toni Cantó a los mandos, para denunciar el atropello. Mi currículum como conductor temerario es casi tan reducido como el de Almeida: se limita a los bandazos que pegaba en el Scalextric y a aquella tarde aciaga en que me subí a un minicar en el Parque de Atracciones con nueve años. Nadie me había dicho que, antes de pisar el pedal del freno, conviene levantar el pie del acelerador, y fui tomando las curvas a velocidad de meteorito, estampando a mis rivales contra las pilas de neumáticos. Desde entonces, decidí no acercarme jamás a un volante, siguiendo a rajatabla el sabio consejo de Nabokov: “Nunca se fíe de un poeta que sepa conducir”.
Sin embargo, en Valdebebas deben de estar encantados con el ruido, el humo, la velocidad, el mamoneo y el pelotazo, todo a la sombra de esa bandera monstruosa como un ático de Ayuso. Quizá les hubiese ido mejor que inaugurasen antes un hospital público o al menos un ambulatorio, algo más útil que el Zendal, que vale sólo de aparcamiento y gracias. Jamás entenderé el placer vicario de contemplar una competición de Fórmula 1, un espectáculo ante el que hago mías las palabras del Sha de Persia cuando, allá por el siglo XIX, la reina de Inglaterra le invitó a disfrutar de una carrera de caballos en el hipódromo: “Gracias, ya sé que unos coches corren más que otros”.
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