Opinión
La culpa es de Maduro y Zapatero

Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
-Actualizado a
He asistido con los ojos como platos a la que ha liado María Corina Machado queriendo acceder a las zonas más destruidas por el terremoto en Venezuela, que hasta su amigo Donald Trump y su mano derecha hispana Marco Rubio, todopoderoso secretario de Estado de EEUU, le han negado el acceso. Después de regalar su Nobel de la Paz (ejem) al inquilino malcriado de la Casa Blanca y que éste no la invistiera presidenta de la nueva colonia yanki, capital Caracas, sino que la hiciera entrar por la puerta de atrás para que le rindiera pleitesía y una foto, Machado aún cree que de la debilidad incluso desesperada de su país puede sacar tajada. De una líder que va de salvadora-mártir de democracias mientras defiende el genocidio de Netanyahu en Palestina nada podemos esperar, salvo -lo vemos- su sumisión al poder de la fuerza sin escrúpulos.
Trump y Rubio se han emperrado en que sea Delcy Rodríguez la que lleve las riendas de la Venezuela colonizada a golpe de secuestro de Nicolás Maduro -que yo, siempre ingenua, me pregunto cuándo harán lo mismo con los mandamases de tantos países árabes o con los Marruecos, Rusia, China..., territorios de cuestionable democracia, pero "pelillos a la mar", que dicen-. Machado lleva muy mal lo de Rodríguez: ella tenía que estar gobernando Venezuela y ni sus valedores la consideran apta, imaginen el drama. Así que ha puesto toda la maquinaria a funcionar para acusar al Gobierno de Venezuela de abandonar a vivas y muertos, que no digo yo que no vayan tarde. Con inmensa torpeza, no obstante, hace sus acusaciones la señora Machado, porque quien manda en Venezuela es Trump, y efectivamente, es un mierda al que le importa cero la desgracia ajena del "patio trasero", con permiso de James Monroe, hoy más activo que cuando vivía gracias a Pete Hegseth, actual secretario de Defensa USA: Estados Unidos debe recuperar influencia en su “patio trasero perdido” ante China. Dicho en Fox News, claro, sin aditivos, conservantes ni colorantes.
Esta larga introducción, si me disculpan, viene al caso por el grito enfebrecido de la (ultra)derecha española clamando contra la nefasta gestión de Nicolás Maduro -que no niego- y, al parecer, la ayuda del omnipresente expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, perejil de todas las salsas revolucionarias en Latinoamérica, presuntamente con comisión. ¡Pero cómo íbamos a imaginar que Bambi iba a ser el Robin Hood de la doctrina Monroe en más de medio continente americano de centro a sur! ¿Dónde están los cazatalentos como Esperanza Aguirre que no lo vieron venir ni captar para su causa, tan corrupto como dicen que es?
Dicen los influencers pro Machado que viven en Miami que Venezuela debería ser como Japón, con sus muchos terremotos al año -que no sufre Venezuela- y controlados por una arquitectura urbanística diseñada para ellos, no siempre infalible pero muy efectiva cuantitativa y cualitativamente para evitar daños humanos y materiales. Creo que lo conté en las redes sociales: una trabajadora de Cruz Roja que se comunicaba sobre el terreno del seísmo en Venezuela explicaba conmocionada en la SER que no había Estado en el mundo preparado para la magnitud de esa catástrofe: era imposible abarcarla en tu cabeza si no estabas allí, aunque tú creas desde tu sofá y un par de fotos en X de la cuenta de Santiago Abascal que Maduro no evitó la devastación porque no quiso.
Pero ahora voy yo y te digo lo que el presidente de Vox, alentado por su becerro de oro naranja, Donald Trump, no quiere para los y las venezolanas y otros territorios del mundo que se ven sorprendidos por estos fenómenos mortales y destructivos: la ayuda posterior y decisiva, la cooperación sobre el terreno, lo más importante, lo esencial para tratar de minimizar un daño imprevisto y que escapa a las manos de los seres humanos, que somos menos infalibles de lo que nos creemos.
En el último acuerdo de gobierno firmado entre el Partido Popular y Vox, en Andalucía -como en Extremadura, Aragón y Castilla y León- desaparece el presupuesto destinado a cooperación internacional (a "chiringuitos", según la ultraderecha y el PP) No es nuevo, empezó Trump en EEUU con el fin de la USAID, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional; le siguieron gobiernos europeos que ni siquiera estaban en manos del fascismo, como el alemán socio del PP de Alberto Núñez Feijóo, y ya estamos en las autonomías españolas recortando la solidaridad internacional inapelable en una democracia.
Luego me encuentro estos días a venezolanos/as residentes en Madrid entregados a compungidas vigilias con velita, bandera y lágrimas para que su dios evangélico queme a Maduro y a Zapatero en un infierno de leña verde, mientras dedican bengalas y aleluyas a Trump, Abascal, Ayuso o Machado, los de los recortes en solidaridad humanitaria, hoy para Venezuela, por ejemplo. Es verdad que hace tiempo que dejé de entender a este país (o él a mí), pero la soledad en los valores universales inherentes a las democracias es un sentimiento difícil de gestionar con el que no contaba a estas alturas.

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