Opinión
Crucemos El Umbral de Primavera

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
Pocas cosas hay más grises que una ciudad sin alma. Y llama la atención que ninguna alcaldía, por ejemplo, reconozca que su ciudad carece de alma. Ningún ciudadano, incluso el más crítico con la gestión y las características de su localidad, afrontará con madurez que habita en un espacio carente de identidad. Porque todavía hay quien piensa que una ciudad abarrotada de turistas, llena de bares y terrazas, con cinco despedidas de soltería por metro cuadrado y con una múltiple variedad de franquicias, ya lo tiene todo hecho. Ahí reside la equivocación.
Porque las ciudades no se reconocen por la cantidad de cajeros automáticos que tengan ni por la arquitectura sin historia del Zara de turno. La identidad y el atractivo de esa ciudad está en el patrimonio cultural que sea capaz de conservar. Y cuando hablo de patrimonio cultural no solo me refiero a monumentos y lugares históricos. Estoy hablando de librerías, teatros, cines o museos. Eso que visitamos y elogiamos cuando vamos a otras ciudades y capitales pero que estamos viendo desaparecer de nuestro paisaje urbano y parece que nos diese igual.
Leo con cierta rabia que echa el cierre El Umbral de Primavera, un referente del off teatral madrileño y un espacio seguro para todas esas personas que, alguna vez, hemos sentido que no le interesamos a esta ciudad. Los que alguna vez cruzamos el umbral sabemos que ese lugar es un desafío apasionado por la cultura, por el arte, por los nuevos creadores y por los textos arriesgados. Isra y Viviana imaginaron y fundaron un sitio al que solo le falta un dormitorio para ser un hogar. Si hasta tenía a su perra María Luisa, recostada en su colchoneta, soportando las caricias de todo el mundo con una elegancia y dignidad propias de una diva de la escena. Con ese ambigú que hace las veces de ágora multidisciplinar en la que tomarse una cerveza, leer una novela, visitar una exposición o aguardar a que suene la campanilla que anuncia que ya podemos entrar a la sala para ver la función. Porque en esta ciudad gobernada por personas a las que solo les interesa el capital, El Umbral de Primavera apuesta por el capital humano. El único que merece la pena atesorar.
El Umbral de Primavera es uno de esos espacios que hacen que una ciudad tenga alma. Para mí es un lugar muy especial porque ahí he visto renovadas dramaturgias, interpretaciones reivindicativas y he reído a lágrima viva y emocionado a corazón batiente. He encontrado contenidos para mi programa en RNE, Wisteria Lane, he presentado libros de poesía y, permítanme la confidencia, conocí al amor que hoy comparte su vida conmigo. Flechazo en el teatro. Si me lo contara otro de sí mismo me daría hasta rabia. Pero así fue. Hicimos honor a esa primavera donde germinan las ilusiones y los proyectos. Y él y yo sentimos que algo se rompe cuando el escenario de esa primera mirada funde a negro.
Pero no pienso escribir esta columna con la pluma lacia con la que se escriben los obituarios. Ni muerta. Primero porque ni Viviana ni Isra me lo iban a consentir. Y segundo, porque El Umbral de Primavera echará el cierre en 2027. O sea, sigue vivo y abierto de par en par. Y mientras que la tristeza es sedativa, la rabia hace que el asfalto de las calles se quebrante.
Madrid, la ciudad que nos están robando a la puta cara, la ciudad que vendió su alma al diablo, empieza a no tener motivos para ponerse vanidosa. El Umbral de Primavera se sumará a la desaparición de la librería Tipos Infames, que a su vez se unió al listado en el que ya estaba El Canto de la Cabra, Fuentetaja, la Kubik, el Sol de York… Madrid, una ciudad que se permite tener un gran teatro, en plena Gran Vía, cerrado desde hace casi veinte años. Detalles que solo nos hacen más pobres y más tristes. Porque sin espacios culturales los ciudadanos acabarán siendo una especie de Soto Ivars y ¿quién quiere un mundo de Soto Ivares si no eres Stephen King y estás escribiendo tu próximo best seller de terror?
La mayor parte de los espacios culturales que cierran lo hacen porque no les salen los números, como anunciaron desde El Umbral. "Somos de letras", bromearon. Las ciudades modernas, nidos de ultraliberales, no están hechas para la gente de letras. Las ciudades ahora son números, logaritmos antipáticos a los que solo les interesa la letra si se puede derivar. Sonríen cuando el tejido cultural asume su precariedad porque eso les da la razón. ¿Quién quiere abrir una librería, una sala de teatro, pudiendo abrir una franquicia de ropa, o de fast food, más rentable? Y en lugar de abnegarnos deberíamos rebelarnos.
No soy de los que consideran que las administraciones públicas tengan que sostener todo el peso del tejido cultural de un país, aunque algo de ello hay. Pero sí pienso que tienen la obligación de diseñar un modelo de sociedad que facilite que las vidas se puedan vivir y disfrutar. Que un individuo se sienta orgulloso de tener alquilado un local en el centro de Madrid a una sala de teatro, como una resistencia numantina, en lugar de sucumbir a los fondos de inversión. Aunque no gane todo el dinero que un liberal, con sangre en las encías, le diría que puede sacarle a ese espacio. Crear comunidad es eso. Gente que se ayuda y que mantiene, entre todos, el espacio habitable.
Por eso, mientras llega la revolución, vayamos al teatro, al cine, a las librerías, a las salas de exposiciones, a las bibliotecas, a los museos y a los centros culturales. Y traslademos a las calles y plazas todo el saber y los valores que se conservan allí. Crucemos El Umbral de Primavera y veámonos dentro para que se note fuera. Que no hay astenia primaveral que pueda con los de letras.
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