Opinión
Beiras

Por Anibal Malvar
Periodista
Flipé estos días en redes sociales con la cantidad de comentarios laudatorios hacia Xosé Manuel Beiras. Al principio, pensé que los algoritmos de Elon Musk y sus subgéneres me habían invadido con un ejército de bots nacionalistas y gallegos bailando cibermuiñeiras. Pero no. Eran gente real (no gallegos, que somos imaginarios). De carne y hueso. Con sus desamores y sus hipotecas y sus cosas. Qué mensajes más hermosos. Qué bien escribe la gente cuando se muere alguien. Dan ganas de morirse, por el bien de la cultura.
Lo que se pregunta uno es dónde estaba esta gente cuando Beiras se presentaba a las elecciones. Cuando argumentaba el colonialismo interior que empobrece ciertas regiones de España. Cuando denunciaba los negocietes del PP con el narco en general, y la íntima y cremosa amistad de Alberto Núñez-Feijóo con Marcial Dorado en particular.
La muerte nos pone pálidos, pero enseguida un montón de personas que no sabías que deambulaban por aquí te sacan brillo y morenez. Yo prefiero honrar a los muertos en vida. Seré un rarito.
Con su bien demostrada sensibilidad, Alberto Núñez Feijóo se negó a lamentar la muerte del feroz compostelano. En la decisión palpitan dos motivos, uno político y otro personal.
El político es obvio: el encarnizamiento contra todo lo distinto que desde hace años inspira al PP. El personal tiene raíces sociales. En varias entrevistas aseguró Beiras que Feijóo se avergonzaba de sus orígenes humildes. Por eso su indisimulado vasallaje ante el capital, las oligarquías, el poder en general. En lugar de enorgullecerse de haber crecido en A Peroxa, una aldeíta ourensana que luchó desde el medioevo contra la explotación de los señoríos y la nobleza, que gozó de un fuerte movimiento agrarista revolucionario, Feijóo siempre estuvo del lado del poder. Esta historia me la contó el propio Beiras hace cuatro o cinco años, cuando aun paseaba no seranciño por el Preguntoiro compostelano y se dejaba encontrar para charlar un rato. No creo que nadie más en Galicia supiera tanto como él de A Peroxa de Feijóo, aldea remota y olvidada. Pero Beiras estudiaba bien a sus enemigos.
Quizá no tan bien a sus amigos. En las primeras elecciones al Parlamento gallego, en 1981, el miedo a Beiras llevó al propio nacionalismo a montar un partido alternativo, una especie de Sumar nacionalista más blando y prudente liderado por Camilo Nogueira (Esquerda Galega). Cuatro años más tarde, EG triplicaba en escaños al BNG. La operación anti-Beiras había tenido éxito. Me hace mucha gracia escuchar a los politólogos repetir que el votante prefiere el original a la copia. Aquí, en principio, sucedió todo lo contrario. Beiras se encontró entonces con una realidad dolorosa: el pueblo gallego tiene miedo de su propia libertad.
Beiras fue querido y admirado, pero jamás consiguió que aquellos que lo admiraban y querían reunieran la osadía de remar en su gamela. Demasiado procelosos mares.
En los últimos años, sin abandonar el foco gallego y nacionalista, comprendió enseguida que solo un frente de izquierdas sería capaz de frenar el auge del fascismo. La traición de Yolanda Díaz a ese proyecto en España, impulsado por su amigo (y también traicionado) Pablo Iglesias, tuvo que ser dolorosa. Otra vez los suyos truncaban sus sueños.
Ahora que el Frente Amplio busca liderazgo, fantasea uno con un Beiras candidato con 20 años menos (con 70 estaba como un toro). Jean-Luc Mélenchon tiene hoy 75. Pero, no sé por qué, tampoco lo hubieran dejado. Si algo hemos aprendido, es que la cobardía de los justos es el motor gripado de la historia. Que Beiras no descanse en paz. Él no hubiera querido.
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