Opinión
El Chapo del ocho
Por David Torres
Escritor
Al Chapo Guzmán lo han vuelto a detener porque se había puesto en contacto con gente del cine para rodar una película sobre sí mismo. Satán, disfrazado de Al Pacino y ejerciendo de abogado, ya lo había advertido: "la vanidad es mi pecado favorito". Aunque también los hay discretos, los narcos suelen ser gente presuntuosa que quieren ver su nombre brillando en las marquesinas de los cines o guitarreando entre mariachis. Pablo Escobar -el criminal más buscado del mundo hasta la llegada de Osama Bin Laden- cuenta ya con docenas de libros, varias películas, dos teleseries y montones de narcocorridos dedicados a su memoria. Muchos colombianos marchan en peregrinación hasta su tumba en Medellín y allí le rezan como si se tratara de un santo.
Ante la fama universal de su compadre colombiano, el Chapo Guzmán decidió adelantarse a los acontecimientos y rodar su propia versión de los hechos. No podía esperar a acabar tiroteado en un tejado, que fue el trampolín desde el que Pablo Escobar ascendió a los cielos. También cabe la posibilidad de que el director y los guionistas de su biopic le convencieran de que era mejor empezar la película por el final y filmar su espectacular fuga de la prisión de máxima seguridad del Altiplano, la más segura de México.
-Pero ya me escapé de ahí, güey.
-No importa, Chapo. Te volverán a encerrar ahí mismo.
-¿Ahí mismo? No serán tan chingones.
-Que sí, mano. Que lo pone en el guión.
En efecto, después de algunos titubeos, lo van a encerrar en la misma prisión y puede que hasta en la misma celda, para aprovechar el túnel de dos kilómetros que llegaba hasta su ducha y que excavaron bajo la atenta vigilancia de todo el sistema penitenciario mexicano. El capo del cártel de Sinaloa tiene recursos financieros casi ilimitados, pero tampoco es cosa de desperdiciar un buen túnel y menos aún de dejar la cárcel del Altiplano como un queso chihuahua.
El problema es que cualquier película, cualquier novela, cualquier ficción va a quedar desvaída al lado del verdadero Chapo Guzmán, un hombre que definió su poder con estas palabras: "No soy presidente de México, pero en México mando yo". Es una afirmación exagerada, no porque el presidente sea Peña Nieto sino porque en México abundan los cárteles, las pistolas, las decapitaciones y los cementerios improvisados. La multitudinaria matanza de estudiantes en Iguala -en la que la policía actuó en simbiosis con los narcos y de la que más de quince meses después lo único que se sabe es que vete a saber- prueba que México, más que un estado fallido, es un fallo de estado. "No vale nada la vida, la vida no vale nada", cantaba Pedro Infante la ranchera que Carlos Fuentes puso al frente de La muerte de Artemio Cruz, la gran novela mexicana sobre la revolución corrompida. "Y vámonos muriendo todos, que están enterrando gratis".
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