Opinión
Del bulo al pogromo: cuando el odio salta de las redes a la calle

Por Miguel Urbán
A principios de junio, centenares de manifestantes quemaban contenedores, vehículos e incluso viviendas que creían habitadas por migrantes, atendiendo únicamente al color de la piel de sus moradores, en uno de los brotes racistas más violentos que se recuerdan en Belfast. Los disturbios se desencadenaron después de que comenzara a circular un vídeo que mostraba una brutal agresión cuyo autor resultó ser un refugiado sudanés residente en la capital norirlandesa. Una vez más se repetía un mismo modus operandi en los disturbios racistas: un enemigo común, el migrante pobre, especialmente el musulmán; un mismo patrón de actuación, una campaña previa de desinformación y odio en las redes sociales que la fachoesfera utiliza como caja de resonancia para justificar la violencia; y unos protagonistas bien definidos: los traficantes del odio.
Quizá uno de los episodios de violencia racista más importantes de los últimos años se vivió en el verano de 2024 en Inglaterra, cuando un menor galés fue acusado de asesinar a tres niñas en Southport y, a través de las redes sociales, se propagó el bulo de que el crimen había sido cometido por un solicitante de asilo musulmán. De esta forma, la violencia pasó de las redes a las calles de los barrios ingleses. Durante los primeros días de agosto de 2024, grupos ultraderechistas camparon a sus anchas agrediendo, asaltando, vandalizando y generando un clima de terror y acoso propio de los pogromos del siglo pasado.
Casi un año después, en la ciudad de Ballymena —que, con apenas 30.000 habitantes, es el séptimo núcleo urbano de Irlanda del Norte— se produjeron duros enfrentamientos, con vehículos, neumáticos, contenedores y escaparates incendiados, en el marco de una auténtica caza de migrantes organizada por grupos ultraderechistas. Un año más tarde, el escenario de las cacerías racistas había sido el centro de Dublín. Y la chispa, nuevamente, fue la sospecha de que un inmigrante estaba detrás de un crimen aparentemente horrendo. Ese mismo 2025, la agresión a un vecino de Torre Pacheco por parte de tres personas de origen magrebí desató un auténtico pogromo racista en la localidad murciana. Los ataques contra la población migrante se prolongaron durante varios días y se repitieron ese mismo verano en otras ciudades españolas, como Alcalá de Henares.
En Alemania, los ataques racistas llevan varios lustros creciendo de forma alarmante. En 2023 se registraron 2.378 agresiones contra personas refugiadas, casi el doble que el año anterior. En Chemnitz, la tercera ciudad más grande de Sajonia, cientos de neonazis convocados desde foros de internet y grupos de Telegram se lanzaron literalmente a la "caza del extranjero" tras el apuñalamiento de un vecino en 2018. En Grecia, pese a la disolución del grupo neonazi Amanecer Dorado, cientos de escuadristas de ultraderecha tomaron parte de la isla de Lesbos en 2020, agredieron a refugiados al grito de "¡quemadlos vivos!", incendiaron sedes de ONG y atacaron centros de acogida.
Los disturbios de Belfast son solo el último episodio de las violentas cacerías antimigrantes que llevan sacudiendo buena parte del continente, especialmente el Reino Unido, durante los últimos años. De hecho, los ataques en la capital norirlandesa se produjeron apenas una semana antes de otra violenta protesta de neonazis ingleses en Southampton. Sin embargo, quizá el rasgo más novedoso de este fenómeno sea la forma en que estos brotes racistas están saltando de la esfera virtual a la movilización organizada en las calles.
El catalizador inicial de estos pogromos racistas son noticias falsas o tergiversadas que corren como la pólvora y se amplifican desde la fachoesfera, un ecosistema que ya no se limita a las redes sociales convencionales. Cada vez cobra mayor importancia el uso de canales de comunicación unidireccional, especialmente en Telegram, como herramienta de agitación, propaganda y coordinación.
En los pogromos de agosto de 2024 en Inglaterra, canales de extrema derecha en Telegram como Reality Reports (Informes de Realidad), Dismantling the Cabal (Desarmando la Conspiración) o Freedom Warriors (Guerreros de la Libertad) desempeñaron un papel fundamental, no solo en la difusión de fake news racistas, sino también como espacios de coordinación de las cacerías y los ataques. En este sentido, el director de investigaciones de Hope Not Hate, organización dedicada a combatir el racismo y el extremismo, Joe Mulhall, explica que la ola inicial de violencia en Inglaterra fue "organizada de una manera orgánica" a través de grupos de Telegram.
