Opinión
Cuando la CIA hace de diplomacia: ¿qué se está negociando en Moscú?

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
La visita de John Ratcliffe a Moscú no es importante únicamente por lo que pudo decirse durante las conversaciones. Lo es, sobre todo, por quién ha hablado, en nombre de quién y al margen de quiénes. Cuando el director de la CIA se convierte en el principal emisario estadounidense ante el Kremlin, la diplomacia deja de organizarse alrededor de las instituciones encargadas de formular y ejecutar la política exterior y pasa a depender de canales opacos, relaciones personales y negociaciones difíciles de someter a cualquier forma de control democrático.
La CIA no ha explicado oficialmente el motivo del viaje. El Kremlin se ha limitado a confirmar que Ratcliffe mantuvo una reunión de trabajo con Serguéi Narishkin, director del Servicio de Inteligencia Exterior ruso. Sabemos que no se reunió con Vladímir Putin, aunque el presidente ruso fue informado inmediatamente de los resultados. Sabemos también que Ucrania fue advertida del desplazamiento y recibió la petición de suspender sus ataques en determinadas zonas mientras el avión estadounidense se encontraba en territorio ruso.
No sabemos mucho más. Pero precisamente ese silencio forma parte del mensaje.
Donald Trump ha calificado el viaje de "semi-rutinario". Resulta difícil considerar rutinario el primer desplazamiento conocido de un director de la CIA a Moscú desde noviembre de 2021. Tampoco parece rutinario utilizar un C-17 de la Fuerza Aérea estadounidense, pedir a Ucrania que modifique temporalmente sus operaciones y mantener en secreto la identidad de todos los participantes y el contenido de las conversaciones.
El Wall Street Journal ha ofrecido una explicación aparentemente tranquilizadora. Ratcliffe habría viajado para advertir al Kremlin de que no atacara a ningún Estado de la OTAN. Según esta versión, los servicios estadounidenses habrían detectado indicios de que Rusia podría intentar poner a prueba la cohesión aliada mediante una acción limitada, posiblemente contra alguno de los países bálticos. CBS ha añadido que Ratcliffe también habría planteado la cuestión iraní y advertido de nuevas sanciones si Rusia continuaba prestando apoyo logístico y estratégico a Teherán.
Esta interpretación resulta funcional para la Administración estadounidense. Presenta a Ratcliffe como el mensajero de una potencia firme que marca límites a Putin, no como el representante de un Gobierno dispuesto a negociar bilateralmente con el Kremlin. Washington no estaría haciendo concesiones, sino ejerciendo la disuasión. El problema es que Trump ha negado que la visita estuviera relacionada con una posible agresión contra la OTAN o con Irán. Al mismo tiempo, ha reconocido que de ella "podría salir algo" y la ha vinculado con su intento de poner fin a la guerra de Ucrania.
La contradicción puede responder al habitual caos comunicativo de la Casa Blanca. Pero también puede revelar la voluntad de ocultar el contenido de una negociación que todavía no se quiere presentar como tal. La hipótesis difundida por el Wall Street Journal permitiría así revestir de advertencia militar lo que podría ser un primer sondeo político.
También se ha especulado con la negociación de un intercambio de prisioneros. Es un terreno en el que los servicios de inteligencia han desempeñado históricamente un papel relevante. Sin embargo, resulta difícil creer que esa cuestión justificara por sí sola la presencia personal del director de la CIA en Moscú. Lo mismo puede decirse de Irán. Es posible que Washington pretenda debilitar la cooperación entre Moscú y Teherán, pero no parece probable que Rusia renuncie gratuitamente a una relación que le proporciona ventajas militares y estratégicas.
La explicación más plausible es que Ratcliffe llevara una agenda múltiple. Podía advertir sobre la OTAN, abordar la situación de ciudadanos detenidos, presionar en relación con Irán y, al mismo tiempo, explorar las condiciones de Putin para reabrir una negociación sobre Ucrania. Los canales de inteligencia permiten reunir asuntos que difícilmente aparecerían juntos en una agenda diplomática pública. Permiten, sobre todo, negociar sin reconocer que se está negociando.
No sería la primera vez. En noviembre de 2021, Joe Biden envió a Moscú al entonces director de la CIA, William Burns, para advertir al Kremlin de las consecuencias de una invasión de Ucrania. Burns volvió a reunirse con Narishkin en Ankara un año después para transmitir una advertencia contra el empleo de armas nucleares. La inteligencia actuaba como instrumento de gestión de crisis cuando los canales diplomáticos ordinarios resultaban insuficientes.
Pero existen diferencias que no deberían ignorarse. Burns era un diplomático de carrera, antiguo embajador en Moscú y profundo conocedor de Rusia. Ratcliffe es un dirigente político estrechamente vinculado a Trump. Su principal valor como interlocutor no reside en su autonomía ni en su experiencia diplomática, sino en su proximidad al presidente. No representa tanto una institución como la voluntad personal de quien ocupa la Casa Blanca.
Ahí se encuentra el aspecto más preocupante de la visita. Trump ha construido una política exterior en la que las instituciones son frecuentemente desplazadas por emisarios de confianza, contactos privados y negociaciones paralelas. La inteligencia y la seguridad ocupan el lugar del secretario de Estado porque permiten reducir la transparencia, evitar compromisos públicos y concentrar la decisión en un círculo extremadamente reducido. No estamos únicamente ante una diplomacia discreta. Estamos ante una diplomacia cada vez más personalizada y securitizada.
Mantener canales de comunicación con Rusia no es, en sí mismo, criticable. Al contrario, resulta imprescindible cuando dos potencias nucleares se encuentran enfrentadas y existe un riesgo constante de escalada. El problema consiste en confundir la necesidad de hablar con Putin con la legitimidad de negociar cualquier cosa con él. También en aceptar que las decisiones que afectan a Ucrania y a la arquitectura de seguridad europea puedan discutirse bilateralmente entre Washington y Moscú.
Así las cosas, Bruselas y sus capitales, se encuentran de nuevo en una posición incómoda. Si Ratcliffe viajó para advertir de un posible ataque contra la OTAN, resulta llamativo que los aliados europeos no hayan desempeñado ningún papel visible. Si viajó para explorar una salida a la guerra, es todavía más grave que Ucrania aparezca como receptora de instrucciones operativas y no como interlocutora política. Kyiv fue informada de que debía suspender temporalmente algunos ataques, pero no sabemos si fue informada de lo que Estados Unidos pretendía negociar.
Así las cosas, la visita puede representar simplemente la continuidad de un canal de inteligencia necesario para evitar errores de cálculo. Pero también puede ser la continuidad de una negociación entre grandes potencias sobre territorios, fronteras y equilibrios de seguridad que afectan directamente a terceros. Trump siempre ha mostrado una clara preferencia por este tipo de acuerdos. Le interesa menos construir posiciones comunes con sus aliados que sentarse directamente con quien considera un interlocutor de su misma categoría.
Quizá sea pronto para saber qué se está negociando en Moscú. Lo que ya podemos observar es el método. La diplomacia se desplaza hacia los servicios de inteligencia, las conversaciones se sustraen al escrutinio público y los aliados quedan esperando a conocer decisiones tomadas en otro lugar. Que los canales de diálogo no se hayan cerrado es una buena noticia. Que puedan estar utilizándose para decidir el futuro de Ucrania y de la seguridad europea sin Ucrania ni los europeos lo es bastante menos.

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