Opinión
El cierre de Al Karama y el circo diplomático que perpetúa la impunidad

Por Itxaso Domínguez
Analista especializada en Oriente Próximo y Norte de África
-Actualizado a
Un estudiante de Belén pierde una rotación médica en Alemania. Una madre se queda atrapada en Ammán sin dinero para regresar con sus hijos. Una familia entera prolonga una ausencia que no puede permitirse. Todo porque Israel decidió cerrar de forma indefinida el cruce de Al Karama, el único paso internacional que conecta Cisjordania con Jordania y la única puerta al mundo para millones de palestinos.
Al Karama significa dignidad (aunque el nombre del puente se debe a una población cercana, también clave para la causa palestina). Su clausura simboliza lo contrario: la humillación sistemática de un pueblo cuya vida depende de la arbitrariedad del colonizador. Más que una frontera, es una arteria vital. Sellarla es detener la circulación de un cuerpo colectivo. Y es, además, un recordatorio de cómo funciona la política internacional hacia Palestina: un circo diplomático en el que los Estados ensayan gestos que nada cambian, mientras Israel responde profundizando el castigo colectivo que hoy tiene su expresión más brutal y visible en el genocidio en Gaza.
El circo diplomático: reconocimientos que engañan, represalias que castigan
Estas últimas semanas, varios gobiernos europeos y anglosajones han anunciado con solemnidad que reconocían al Estado de Palestina. Hubo discursos sobre un “paso histórico” y titulares que celebraban el gesto como prueba de compromiso con la paz. Pero más allá de la retórica, nada cambió. Gaza sigue siendo escenario de un genocidio transmitido en directo, con decenas de miles de muertos, hospitales arrasados y una población sometida a una hambruna planificada y a un desplazamiento forzado e incesante. Cisjordania continúa bajo colonización acelerada y violencia armada de colonos. Los acuerdos comerciales y militares con Israel permanecen intactos.
Ese reconocimiento no es inocuo. Funciona como cortina de humo que presenta a gobiernos occidentales como defensores de la justicia mientras legitima una solución de dos Estados inviable sobre el terreno. También refuerza a una Autoridad Nacional Palestina sin legitimidad, que no protege ni representa a su pueblo, además de muchas veces imponer condiciones sobre cómo el pueblo palestino debe luchar por su liberación. Reconocer sin sancionar, sin suspender acuerdos, sin cortar la cooperación militar, no solo no frena el genocidio en Gaza: lo normaliza. Sirve más a las conciencias europeas que a la liberación palestina.
Israel respondió con otro gesto, de signo aparentemente contrario pero de la misma naturaleza: la clausura de Al Karama. No es un cierre administrativo, sino una represalia política que convierte la movilidad en arma de castigo. El puente no se clausura para incomodar a las cancillerías que reconocen a Palestina, sino para recordarle a la población que su derecho a salir o entrar depende de la voluntad del colonizador. Como en Gaza, donde toda una sociedad es castigada con bombardeos, hambre y encierro, Cisjordania recibe aquí su versión: la única salida al exterior se convierte en pared.
Ambos gestos parecen opuestos, uno de apoyo y otro de castigo, pero forman parte del mismo espectáculo. En uno se perpetúa la colonización bajo la apariencia de un avance político, en el otro se intensifica el encierro como demostración de fuerza. En uno se proclama dignidad mientras se legitima un marco que mantiene el genocidio, en el otro se niega incluso la posibilidad de salir del territorio. En ambos casos, los palestinos cargan con las consecuencias.
Ese es el corazón del circo diplomático: un juego de símbolos donde los Estados se felicitan por gestos vacíos, Israel responde con represalias, y todo continúa igual. La diplomacia produce titulares, pero no frena la maquinaria de exterminio en Gaza ni el régimen de colonización y ocupación en Cisjordania. Al contrario, los refuerza.
La verdadera geopolítica: Gaza como espejo y Al Karama como jaula
Los manuales describen la geopolítica como un tablero de potencias. En Palestina, la geopolítica se mide de otra forma: en permisos denegados, en checkpoints añadidos, en casas demolidas y en fronteras cerradas. Y sobre todo, hoy se mide en Gaza, donde las decisiones internacionales de inacción permiten que continúe un genocidio.
La clausura de Al Karama no puede entenderse aislada. Es parte de la misma lógica de castigo colectivo que Gaza simboliza ante el mundo. Quien observa la política internacional desde lejos ve declaraciones solemnes de reconocimiento. Quien la observa desde Palestina ve cómo esos comunicados conviven con el hambre impuesto en Gaza y con la clausura de la única salida en Cisjordania.
La geopolítica real se encarna en el estudiante que no puede llegar a su beca, en la madre atrapada lejos de sus hijos, en la ayuda humanitaria que se queda varada. Se encarna en Gaza, donde niños mueren de inanición porque Israel bloquea los suministros, y en Cisjordania, donde un puente cerrado convierte un territorio en cárcel. En ambos casos, el castigo colectivo es la estrategia.
Por eso hablar de “seguridad” o de “pasos históricos” es encubrimiento. El cierre de Al Karama no es una medida técnica; es la prolongación de la lógica que Gaza expone con crudeza: la idea de que un pueblo entero puede ser castigado para sostener la colonización.
Consecuencias, no gestos: las grietas de la presión social
El cierre de Al Karama muestra lo que significa vivir bajo un régimen de colonización y ocupación que gobierna mediante castigos colectivos, desde el genocidio en Gaza hasta la clausura de la única frontera en Cisjordania. También muestra cómo el circo diplomático perpetúa esa impunidad: reconocimientos sin sanciones y represalias sin coste.
Romper ese teatro exige consecuencias reales. No más comunicados vacíos, sino sanciones económicas, suspensiones de acuerdos, embargos de armas sin excepciones, responsabilidades jurídicas internacionales. Herramientas que ya se han aplicado en otros contextos y que se evitan aquí para no incomodar a Israel.
Lo que empieza a moverse no es fruto de la voluntad de los gobiernos, sino de la presión de la sociedad civil. España se ha visto obligada a anunciar un embargo de armas. Es limitado y lleno de excepciones, pero imposible de imaginar sin años de movilización. España, Italia y Grecia han anunciado que escoltarán a la Global Sumud Flotilla, una flotilla civil que navega hacia Gaza para entregar ayuda humanitaria. Son pasos tímidos, frágiles y reversibles, pero indican que el coste de sostener solo el circo diplomático empieza a crecer.
No hay margen para el triunfalismo. El embargo puede vaciarse de eficacia, los barcos pueden retirarse ante la mínima presión. Pero son fisuras que muestran que la impunidad no es indestructible. Son recordatorios de que la sociedad civil, dentro y fuera de Europa, puede obligar a los Estados a pasar de los gestos a las acciones.
Mientras tanto, Gaza sigue siendo la herida abierta que desmiente cada comunicado. Cada día que el genocidio continúa, cada día que un puente llamado dignidad permanece cerrado, se hace más evidente que los palestinos no necesitan más símbolos, sino decisiones que alteren la estructura de la colonización y la ocupación.
La verdadera geopolítica no se decide en comunicados solemnes ni en cumbres internacionales. Se decide en Gaza, donde la comunidad internacional permite que continúe un genocidio. Se decide en Al Karama, donde un pueblo queda encerrado por un acto de represalia. Se decide en la presión social que empieza a arrancar grietas. La pregunta no es si se “reconoce” a Palestina, sino cuándo se impondrán consecuencias reales para frenar el genocidio y dar el primer paso hacia la descolonización, y garantizar la dignidad que hoy, irónicamente, da nombre a un puente clausurado.

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