Opinión
El charrán se vuelve aguilucho

Por David Bollero
Periodista
“Acuerdo puntual con motivaciones claramente electorales”. Así ha se ha referido Juan Manuel Moreno Bonilla a la alianza electoral de PP y Vox para tratar de amarrar una mayoría de tres quintos en el Senado el próximo 29 de noviembre. Esa es la cifra mágica que abre la puerta a las derechas para renovar a su antojo el Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Con estas palabras, pareciera que el presidente del PP andaluz quisiera desmarcarse de la formación de extrema derecha, precisamente, en una legislatura en la que ambos partidos son las caras de una misma moneda.
Tras su precipitado acuerdo para el Senado, ambas formaciones tratan de marcar las diferencias. Si Moreno Bonilla afirma que "Vox es Vox y el PP es el PP y somos partidos distintos", desde el partido de Santiago Abascal también les falta tiempo para precisar que Vox y el PP "son formaciones políticas muy diferentes, con discursos muy distintos". Tan distintos son que, por ejemplo, quien encabezara la lista al Senado por Vox en Cádiz en las últimas elecciones, Enrique García-Máiquez, el 29-N aparecerá bajo el logotipo del PP. Figúrense. Además, Vox sólo presentará un candidato en Sevilla, Huelva, Granada y Jaén.
Tan taurinos que son estas derechas, al final les ha pillado el toro. Senado de Progreso, que materializa el pacto nacional al que han llegado PSOE y el Frente Amplio para concurrir a la Cámara Alta, ha cogido a contrapié a Feijóo y Abascal. Andaban los líderes de las derechas enfrascados en ver cómo salían del embrollo de las pensiones en que se han metido y se les pasó el plazo para presentar las coaliciones electorales. Feijóo ha pasado de llamar “coalición de perdedores” a Senado de Progreso a improvisar una estrategia con Vox, pegando y quitando candidatos para que le salga la quiniela.
Andalucía es el mejor espejo en el que España se puede mirar para anticipar lo que un gobierno de PP y Vox representaría para la nación. Tanto Moreno Bonilla como su vicepresidente Manuel Gavira, líder de Vox en Andalucía, se desgañitan en diferenciar a sus respectivas formaciones entre sí, pero lo cierto es que cada vez son más como dos gotas de agua. El PP moderado que prometió Feijóo cuando aterrizó en Madrid desde Galicia se ha disuelto de la misma manera que lo ha hecho Moreno Bonilla. En el caso andaluz, ni siquiera es la moderación la desecha como un terrón de azúcar, es el propio presidente andaluz, que este mismo mes ha quitado ayudas a las ONGs que asisten a personas sin hogar y ha apoyado la deportación automática de migrantes en situación irregular.
Aunque vaya de independiente, la incorporación en las listas del PP al Senado de hombres de Vox como García-Máiquez se producen sin fricción alguna, como un proceso de lo más natural, pues en sus columnas es altavoz habitual de los bulos que acusan a la izquierda de fabricar electores expandiendo pagas y subsidios y defensor de quitar el derecho a voto a españoles que ya lo han ejercido.
Admirador del filósofo británico conservador Roger Scruton, que fue expulsado como asesor del gobierno de Theresa May envuelto en acusaciones de supremacista blanco, el candidato encubierto de Vox bajo listas del PP es un tipo cultivado que, sabedor de lo que se cuece entre los suyos, apelaba recientemente a abrazar la intelectualidad y advertía que “las manos, por sí solas, no ganan una discusión. Manos sin lengua, abandonad toda esperanza”. Recordaba, en cierto modo, a ese PP moderado de antaño que, a buen seguro, extraña tanto votante conservador. El ADN compartido es tan fuerte que no tarda en aparecer ese acervo retrógrado que plasma en sueños, como él los califica, de internados que permitieran “la vida colegial y que los españoles de unas regiones conociesen bien otra y conviviesen con muchos compañeros de toda la nación”. Una mili escolar, vaya, que recuperase lo que el tipo llama “sanos principios morales”.
Andalucía, como decía, es el mejor ejemplo de cómo PP y Vox visten el mismo traje, desmantelando juntos la transparencia de la Cámara de Cuentas para poder dar rienda suelta a sus contratos menores sin luz ni taquígrafos, recortando las ayudas sociales, incluso, a quienes un día prometieron que serían prioridad (los nacionales), negando el terrorismo machista y obviando el impacto del cambio climático que arrasa Andalucía.
Hasta el momento, podríamos resumir en tres los grandes errores de Feijóo. El primero, acelerado por sus ansias de llegar a La Moncloa, le llevó a pensar que en sus primeros acuerdos sería capaz de contener las derivas fascistoides de Vox. Con el segundo error y apoyándose en la presunta evidencia demoscópica, optó por clonar el discurso ultra de Abascal para captar votos, poniendo en bandeja a sus electores descartar la copia en favor del original.
Y el tercer y fatal error que cometió fue dar entrada en los gobiernos a Vox, algo que ya tiene asumido que hará si gana las elecciones. El razonamiento que le condujo a ello es el mismo que realizó Moreno Bonilla en Andalucía y que, basándose en una reflexión de Berto Romero que nada tiene que ver con lo que nos ocupa, explicaré a continuación: pensó el presidente Moreno Bonilla que si en puchero bien cargado de ingredientes de su gusto, se añade apenas una pequeña porción de otro condimento, es posible conseguir que el sabor permanezca inalterado. Con lo que no contaba el popular es que, por muy sabroso que sea el guiso, si el nuevo condimento es estiércol el sabor de éste último termina dominando.
Gavira defiende su pacto con el PP para el Senado porque Vox va a “hacer todo lo posible y lo imposible para que el próximo 29 de noviembre España cambie de rumbo” y, claro, con ese “lo imposible” sobrevuela esa sombra de “manos sin lengua”, la oscura silueta de aquel charrán del PP que evolucionó a medio corazón y hoy, en manos de Vox, se vuelve aguilucho.



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