Opinión
Cimino en la puerta del cielo
Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
A Michael Cimino lo acompañará siempre el dudoso honor de haber dinamitado el nuevo Hollywood con una sola película, La puerta del cielo, un western monumental que triplicó el presupuesto inicial, recaudó diez veces menos de lo que costó y provocó la bancarrota de la United Artists, que acabó absorbida por la Metro Goldwyn Mayer. En Moteros tranquilos, toros salvajes, su ya clásico estudio sobre el cine estadounidense de los setenta, Peter Biskind señala que el ego de Cimino, aunque desmesurado, no era mucho mayor que el de sus compañeros de generación -Coppola, Scorsese, Spielberg, Friedkin- y que la hecatombe cumplida con La puerta del cielo podía haberse producido antes y en la misma medida con Apocalypse Now, New York, New York, 1941 o Sorcerer.
Sin embargo, la crítica despedazó a Cimino con ansia enloquecida, como si hubiera filmado la peor película del mundo, mientras la cinta se hundía en taquilla a velocidad de vértigo. Ese fracaso supuso el fin de la última época dorada de Hollywood, el efímero reino de los directores que duró apenas una década, y también la entrada en barrena de Cimino, quien jamás volvería a levantar cabeza a pesar de las oportunidades que le brindó Dino de Laurentiis con Manhattan Sur (1985) y 37 horas desesperadas (1990). Cabe preguntarse si las diversas operaciones de cirugía estética a las que se sometió en los últimos años y que incluyeron el rumor, nunca confirmado, de que se había cambiado de sexo, no obedecían al intento de escapar a aquel oprobio.
Porque era sencillamente increíble que el autor de El cazador, una de las tres grandes películas sobre Vietnam (las otras son Apocalypse Now y La chaqueta metálica), una epopeya que acaparó cinco Oscars y que fue considerada una obra maestra absoluta, obtuviera al poco tiempo el Razzie al peor director. Cimino tuvo su primera oportunidad de la mano de Clint Eastwood, cuando la productora Malpaso adquirió su guión de Un botín de 500.000 dólares, y logró convencer a la estrella para que le permitiera dirigirla, lo que hizo con mano maestra y un sólido elenco que incluía al propio Eastwood, Jeff Bridges, George Kennedy y Geoffrey Lewis. Mucho más impresionante aun fue el reparto de El cazador (Robert DeNiro, Meryl Streep, Christopher Walken, Jonh Savage y John Cazale), una bofetada en plena cara del sistema donde la experiencia en Vietnam destrozaba las vidas de un grupo de amigos. Sólo Coppola y Kubrick brillaron a la misma altura, aunque Cimino reveló también algo que muy pocos cineastas han mostrado: el día a día de la clase trabajadora antes de entrar en la picadora de carne de la guerra.
Su carácter megalómano tuvo mucho que ver con su caída: no pudo evitar seguir con sus exigencias demenciales cuando la Paramount le puso al frente de Footloose, como si, al igual que Nick, siguiera jugando a la ruleta rusa con un revólver cargado de balas. No obstante, con el tiempo, el desastre de La puerta del cielo se explica mejor por razones ideológicas que artísticas. Por algo los productores que fueron a detener la hemorragia de dólares durante el interminable rodaje se echaron atrás en cuanto vieron algunas de las imágenes; uno de ellos dijo que eran de una belleza sobrecogedora, nunca vista antes en una pantalla, "como si David Lean hubiese rodado un western".
Es evidente que no alcanza la perfección de El cazador y que se resiente de problemas de estructura y duración, pero también lo es que se trata de una película incómoda desde su punto de partida, cuando Cimino se empeñó en rodar un antiwestern que desvelaba la otra cara del sueño americano. Basado en un vergonzoso hecho histórico, el guión de La puerta del cielo relata la masacre de Johnson County, en Wyoming, cuando una banda de mercenarios contratados por ganaderos ejecutaron a tiros a centenares de emigrantes centroeuropeos para apoderarse de sus tierras ante la indiferencia de las autoridades. No fue más que una gota de agua en medio de la incesante ola de brutalidad con que se forjó el imperio estadounidense, la misma que se llevó por delante en menos de un siglo a unos doce millones de seres humanos: un genocidio multicolor, sobre todo de indios y de negros, que duplica de lejos las cifras del Holocausto judío y que apenas ha sido estudiado, por motivos obvios. Cimino se atrevió a mostrar cómo fue en verdad la conquista del Oeste y lo crucificaron de por vida.
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