Opinión
Quién nos contará lo que se nos viene encima

Periodista y escritora
Nos va a costar mucho digerir lo que se nos viene encima. Esto es lo primero que pensé al enterarme de la marcha de Àngels Barceló de la SER. Era la guinda a una semana protagonizada por el desconcierto que el caso Zapatero, si es que podemos llamarlo así, ha sembrado no sólo entre el socialismo y las izquierdas varias, sino en grandes sectores de la población.
Pero la verdadera chicha informativa de la semana estaba entre el shock de ZP y la despedida de Barceló. Empecemos por el artículo titulado Palma de Oro a la cobardía en Cannes frente al "control fascista" de Bolloré, que firmaba Joseph Confravreux (Mediapart) para Infolibre. En dicha pieza, se explica cómo el grupo encabezado por el ultra francés se está haciendo con los medios de comunicación en sentido amplio, es decir, también con lo que llamamos la industria cultural.
Es relevante que no hablemos sólo de los medios tradicionales (periódicos, cadenas de radio y tv) sino de la producción de contenido cultural y de entretenimiento. Y es relevante porque la pérdida de peso del sistema mediático en la creación de opinión pública es cada vez mayor y no dejarán de menguar. Frente a ello, los contenidos ficcionales y/o documentales germinan en uno de sus principales papeles, avanzando rápido: la configuración y modulación de dicha opinión pública.
En su artículo, Confravreux explicaba a las claras cómo funciona esto: 1) El entramado ultra de Bolloré compra Canal+, que es el principal financiador de cine francés; 2) 600 profesionales del ámbito del cine, bajo el nombre Zapper Bolloré, firman y publican una carta en contra de los salvajes recortes a la libertad de expresión y creación que esto supone; y 3) El director general de Canal+, Maxime Saada, anuncia en Cannes el boicot de dicha cadena —recordemos, principal inversora en productos cinematográficos— a los 600 profesionales firmantes del escrito.
Así funcionan las cosas en los medios. Así funcionan en la industria cultural. Así funciona el avance de las extremas derechas. No es nuevo y parece bastante simple. La cuestión es quién nos informa de ello y cómo lo hacen.
Pongamos ahora el ejemplo del Grupo Prisa, que se convirtió en la Transición en el símbolo del "pensamiento de izquierdas" —con Juan Luis Cebrián y Fernando Savater a la cabeza, no nos olvidamos—, y así nos ha ido, a nosotras y a los colectivos de la memoria histórica y a los movimientos laicos o republicanos y suma y sigue.
En el mismo artículo, se explica un detalle que, por razones evidentes, no conocerán los lectores y lectoras de El País ni las y los oyentes de la Cadena SER: "En España, la huella de Bolloré es menos visible para el gran público, pero significativa en términos de poder estructural. A través de Vivendi, su grupo se ha convertido en el segundo accionista de Prisa, la matriz de El País y la Cadena SER, con el 11,8% del capital y presencia en el consejo de administración".
La opinión pública nace de los medios de comunicación, entendidos estos en sentido amplio. Si bien es cierto que cada vez tienen menos peso, aún sirven para castigar ciertos comportamientos y premiar otros. Pero, sobre todo, para silenciar ciertas realidades. Ya he escrito en este periódico que lo contrario de la verdad no es la mentira; la mentira es sólo la otra cara de la moneda, y puede ser rebatida. Lo contrario de la verdad es el silencio. Tu opinión sobre las cosas que suceden y a las que llamamos "realidad", como parte de dicha opinión pública, depende de las informaciones que recibes. Y también de aquellas que te hurtan.
Durante cuatro décadas democráticas, los medios de comunicación, incluidos aquellos que creímos "progresistas", nos hurtaron, entre otras, la información sobre los tejemanejes del monarca y jefe del Estado Juan Carlos I —que sigue siendo rey, no lo olvidemos—, así como la información sobre las violaciones en el seno de la Iglesia, sus prebendas, las honras de Estado que rendíamos al dictador enterrado en Cuelgamuros, el hecho de que España esté sembrada de cadáveres —más de 100.000— de hombres y mujeres que lucharon por la libertad y la violencia constante y extrema contra la mitad de la población, las mujeres.
Ahora tenemos que preguntarnos qué realidad nos van a contar, quiénes y cómo. Se nos viene encima un relato sobre "nuestra realidad" que estará manejado por intereses desde luego no claros ni, digamos, contrarios al capitalismo feroz. El panorama de los medios de comunicación en España es desoladoramente conservador y ultraconservador. La noticia del giro a la derecha del Grupo Prisa (El País, la Cadena SER), con la presencia del ultra Bolloré y compañía, pese a ser una evidencia esperable, muestra un camino tan duro que ríete del caso Zapatero. Sólo espero que sepamos, como decía Italo Calvino, "saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio". Ya me perdonarán que use esta cita algo manida, pero "infierno" es la palabra que me viene a la mente después de esta semana.

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