Opinión
Contraofensiva ideológica o irrelevancia política

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
-Actualizado a
La ofensiva reaccionaria que recorre hoy buena parte del mundo no es una anomalía pasajera ni un simple giro coyuntural del péndulo político. Es el resultado de un proceso largo, profundo y estructural. Décadas de hegemonía neoliberal han erosionado los consensos democráticos, debilitado los Estados, fragmentado a las sociedades y vaciado de contenido material conceptos como igualdad, derechos o ciudadanía. El trumpismo, entendido no solo como el fenómeno político asociado a Donald Trump sino como una cultura política autoritaria, identitaria y profundamente desigual, no surge de la nada. Es heredero directo del desmantelamiento de lo público y de la incapacidad de amplios sectores progresistas para ofrecer una alternativa creíble, coherente y transformadora al modelo capitalista dominante.
Hoy asistimos a una convergencia preocupante entre la extrema derecha y amplios sectores del centro derecha tradicional, que han asumido buena parte de los marcos discursivos reaccionarios. Desde el cuestionamiento de los derechos humanos hasta la criminalización de la migración, pasando por el repliegue nacionalista, el negacionismo climático o el desprecio hacia cualquier forma de redistribución. Este desplazamiento del eje político no se explica solo por el auge del autoritarismo, sino también por el vacío ideológico dejado por una socialdemocracia que, durante demasiado tiempo, optó por gestionar el neoliberalismo en lugar de confrontarlo.
En este contexto, la izquierda no puede limitarse a resistir ni a administrar con prudencia un marco que le es ajeno. La política de la mera contención ya no resulta suficiente frente a una ofensiva que no se conforma con ganar elecciones, sino que aspira a redefinir las reglas del juego democrático. Lo que está en disputa no es solo un modelo económico, sino el propio sentido de la democracia liberal. De ahí que la urgencia del momento exija una auténtica contraofensiva ideológica progresista, capaz de disputar el sentido común dominante y de articular un proyecto en positivo frente a las múltiples caras del capitalismo neoliberal.
Esa contraofensiva debe partir de un diagnóstico honesto. El neoliberalismo no ha fracasado, ha funcionado exactamente como estaba diseñado, concentrando riqueza, poder y oportunidades en manos de unos pocos. La precarización del trabajo, el encarecimiento de la vivienda, la mercantilización de los servicios públicos y la creciente desigualdad no son efectos colaterales, sino pilares centrales del sistema. Pretender corregirlos sin cuestionar el modelo es una ilusión que la realidad se encarga cada día de desmentir.
Por ello, el primer pilar de cualquier alternativa progresista debe ser una redistribución real de la riqueza, que devuelva centralidad a la justicia fiscal, al combate contra la evasión y a la intervención pública como herramienta legítima para corregir desigualdades. No se trata de un debate técnico, sino profundamente político. Quién paga, quién decide y quién se beneficia del crecimiento económico. Sin redistribución, la democracia se convierte en una promesa vacía.
El segundo pilar es el refuerzo del escudo social como garantía efectiva de derechos y no como red asistencial mínima. La protección social no puede seguir siendo concebida como un gasto a contener, sino como una inversión democrática que garantiza cohesión, estabilidad y legitimidad institucional. La experiencia de las múltiples crisis encadenadas, financiera, sanitaria y energética, ha demostrado que sin Estados fuertes y políticas públicas ambiciosas, las sociedades se fracturan y el autoritarismo encuentra terreno fértil.
El tercer eje irrenunciable es la defensa sin ambigüedades de los derechos humanos, hoy crecientemente instrumentalizados o relativizados incluso en democracias consolidadas. La normalización de discursos que jerarquizan derechos en función del origen, el género o la orientación sexual no es una deriva marginal, sino un síntoma de regresión democrática. La izquierda no puede aceptar marcos que sacrifican derechos en nombre de la seguridad o del control fronterizo sin renunciar a su propia razón de ser.
En cuarto lugar, resulta imprescindible una apuesta decidida por el multilateralismo. El repliegue nacionalista y la lógica de bloques están debilitando unos mecanismos de cooperación internacional, que si bien no son perfectos, se hacen necesarios justo cuando los desafíos globales, climáticos, migratorios y geopolíticos, exigen respuestas colectivas. Defender el multilateralismo hoy es una posición contrahegemónica frente a quienes promueven un mundo fragmentado, regido por la ley del más fuerte.
Finalmente, la contraofensiva progresista debe articular un nuevo modelo de gestión migratoria. La migración no es una amenaza, sino un fenómeno estructural del sistema internacional contemporáneo. Persistir en enfoques securitarios y externalizadores no solo es éticamente cuestionable, sino políticamente ineficaz. La gestión migratoria debe basarse en la cooperación, la corresponsabilidad y la dignidad humana, alejándose de discursos que alimentan el miedo y legitiman la exclusión.
En este escenario, no es casual que Pedro Sánchez haya intensificado su presencia en tribunas y entrevistas en la prensa internacional. Más allá de la política doméstica, parece aspirar a proyectar un liderazgo que reivindique una agenda progresista en clave global, en un momento marcado por la incomparecencia, la desunión o la desorientación de buena parte de los líderes progresistas europeos. Esa voluntad de intervenir en el debate internacional en un cuerpo con Trump o Musk lo está convirtiendo, de facto, en uno de los pocos referentes visibles frente al avance reaccionario.
Este papel adquiere una dimensión aún mayor cuando se articula en alianza con Lula da Silva. La dupla Lula-Sánchez representa hoy uno de los intentos más claros de construir un polo progresista con vocación internacional, capaz de conectar Europa y América Latina en defensa de un orden más justo, más democrático y menos subordinado a los intereses del capital financiero. En un mundo crecientemente multipolar, esta alianza ofrece una narrativa alternativa frente al autoritarismo y al neoliberalismo desregulado.
Sin embargo, la pregunta clave sigue abierta ¿Será suficiente? La magnitud de la ofensiva reaccionaria exige algo más que liderazgos individuales, por sólidos que sean. Requiere organización, coordinación transnacional, pedagogía política y valentía para romper con inercias que han demostrado su agotamiento. Sin una contraofensiva ideológica clara, la izquierda corre el riesgo de convertirse en mera gestora de un sistema que ya no ofrece futuro a las mayorías sociales.
La historia no está escrita, pero el margen de maniobra se estrecha. La disyuntiva es clara. Disputar el sentido común o aceptar la irrelevancia política. Y esa decisión no admite más aplazamientos.

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