Opinión
Castilla y León, cada fin de semana unas vacaciones
Por M. Luisa L. Municio
Antropóloga y Gestora cultural
14 de abril es la fecha en la que se constituirán las Cortes en Castilla y León, una fecha sin duda simbólica para la izquierda alternativa. Precisamente esa izquierda que ha desaparecido del mapa parlamentario, con lo que conlleva de falta de representación y de respaldo económico, y que lastrará su recuperación, tirando del voluntarismo para poder actuar. Se ha vuelto a dar paso a un bipartidismo en el que será la ultraderecha la que decida si dinamita la convivencia o se acomoda en las instituciones. Su campaña vino marcada por el lema del “sentido común”, expresión que vuelve a apropiarse y resignificar marcos comunes de pensamiento, usando fórmulas demagógicas y simples para explicar la realidad, señalando al “otro” como culpable y recreando una identidad que nunca existió.
Esa pérdida de las izquierdas también representa un poco más la falta de esperanza para repensar el modelo de autonomía, que sigue configurándose desde lo provincial. Su identidad es múltiple, pero se la menciona desde fuera como la España vaciada y envejecida, como si ambos procesos fueran naturales y no inducidos por la política, la economía o el constante éxodo juvenil. Castilla y León fue el espacio que quiso crear Martín Villa como contrapeso a los nacionalismos periféricos, y parece que se ha convertido en un no lugar con mucha historia, pero sin futuro.
Después del experimento que supuso la ultraderecha en el gobierno, lo que se reclama desde los movimientos sociales es que no se retome un gobierno conjunto. En la anterior legislatura, antes de la ruptura, esos movimientos sociales que trabajan y se manifiestan por el bien común, como los feminismos, las disidencias sexuales o el sindicalismo, entre otros, fueron demonizados y perseguidos, paralizando leyes, eliminando financiaciones o tratando de despojar de derechos a parte de la ciudadanía. Aunque esta ultraderecha no ha pegado el sorpaso, se ha consolidado, como señala Anna López Ortega, y ya tiene experiencia de gestión y de relato para seguir imponiendo una pretendida hegemonía cultural, y hacer que el miedo individual o colectivo supere a la acción transformadora.
Estos resultados nos llevarán previsiblemente a que Castilla y León continúe otros cuatro años con el mismo gobierno hasta llegar a 43, como el licor. La alternancia democrática no parece tener aquí cabida, y la lectura que sacamos de las elecciones es que no se castiga la mala gestión, ya sea en la prevención de incendios o la desaparición de servicios públicos como la sanidad.
Las reivindicaciones no se logran configurar como autonómicas, el ámbito rural está desconectado del urbano a pesar de la interdependencia, continúa el inmovilismo de "más vale lo malo conocido", faltan proyectos transformadores e ilusionantes, triunfa el descrédito político tan eficazmente promovido con el "todos son iguales", se desconocen en gran medida las diferentes responsabilidades institucionales achacando todo al Estado, pesa una burocracia poco adaptada al contexto social y geográfico, aún encontramos la presencia del caciquismo y devolución de favores y, sobre todo, la falta de participación y profundización democrática más allá del voto, dibujan un escenario en el que la posibilidad de cambio se diluye. Y seguimos en gran medida conociendo mejor lo que ocurre en Madrid que a nuestro alrededor.
Y sin embargo se mueve. A pesar del panorama del día de la marmota en el que ni siquiera hace falta que todo cambie para no cambiar nada, la sociedad se va transformando, existen iniciativas para romper ese imaginario construido dentro y fuera, sociedad civil por toda la geografía que resiste y que la mantiene viva, reconfigurando identidades y trabajando por la convivencia cotidiana y los derechos, en un contexto mundial físico y virtual que no premia lo que ha permitido que la humanidad continúe, la cooperación. Ahí estamos, y como señalaba Gramsci, seguiremos profundizando en el optimismo de la voluntad.
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