Opinión
Cerrado por derribo

Por Carmen Madorrán Ayerra
Profesora de filosofía moral en la Universidad Autónoma de Madrid.
-Actualizado a
Decía Bruno Latour que un pueblo que sabe autodescribirse es capaz de reorientarse políticamente. En el proceso, cada ciudadano se describe no según dónde vive sino según de lo que vive, además de intentar cartografiar el territorio del que depende. Que andamos desorientados es evidente cuando vivimos en un planeta como si tuviéramos varios para gastar, aunque las pruebas del desastre en marcha nos griten cada vez más de cerca. Pienso estos días esa necesidad de reorientación política en relación con el asunto de actualidad en nuestro país a raíz del informe de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil esparciendo los audios de José Luis Ábalos, Koldo García y Santos Cerdán.
Todo un país acercando la cara a los teléfonos, aguzando el oído como cotillas detrás de una puerta para escuchar a estos tres señores despachando de los miles de euros de dinero (no suyo, sino público) y de mujeres (no suyas, sino públicas) al más rancio estilo español. Esos audios, como dice la canción de Sabina, callan más de lo que dicen¸ pero dicen la verdad. No solo no podemos desoírlos, igual que Pedro Sánchez y el resto de dirigentes del PSOE, sino que tampoco podemos dejar de preguntarnos por todas las conversaciones en las que se mencionen otras tantísimas ciudades del país de cuyas obras habían o esperaban sacar tajada. Y rellenamos con imaginación todo lo que no hemos oído, lo que desconocemos pero nos intriga porque nos atañe como ciudadanos: ¿hasta dónde llegaba esta panda de corruptos?, ¿quién más está implicado?, ¿quiénes lo sabían o lo sospechaban, y callaron?
Un elemento insustituible para la salud de cualquier democracia representativa es la confianza de la ciudadanía en que aquellos otros ciudadanos a quienes elige periódicamente actúan en el mejor interés de los representados. Si esto no es así, la magia se rompe. Y esto es lo que nos ha pasado una vez más. De manera explícita escuchamos a personas de la primera línea de la política nacional (o nombrados asesores por ellos), que ya cobraban un generoso salario público, actuando en su mejor interés particular. “Vas a ser siempre el hombre de mi vida porque me has conseguido muchísimas cosas”, le dice en un desliz de ternura Koldo García a José Luis Ábalos.
Pues bien, hay dos respuestas que están tomando forma estos días que no me convencen en absoluto. Por un lado, están quienes desde la derecha y la extrema derecha profetizaban la caída del gobierno social-comunista o hablaban de dictadura sin rigor ni rubor alguno, e intentan ahora ser los adalides de la democracia contra la corrupción. El PP no puede dar ninguna lección sobre limpieza por su historial delictivo probado y condenado hasta la náusea. Tampoco se puede hacer una defensa creíble de la democracia cuando se trabaja por erosionarla si uno no está en el Gobierno, esto es evidente. Por otro lado, tenemos a quienes haciendo de tripas corazón señalan a los xenófobos del brazo en alto y dicen: esa es la alternativa, vamos a reforzar la agenda social del Gobierno y avancemos en esta senda prestando atención a lo importante. La cuestión es que esto también es importante. La corrupción, venga de donde venga, es una lacra que no nos podemos permitir, tampoco los demócratas de izquierdas. Es como si, tras la visita a casa de un fontanero —ya que se ha manoseado al gremio estas semanas— para reparar el fregadero, descubrimos que nos ha robado el portátil. No admitiríamos que alguien nos dijera: pero ¿a que el fregadero lo ha dejado estupendamente?
Yo quiero servidores públicos que hagan su trabajo lo mejor que sepan, no conseguidores que se sirvan de lo público para enriquecerse, y no me parece que sea pedir demasiado. Dimitir no es un nombre en ruso, gritábamos en calles y plazas en 2011. Lo cierto es que tengo cuerpo de manifestación, y no solo por la educación pública, la lucha contra la crisis ecosocial, la vivienda asequible o el fin del genocidio en Palestina, sino también contra la corrupción adherida a nuestras escuálidas democracias. Reorientémonos, impidamos que entre unos y otros acaben bajando la persiana y colgándole el cartel de cerrado por derribo.
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