Opinión
"¿Es cierto que usted se dedica a la prostitución?"

Por Paula Sánchez Perera
Investigadora y autora de Crítica de la razón puta
El pasado miércoles, durante la segunda jornada del juicio por el caso mascarillas, el abogado de José Luis Ábalos preguntó a su expareja, Jéssica Rodríguez, si ejercía la prostitución. El tribunal, tras pedirle que replanteara la pregunta, la admitió y ella respondió que ahora era dentista y entonces había sido azafata de imagen. Mi intención no es la de disertar acerca de si ella sabía o no que la estaban colocando en empresas públicas, defender su inocencia en el caso Koldo o (una vez más) subrayar la hipocresía que los socialistas manejan con este tema. Lo que me interesa es contestar a la pregunta de qué relevancia tiene en un pleito en el que se juzga una trama de corrupción la vida sexual de una mujer. A poca gente se le escapará que el objetivo de aquella pregunta era el de desacreditar su testimonio, restarle credibilidad y desviar la atención, para que se hable de ella y no de él. Poner el foco en Jéssica para que, una vez marcada, su palabra no tenga valor. Pero ¿por qué ese gesto consigue quitarle credibilidad a su testimonio?
La primera ley del patriarcado es que los hombres deben demostrar que son hombres. Probar la hombría o demostrar la masculinidad es un rito habitual en la adolescencia que se replica en gran parte de las culturas y que, a menudo, se cifra mediante el sexo. Sin embargo, a las mujeres cis nadie nos exige probar que somos mujeres. La menstruación simboliza una suerte de bautizo de la condición femenina, una maldición que no debe probarse, sino más bien esconderse. Ocurre que lo que a las mujeres nos toca probar en este sistema es que somos buenas; que no somos las putas que el pecado original dice que somos. Al contrario: que somos honradas y puras; adecuadas para ser escogidas; que conservamos alto nuestro valor. Sí, sé que son demasiados conceptos juntos, pero todos remiten a la misma idea: que somos moralmente aptas según el código patriarcal porque nuestra reputación está intacta. Al marcar a Jéssica como puta su reputación se resquebraja. Es una mala mujer y, por tanto, no merece respeto.
Lo que quizás nos cueste un poco más ver es que ese estigma no solo controla a quienes ejercen o han ejercido la prostitución. Se trata, en realidad, del mecanismo de control más viejo de la historia, que surge en la antigua Mesopotamia con el patriarcado y que consiste en dividir a la mujeres en una jerarquía de clases. Podemos llamarlo la dicotomía santa/puta o mujer/otra, pero en cualquier caso viene a clasificarnos en dos montones (buenas/malas) que nos emplazan a competir y orquestan todo el dispositivo del género. El problema, considero, es que no vemos que ese estigma nos interpela a todas las mujeres y cuerpos feminizados porque creemos que lo que está controlando es simplemente nuestra sexualidad, pero es más profundo que eso.
A todas nos han llamado putas en contextos que no tenían nada que ver con el sexo. Putas por alzar la voz; por saltarte un stop; por ser demasiado ruidosa o excesiva; puta es el primer comentario cuando aparecen unas axilas sin depilar; putas las que viajan solas, las que migran; como putas se asume a las negras y a las trans; putas las que denuncian al que les maltrató; putas las que abortan; puta la que te dejó. La estigmatización a la que estamos sometidas parece sexual porque en el patriarcado somos conceptualizadas como sexo. Ellos son sujetos que tienen sexo, nosotras somos el sexo, ya lo decía hasta Beauvoir. Por eso, todo lo que hagamos se va a revestir de una connotación sexual, aunque no guarde ninguna relación con el sexo; por eso un juez admite una pregunta de este calado en una trama de corrupción.
Muchos medios de comunicación criticaron al abogado, pero también reforzaron el relato al tildarlo de degradación e insulto. En Cuatro, una periodista afirmaba tener pruebas para desmentir la versión de Jéssica; en Antena 3, una conocida abolicionista ratificaba que Jéssica había ejercido la prostitución y muchos medios reprodujeron una vez más los anuncios que en su día publicó The Objetive. En apariencia criticaron las palabras del letrado, pero también lo retroalimentaron al divulgar la noción de que ser puta es indigno. Es la misma idea que reproduce hasta la saciedad la moral patriarcal, incluso en círculos feministas: las prostitutas venden su alma y/o su cuerpo. Porque si se considera que vender sexo necesariamente equivalente a venderse como mujer, lo que se está asumiendo de forma implícita es que las mujeres somos sexo; se está asumiendo que nuestra dignidad y nuestro valor se encuentran entre las piernas. Sin embargo, una cosa es que el discurso patriarcal disemine estos mensajes y otra muy distinta que desde espacios feministas reproduzcamos su carga de sentido en lugar de cuestionarlo.
El estigma puta nos interpela a todas porque es el guion con el que se escribe la violencia sexual. Porque si ella fue puta, entonces toda la violencia simbólica queda mágicamente justificada. Desde niñas nos enseñaron que, si nos portábamos bien –si nos ateníamos a las normas, al toque de queda simbólico, al escrutinio sobre nuestra apariencia– estaríamos a salvo. De lo contrario, sería culpa nuestra. No sé a ustedes, a mí me llevó décadas comprender que “portarse mal” era hacer lo mismo que hace un hombre. Tomarme las mismas libertades y asumir el sexo de la misma manera que un varón. Que en realidad nunca fuimos malas, lo que ocurría es que no teníamos derecho al mal.
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