Opinión
Chomsky ante el tribunal de la lógica

Por Asier Arias y Joan Pedro-Carañana
Profesor en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid y profesor en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid
-Actualizado a
La ausencia de argumentos con base en evidencia que sugiera connivencia, aquiescencia, encubrimiento, silencio cómplice u omisión culpable por parte de Noam Chomsky es el rasgo característico de los comunicados de quienes han tratado de desvincular sus figuras de la de Chomsky en el contexto de la campaña de denigración en curso. Ha sido particularmente triste ver a Vijay Prashad o Chris Hedges subirse a este carro, pero también particularmente elocuente. Sus comunicados pueden leerse como el canon del género: sentencias dictadas al oído de jueces que se niegan a celebrar los juicios correspondientes. ¡A qué el habitual trasiego de testigos, pruebas y alegaciones! "No hay ningún contexto" relevante aquí. "No hay nada que decir en su defensa". Sin duda, Chomsky "sabía de los abusos de menores cometidos por Epstein, y le importaban un bledo".
El hecho de que aquél sea el rasgo compartido por esos comunicados no es casual, porque esa evidencia no existe. De hecho, no hay ninguna interpretación verosímil de la documentación disponible que sugiera que Chomsky incurriera en alguna falta del tipo de las señaladas. El contexto del par de renglones que podrían distorsionarse de ese modo es trasparente: Chomsky parte del supuesto de que su interlocutor no le miente cuando asegura que las acusaciones vertidas sobre él son falsas. Es necesario retorcer a conciencia esos renglones para pretender que no significan exactamente eso.
Cabe también ahorrarse el esfuerzo de retorcer esos renglones: basta con no leerlos y subirse gratis al carro de la denigración, un ejercicio que ha tendido a venir de la mano de la invitación a poner patas arriba cuanto sabemos sobre Noam Chomsky y su relación con "el poder". Encaramado a la cúspide de esta nueva metafísica del poder, Alba Rico nos explica que "la inteligencia es adicta al poder porque el poder aumenta la inteligencia" [sic.]: ahí tenéis a Donald Trump para confirmar los hallazgos incontestables de esta nueva metafísica. Naturalmente, la conclusión se sigue por sí sola: Chomsky "no puede ser ya nuestro compañero intelectual ni nuestro referente moral".
El modo en que medios estrechamente vinculados a la figura de Noam Chomsky se han sumado a esta campaña ha sido decepcionante. Hubiera sido de esperar que arrostraran la situación echando mano del "método Chomsky": se acude al registro disponible y se intenta de extraer la señal del ruido para establecer los hechos y aplicarles luego criterios morales elementales. Disponíamos ya de tentativas previas de aproximación al registro empleando ese método. En lugar de prolongar ese trabajo de análisis factual y argumentación racional, el género de estos comunicados se ha resuelto en un conglomerado de gestos piadosos (virtue signalling) sin pretensión alguna de apuntar fuera de sí ni, mucho menos, de contribuir a una adecuada comprensión y valoración de los hechos.
En un ejemplo prototípico, uno de estos comunicados termina sugiriendo que Chomsky habría "defendido al abusador". En este punto, el análisis semántico puede antojársenos un desvío caprichoso de la atención, pero no es poco lo que perdemos si las palabras pasan a significar lo que quiera que nos apetezca en lugar de lo que efectivamente significan. La de "defender" a alguien es una acción que requiere la concurrencia de, al menos, tres agentes: uno que acusa o ataca, otro que es acusado o atacado y un tercero que defiende a este segundo ante el primero o terceros. Se trata, pues, de algo que no puede hacerse en el marco de la comunicación privada.
En las comunicaciones privadas que son aquí el caso no hay ninguna defensa de ningún abusador, sino simplemente lo que indicábamos: la asunción por parte de Noam Chomsky de que su interlocutor no le miente y podría, por tanto, "responder a las acusaciones ante el tribunal de la lógica", desplegando "detenidamente los argumentos y los detalles fácticos" pertinentes. Para hacer la cosa más clara aún, Chomsky añade que habla desde la experiencia: "muchos años de ser acusado de negación del Holocausto, por ejemplo". Quien quiera convencerse de que Noam Chomsky no partía del supuesto de la sinceridad de su interlocutor ha de convencerse también de que Noam Chomsky creía que Noam Chomsky era un negacionista del Holocausto. Una vez más, podemos también prescindir de los "detalles fácticos", del significado de las palabras y del "tribunal de la lógica" para sumarnos alegremente a la oleada de esfuerzos por sustraerse a la lógica de la culpabilización por asociación.