Unos años antes, en los ataques racistas de Chemnitz, Telegram también desempeñó un papel clave como herramienta de coordinación y difusión de la ultraderecha. Lo mismo sucedió en Lesbos y en tantos otros lugares. En el caso de Torre Pacheco, la plataforma europea Deport Them Now, con vínculos con diferentes partidos ultraderechistas europeos, como Alternativa para Alemania, Reconquête o Vox, ha sido determinante en la difusión de bulos y en la organización de las razias, nuevamente a través de sus canales de Telegram.
Pero quizá lo más novedoso de estos pogromos 2.0 sea cómo se están convirtiendo en el momento culminante que prefigura nuevos movimientos de ultraderecha articulados en torno a influencers del odio, con un fuerte impacto entre la juventud, escasamente estructurados, descentralizados y con una marcada propensión a la acción violenta. El ejemplo más paradigmático es el del activista neonazi Tommy Robinson —alias de Stephen Yaxley-Lennon—, fundador de la Liga de Defensa Inglesa (EDL, por sus siglas en inglés) y principal influencer del odio durante los pogromos del Reino Unido en el verano de 2024. En el caso de los disturbios de Belfast, Robinson volvió a desempeñar un papel determinante en la convocatoria de las protestas, con la inestimable ayuda del hombre más rico del mundo, Elon Musk, quien, a través de su cuenta en X, se sumó a los llamamientos de Robinson, animando a "protestar con frecuencia y enérgicamente", como ya había hecho durante los pogromos de agosto de 2024 en Inglaterra.
Pero quizá el mayor logro de Robinson haya sido trasladar la agitación en redes sociales a la movilización en las calles: primero con los pogromos contra los migrantes y, desde hace algo menos de un año, con un movimiento bautizado como Unite the Kingdom, un juego de palabras con el nombre oficial del país (United Kingdom). Ha conseguido todo un hito para el movimiento neonazi inglés: nunca antes había logrado una convocatoria tan multitudinaria. En su primera marcha, celebrada el pasado septiembre, reunió a unas 110.000 personas en Londres.
Una movilización que contó con Elon Musk, por videoconferencia, como invitado sorpresa. De hecho, Robinson —y este movimiento— le deben mucho al magnate sudafricano: sin él, difícilmente habría sido posible semejante demostración de fuerza en Londres. No podemos olvidar que Musk restituyó la cuenta de Robinson, suspendida por incitación a la violencia; amplificó sus mensajes en X durante los pogromos, hasta alcanzar más de 434 millones de visualizaciones, quintuplicando la audiencia media que registraba antes del estallido de la violencia. Incluso el propietario de X se sumó a los ataques contra la comunidad musulmana del Reino Unido y contra el Gobierno laborista, amplificando mensajes racistas en pleno desarrollo de los disturbios.
Estas movilizaciones se producen, además, en un contexto de crecimiento vertiginoso de la ultraderecha antiinmigración de Reform UK en las encuestas, donde ya aparece como primera fuerza y a un paso de una hipotética mayoría absoluta. Nos encontramos, por tanto, ante un escenario en el que el auge electoral de la ultraderecha parlamentaria se combina con una creciente movilización de sectores extraparlamentarios aún más radicalizados, capaces de trasladar el odio desde las redes sociales hasta nuestras calles. Esto es lo más preocupante, estamos asistiendo a la construcción de un ecosistema político capaz de transformar el racismo en movilización colectiva y la mentira en violencia organizada. El salto de la pantalla a la calle convierte cada bulo en una potencial chispa para un nuevo pogromo.
Un error común entre el establishment europeo es interpretar estos episodios como estallidos espontáneos o problemas de orden público. En cierta medida, de igual forma que se intenta psiquiatrizar los atentados ultraderechistas para no hablar de terrorismo, evitando analizar sus causas y determinar todos sus culpables. Belfast, Southport, Chemnitz, Lesbos o Torre Pacheco no son excepciones desconectadas entre sí, sino diferentes expresiones de un mismo fenómeno transnacional que combina desinformación, algoritmos, ultraderecha y frustración social para convertir al migrante en el enemigo perfecto. Mientras las instituciones europeas continúen normalizando los discursos antiinmigración, a la vez que los disturbios en Belfast el parlamento europeo aprobaba el reglamento de retorno al grito de "send them back" (mandadlos de vuelta), y las grandes plataformas digitales sigan obteniendo beneficios de la polarización y el odio, los pogromos racistas se convertirán en sucesos cada vez más comunes y en una amenaza permanente para la democracia europea.


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