Opinión
Convertir tu país en un pozo de mierda

Por Miquel Ramos
Periodista
"En diez años, la sociedad va a ser violenta, un lugar horroroso para vivir. No estoy interesado en apelar a las masas ahora, el momento que estamos esperando es inminente. Quiero que este país se convierta en un pozo de mierda. Quiero que este país descienda a una puta pesadilla. Es la única manera de que la gente se levante". La pasada semana circuló un vídeo en redes sociales en el que aparecía el líder del partido neofascista Britain First confesando sus planes. No sabía que lo estaban grabando, así que habló claro ante sus interlocutores. Su confesión, conociendo a la extrema derecha, no sorprende, pero evidencia la hoja de ruta de quienes viven del odio y del miedo, en Reino Unido, en España y en todas partes.
Paul Anthony Golding había formado parte anteriormente del British National Party (BNP), una formación de extrema derecha, neofascista, que lleva muchos años picando piedra, antes incluso de que surgieran otros experimentos de la derecha populista como el UKIP o personajes como el agitador racista Tommy Robinson. Golding fundó en 2011 la marca Britain First, con el supuesto cometido de ‘defender las calles’ del Reino Unido contra las hordas de migrantes y musulmanes que, según ellos, han invadido y sometido al país. Esta organización ha promovido asaltos a mezquitas y patrullas ‘cristianas’, y el propio Golding ha pasado en alguna ocasión por prisión por varios altercados.
Que un convicto, un personaje violento e intolerante se presente como la salvación ante el crimen que, según él, cometen las personas migrantes, no es nuevo. Es habitual que gran parte de los activistas de extrema derecha en todas partes tengan más antecedentes penales que aquellos a los que señalan culpando de todos los males de su país. Y aunque su partido no sea hoy un actor destacado en la política británica, la confesión retratada esta semana sobre sus deseos de que su país se vaya a la mierda resume perfectamente el plan de todas las extremas derechas. Y cada vez más, también de las derechas. Porque estas declaraciones de Golding recuerdan a lo que el ex ministro de Hacienda del PP, Cristóbal Montoro, le dijo en 2010 a la diputada canaria Ana Orantes durante la votación de las medidas del gobierno de Zapatero ante la crisis económica: "Que caiga España, que ya la levantaremos nosotros".
Las derechas siempre han basado sus discursos en las ideas de decadencia, inseguridad y mala gestión para presentarse como la salvación. Atribuyen a los gobernantes de turno la causa de muchos de los problemas estructurales, añadiendo a la ecuación otras amenazas como la migración o la diversidad. Hay un empeño evidente por amplificar cada suceso violento o delincuencial como si fuese el pan de cada día, fruto de las diferencias culturales (porque hablar hoy de raza queda feo), con la única intención de propagar el miedo y arrogarse la solución ante el desastre. Una obsesión enfermiza por inocular una sensación de inseguridad y de terror en la ciudadanía, porque saben que, solo en situaciones extremas, ante una urgencia, lo autoritario se legitima.
La respuesta a problemas estructurales que generan pobreza, exclusión y en gran medida, delincuencia, no está en su agenda, porque el problema para ellos no es el sistema que lo provoca. Un sistema que no pretenden cambiar, sino radicalizar todavía más, y hacer creer que todo se soluciona con más policía, muros más altos, más horas de trabajo, más flexibilidad laboral (trabaja 18 horas si hace falta) y menos buenismos.
Cada suceso es una oportunidad. Y cuanto más violento, más escabroso, más salvaje, mejor. La derecha juega constantemente a la política de entraña, de víscera, esa que anula lo racional y estimula las emociones, que amplía los márgenes de lo aceptable y permite la inclusión de nuevas recetas, las suyas, las que consideran que los derechos y las libertades son un lastre buenista que impide la prosperidad y la seguridad. Derechos humanos y democracia son términos para someter, dijo el presidente ultraderechista Nayib Bukele en una ocasión, ante las críticas por sus políticas represivas con la excusa de combatir el crimen. El drama de quienes pierden su casa a manos de fondos buitre, o de quien muere en las listas de espera de la sanidad pública, no genera adhesión al proyecto ultra porque ellos promueven que esto pase. Esa seguridad no les interesa.
En nuestro país, los mítines de Vox, los tuits de Aliança Catalana y cada vez más, los discursos del PP y Junts pivotan en gran medida alrededor de temas securitarios. Okupas, migrantes reincidentes, moros, gente extraña, sucesos escabrosos, manadas de violadores (migrantes, por supuesto), terrorismo y cualquier cosa que genere pánico es aderezo habitual de su relato. Y cuanto peor vayan las cosas, mejor para ellos. Sin embargo, a la hora de hacer política de verdad, de mejorar la vida de la gente, de favorecer el acceso a la vivienda, de mejorar los salarios, los servicios públicos o cuidar del entorno, las derechas siempre reman contracorriente, favoreciendo a quienes acumulan la riqueza.
Esto es también parte del plan, porque así todo irá a peory no será solo a consecuencia de unos sucesos. Luego ya le echarán la culpa a los migrantes, a las feministas y a quien haga falta. El drama viene cuando gobiernan opciones que no son de extrema derecha y participan de esta progresiva pauperización de la clase trabajadora, del desmantelamiento del Estado del bienestar, y chapotean también en los marcos racistas y securitarios de los ultras. Esta es una de las victorias de la extrema derecha, hacer que otros hablen como ellos y sigan su hoja de ruta para sumir a su país en el pozo de mierda que ellos promueven. Ese es su amor por su país, por sus gentes, desearles lo peor para que, presas del miedo y del odio, compren su mercancía. Nada nuevo, pero si hoy lo dice Golding ante una cámara oculta, nos da la razón a quienes venimos advirtiéndolo.
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