"Epstein le había dicho a Noam que estaba siendo injustamente perseguido, y Noam respondió desde su propia experiencia en controversias políticas con los medios de comunicación. (…). Epstein se aprovechó de las críticas públicas de Noam hacia lo que terminaría denominándose ‘cultura de la cancelación’ para presentarse como una víctima de ésta". La diferencia entre este par de frases del comunicado de Valeria Chomsky (segunda esposa de Noam Chomsky, desde 2014) y el género de los comunicados de evitación de culpabilización por asociación resulta manifiesta: no sólo respetan ese principio elemental según el cual las palabras significan lo que efectivamente significan —y no, por ejemplo, lo que pudiéramos temer que terminen por significar al atravesar sucesivas rondas de contorsión en las redes sociales—, sino que son asimismo perfectamente coherentes con el cuerpo completo de desclasificados y con las miles de horas de audio y las decenas de miles de páginas de y sobre Chomsky que conforman el contexto mayor de este triste episodio.
No resulta grato sumarse a la invasión de la vida privada de Chomsky (procuró siempre mantenerla al margen de sus actividades públicas), pero una nota breve podría contribuir a arrojar un poco de luz sobre uno de los círculos menores de ese contexto mayor. Lo que encontramos en las comunicaciones personales que han aflorado con los desclasificados es perturbador —porque cuesta ponerse ante una conversación amigable entre Diké y Adikía— pero también predecible: Chomsky responde a Epstein con el mismo candor con el que respondió siempre a todo el mundo (dedicaba varias horas al día a esta tarea), y Epstein hace asimismo con Chomsky lo que hacía con todo el mundo: cultivar contactos con gente influyente. Esta relación tuvo lugar en un período de su vida en el que Chomsky atravesaba momentos de aislamiento, soledad y un amargo conflicto familiar que le distanciaría de sus hijos: "una dolorosa disputa por cuestiones de dinero y herencia, relacionada con los fideicomisos constituidos con su primera esposa, fallecida en 2008 (…). Epstein se insertó ditectamente en esa crisis , ofreciendo asesoramiento financiero y apoyo personal". (Deberíamos hablar de una relación entre Epstein y el segundo matrimonio Chomsky antes que de una relación entre Epstein y Noam Chomsky). No resulta descabellado suponer que este contexto pudiera contribuir a desenmarañar al menos algunos de los segmentos del caso.
Chomsky cometió un grave error de juicio fiándose de Epstein, un error de juicio que llegó tan lejos como para dejarse enredar en una relación que incluyó asesoramiento financiero —Epstein se presenta a Chomsky como experto financiero y filántropo patrocinador de proyectos e instituciones científicas— y diversas clases de ayuda en contextos personales y profesionales (alojamiento, contactos). Esto es, como decíamos, lo perturbador: que Chomsky no calara a este personaje detestable y huyera despavorido. Quizá tan siquiera el contexto personal superficialmente esbozado sea suficiente para comprender este error de juicio —aun cuando añadiéramos a la ecuación el carácter confiado y generoso de Chomsky, su disposición a interactuar con quien quiera que le interpelara, su "casi ilimitada paciencia", su conocida ceguera a la cultura pop et tout le gotha.
Desde nuestra confortable posición —externa, ex post facto— podemos preguntarnos —sorprendidos, defraudados— cómo pudo dejarse enredar. Suponiendo que las tuviera, las consecuencias morales de la respuesta a esa pregunta serían, como mínimo, ambiguas. Pero lo decisivo aquí es que nada de eso tendría, con todo, relación alguna con la cuestión moral crucial, dada por resuelta en el género de los comunicados de evitación de culpabilización por asociación: la relativa a la supuesta connivencia de Noam Chomsky con los abusos de Epstein. Lo que muestran las comunicaciones privadas que se han hecho públicas es que esa acusación resulta insostenible.
Chomsky, insistamos, cometió un grave error de juicio. Sin embargo, ese error no le hace cómplice de una nauseabunda red criminal ni, en el plano más general, del engrasado de los engranajes del poder patriarcal, que criticó siempre con su habitual contundencia y penetración. Creemos que el intento de defenestrar a Chomsky y convertirle en un villano es fruto también de un error de juicio, en este caso derivado de la lógica binaria de la comunicación digital.
La amplia campaña de difamación contra Chomsky ha dado lugar a reacciones extremas, con demasiada frecuencia del tipo "no quiero saber nada de ese señor". Quizá los artífices de la campaña no lo pretendan, pero están contribuyendo a robarnos dos inagotables fuentes de comprensión e inspiración en el momento en el que más las necesitamos: la obra escrita de Noam Chomsky y su ejemplo de apoyo y solidaridad con las víctimas de la rapacidad capitalista y las políticas imperiales —la solidaridad de un hombre que no puso sólo sus minuciosísimos análisis al servicio de esas víctimas, sino también su cuerpo, en Estados Unidos y en el Kurdistán, en las aldeas centroamericanas durante las guerras terroristas de Reagan y en las de Laos durante las de Nixon, en el Líbano bajo ataque Israelí y en una Palestina por la que ningún "intelectual" occidental ha luchado con un coraje comparable.

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