Opinión
El coche no nos salvará del incendio, tampoco del cambio climático

Escritora y doctora en estudios culturales
-Actualizado a
Un objeto que a lo largo de la historia ha generado veneración, que sigue siendo símbolo de estatus, de poder y libertad, puede convertirse también en una trampa mortal. Me estoy refiriendo al coche, ese invento del cual Marinetti afirmaba, en el Manifiesto futurista (1909), que era "más bello que la Victoria de Samotracia". Así contribuía el escritor italiano a un ideal de progreso ligado a la tecnología que, en época de desastres climáticos, ha perdido toda vigencia. Si su belleza es cuestionable, no lo es tanto el peligro que representa el coche a la hora de huir de tragedias como el incendio de Los Gallardos (Almería), que ha provocado al menos 13 muertos y varios desaparecidos. Según algunos testimonios, parte de esos fallecidos intentaron escapar de las llamas en sus vehículos, desoyendo las recomendaciones de los servicios de emergencia, tal y como ha ocurrido en el pasado durante tragedias similares. Es duro juzgar decisiones individuales tomadas en unos pocos minutos, bajo la urgencia de un miedo que impide pensar con claridad, pero sí podemos advertir de que las connotaciones asociadas a la máquina –la potencia del rugido, la velocidad, incluso sus vínculos con la masculinidad– no salvan vidas; al contrario, a veces las aniquilan.
Recordemos la DANA de Valencia, donde un gran número de personas fenecieron tratando de rescatar sus coches del garaje, o conduciéndolos, creyendo mientras apretaban el acelerador que sobrevivirían. La virulencia del agua aquel día nos dejó imágenes terroríficas de turismos aplastados, bloqueando calles; el retrato de una derrota civilizacional que observamos ahora en su versión calcinada, pues el coche se detiene si falta oxígeno, está hecho de material inflamable, y no ofrece garantías de movilidad si el humo nos impide ver qué hay delante. La emboscada del fuego sobre cuatro ruedas es casi inevitable y, aun así, ese apego al motor forjado durante más de un siglo ha moldeado unas subjetividades cargadas de imprudencia, una muy parecida a la que demostraron los jóvenes que grabaron desde dentro cómo se quemaba la discoteca suiza de Crans-Montana, sin ser conscientes de que el suceso estaba a punto de acabar con sus días. En este caso, el ambiente festivo y la adicción al móvil jugaron en su contra, pero, en última instancia, se trata de un fenómeno similar: la inmunidad sentida frente al riesgo a través de la confianza en la tecnología. En otras palabras: el bloqueo de unos procesos evolutivos ligados a la supervivencia porque hace tiempo que interrumpimos nuestra relación con la naturaleza, incluso con la propia de la especie humana.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Para entenderlo, tendríamos que remontarlos al origen de la Modernidad: su abandono del cuerpo y todo lo orgánico, la elevación del hombre sobre el resto de las criaturas y elementos (antropocentrismo); por eso mismo, la insolente idolatría de sus inventos como herramientas de control hasta de las circunstancias más adversas. Si nos centramos en el siglo XX, comprobaremos que la consolidación de estas nociones ha impulsado el cambio climático, del que jamás lograremos fugarnos al volante. No se puede atravesar la crecida de un río con un juego de pedales, de la misma manera que no podemos combatir el fuego montados sobre un depósito de gasolina (o una batería eléctrica). En paralelo, resulta temerario pensar que poseemos un dominio ilimitado sobre una tierra incandescente que, jaleada por temperaturas extremas –diurnas y nocturnas–, arde cada verano, en ocasiones ante la mirada impasible de dirigentes políticos negacionistas y la ciudadanía que los ha votado. Vivimos en la era del peligro constante, la amenaza de fenómenos meteorológicos mortíferos, la escasez de zonas habitables, la reducción de comida y agua disponibles. Cuanto antes interioricemos esto como sociedad, antes aprenderemos a defendernos adecuadamente.
He escrito alguna vez sobre la necesidad de desarrollar una conciencia de catástrofe; la mentalidad que nos abra por fin los ojos y desentumezca el pensamiento acomodaticio, la petulancia ingenua de creernos invencibles. Comprender cómo nuestras viviendas y áreas boscosas, nuestros pueblos y ciudades interactúan con la lluvia torrencial, el calor o los incendios constituiría el primer paso de procedimientos que deberían albergar el objetivo último de mitigar la emergencia climática y, simultáneamente, adaptarnos a ella. Tal argumentario, siempre que se produce una desgracia del calibre de la de Los Gallardos, lo reiteran ingenieros, científicas o médicos, hasta que vuelve a deslizarse por el sumidero del olvido. Entonces, alguien enciende de nuevo el motor, escucha con deleite su bramido y, como en esos anuncios de SUVs todopoderosos, se dispone a surcar los paisajes más hostiles y salvarse solo. Pero va siendo hora de derrocar dicha omnipotencia; tal vez, de reemplazar las veleidades futuristas que aún pueblan los imaginarios colectivos por la irrebatible concepción del futuro frente a nosotros, uno distópico, a menos que nos dediquemos seriamente a recuperar el bienestar destrozado.

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