Opinión
Cincuenta veintes de noviembre

Por Marta Nebot
Periodista
Llueve sin parar, está oscuro, hace frío. El día da -en el mejor de los casos- para melancolías a mansalva, para darse un buen baño de nostalgias, para emborracharse de calor en la chimenea -aunque sea imaginaria-, mientras comemos castañas asadas o bebemos caldo hirviendo en una taza de metal, arropados por gente querida o acunados por el misterio infinito del vaivén de las llamas. Cierren los ojos e imagínenlo un momento. Me gustaría que hacerlo calentara. Si consigo eso, esta columna ya estará más que amortizada.
Hoy creo que tengo poco que aportar desde esta atalaya, en mi guarida, bajo mi manta. Ya dije todo lo que podía sobre la actualidad política y judicial hasta aburrirme a mí misma, hasta cansarme de España. Ahora, aquí cerquita del fuego, la veo como una noria que da vueltas y vueltas sobre sí misma, que se centrifuga y centrifuga secándose sobre su sequedad, deshidratándose gota a gota.
La semana que viene sucederá otro 20N y da igual cuántas leyes de memoria histórica tengamos aprobadas. Los mismos de siempre celebrarán al dictador y su obra y entonarán su Cara al Sol -renacido de las sombras- en la mismísima Ferraz, ante la sede del Partido Socialista, como ya hicieron el año pasado, por obra y gracia del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad -ya se sabe de cuál-. ¿Lo hacen como amenaza al partido que hoy gobierna esta democracia? ¿Lo hacen para demostrar lo que todavía mandan? ¿Lo hacen como desahogo por, a pesar de su poder, haber perdido España?
Ya ha ocurrido 50 veces. Justo las 50 veces que he cumplido años. Podría decir que nací con su muerte. Me digo que nací en buen año, que llegué justo al principio.
De mi niñez durante la transición solo recuerdo colegios de monjas, las niñas con las niñas, pero también niñas gitanas en mi clase y profesoras seglares que encendieron la mecha que hace posible creer en una misma, que nos enseñaron el camino hacia la libertad feminista. El 23F vivíamos en un tercer piso frente al cuartel de Menacho, en el centro de Badajoz. Mi madre nos obligó a movernos por la casa gateando. Por una esquinita de una ventana vimos los tanques arrancados que escuchábamos, las luces rojas apuntando a ¿ningún sitio? No recuerdo terror. Estábamos con mamá. Nada podía pasarnos. Al final, nada pasó. España creyó que mamá era Juan Carlos. Después resultó que ni mamá ni ningún salvapatrias puede salvarnos de nosotros mismos.
En mi adolescencia, machismo por todas partes. Me tocaron el culo incluso desde una moto en marcha en un paso de cebra. Pero eso no nos iba a impedir hacer lo que quisiésemos; ser las dueñas de los timones de nuestras vidas. No podían pararnos. Los nuevos tiempos soplaban a nuestro favor a pesar de todos ellos. Las leyes nos iban dando letra aunque luego fuéramos nosotras las que tuviéramos que defender cada canción. Queríamos ser nuestras dueñas y señoras, mejorar España y cambiar el mundo.
Creo que fuimos las primeras en perder los complejos ibéricos, ese freno perdedor que nos hacía fracasar en todos los eventos deportivos. Europa dejó de empezar en los Pirineos y nosotros dejamos de estar acomplejados frente a italianos, alemanes, franceses o suecos.
Habíamos dejado de movernos por carreteras secundarias llenas de agujeros. Teníamos coches mejores. España se llenaba de autopistas y empezamos a soñar y a dirigirnos hacia nuestros sueños.
Por supuesto, recuerdo desilusiones de campeonato. La dimisión de Alfonso Guerra, la huida de Luis Roldán, los Gal, el post 92, la crisis, el paro, Felipe, Aznar, su presunto milagro económico con ETT (empresas de trabajo temporal) de por medio, el "No a la Guerra", los atentados del 11M, Zp y la vuelta de la ilusión, el gobierno paritario, la ley integral contra la violencia de género, la crisis de 2008 que Zp negó hasta el último momento, la acampada del 15M que Rubalcaba no desmanteló y que otro gobierno hubiera reprimido, Rajoy y la corrupción, la llegada de Podemos y Ciudadanos, el fin del bipartidismo, la ilusión y la desilusión, la cerrazón del viejo socialismo, la derecha derechizada, la salida de las cuevas de los fachas, el fantasma del franquismo tercera fuerza, el que pueda hacer que haga y la justicia se puso a hacer política.
En medio de todo eso el feminismo generó un momento ¿de espejismo? de una España unida por encima de siglas y banderas contra las desigualdades de género más sangrantes. En 2017 esa unión cristalizó en el Pacto Nacional contra la Violencia de Género firmado por todos los partidos políticos. Vox no entraría en un parlamento hasta 2018 en Andalucía. Las huelgas feministas de 2018 y 2019 consiguieron parar una buena parte del país y ser referente en el mundo entero. La ultraderecha encontró su filón en la oposición al movimiento feminista. El feminismo después implosionó. Demasiada presión desde fuera y desde dentro.
Y aquí seguimos pretendiendo mantener al país en pie en conquista de derechos e igualdad en muchos sentidos, persiguiendo justicia social, siendo conscientes de lo ganado y de lo perdido, creyendo cada vez menos en héroes sin pecados, en la fe ciega o con los ojos abiertos. No somos perfectos. La perfección no existe. Los héroes, solo en los cuentos. Miren a Juancar. Miren a Felipe. Miren a Pablo. Miren a Pedro.
Y no los necesitamos como guías. Fueron, son y serán solo instrumentos. Solo tenemos que creer en la democracia y defenderla, aplicarla y agrandarla. Y para eso tenemos que ser críticos, pedagogos, honestos.
Si me dejo, las ganas de llorar me ganan. Pero no me voy a dejar, o solo un poquito aquí al fuego con vosotros. Perdón por este artículo bobo; será la menopausia -y el otoño-.

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