Opinión
Cuando la cultura de la cancelación sí es necesaria

Por Pablo Crespo
Periodista cultural
Durante años nos han repetido que la cultura de la cancelación es uno de los grandes males de nuestro tiempo. Que las redes sociales no permiten equivocarse, que una opinión desafortunada puede destruir una carrera y que hemos perdido la capacidad de separar al artista de la persona. Y seguramente haya bastante de cierto en todo ello. El acoso, las amenazas y el linchamiento digital nunca deberían convertirse en una respuesta aceptable a una discrepancia. Pero quizá hemos estirado tanto el significado de la palabra cancelación que hemos terminado utilizando el mismo concepto para algo muchísimo más sencillo: decidir que ya no queremos apoyar a alguien.
Pink acaba de descubrir la diferencia.
La cantante se encuentra en el centro de una enorme polémica después de compartir en Instagram una publicación de StopAntisemitism contra Macklemore por su actuación como invitado de Ed Sheeran en el MetLife Stadium de Nueva Jersey. El rapero interpretó Hind's Hall, mostró imágenes de Gaza, gritó "Free Palestine" y volvió a denunciar lo que está ocurriendo con la población palestina. La respuesta no tardó en llegar: organizaciones como el Israeli-American Council pidieron que fuera apartado de las siguientes fechas de la gira y StopAntisemitism reclamó incluso disculpas y reembolsos para quienes habían asistido al concierto.
Pink decidió compartir el mensaje de esta última organización. Y muchos de sus seguidores decidieron que aquello era suficiente.
Quizá lo verdaderamente sorprendente no sea la reacción, sino que Pink parezca tan sorprendida por ella. Porque Macklemore se preocupó precisamente de distinguir entre el Gobierno de Israel y las personas judías. Ante la polémica posterior a sus conciertos insistió en que criticar a Israel, denunciar el apartheid o hablar de genocidio no equivale a atacar a los judíos y reiteró que su mensaje defendía que todos los seres humanos fueran tratados con dignidad, respeto e igualdad.
Pink, sin embargo, ha llevado posteriormente parte del debate hacia su propia identidad.
En su larguísima explicación publicada días después, recordó que nació judía, habló del aumento del antisemitismo y aseguró que defender a "su propia gente" había resultado mucho más solitario de lo que esperaba. Y es precisamente ahí donde su argumentación empieza a resultar tramposa. Porque nadie debería exigirle que renuncie a ser judía para denunciar las acciones del Gobierno israelí, del mismo modo que ser judío no obliga a nadie a defenderlas.
Confundir ambas cosas no protege a las personas judías frente al antisemitismo. Al contrario: contribuye a una identificación profundamente problemática entre judaísmo, Israel y las decisiones de un gobierno concreto. Existen numerosas voces judías, dentro y fuera de Israel, que denuncian las políticas y la ofensiva israelíes y otras que mantienen posiciones completamente diferentes. Como cualquier comunidad formada por millones de personas, no existe una única voz.
Por eso convertir el rechazo recibido por una decisión política en una cuestión sobre su identidad resulta demasiado cómodo.
Pink no está siendo criticada simplemente por ser judía. Está recibiendo una enorme contestación porque decidió utilizar una plataforma de millones de seguidores para amplificar una publicación dirigida contra un artista que acababa de defender públicamente a Palestina. Y aunque entre millones de reacciones puedan aparecer comentarios antisemitas que deben ser rechazados sin matices, eso no convierte automáticamente en antisemitismo cualquier crítica a su posicionamiento.
Son cosas radicalmente diferentes.
Tampoco ayuda demasiado recurrir ahora al expediente de servicios prestados. En su defensa han vuelto a aparecer sus años de apoyo al colectivo LGTBIQ+, su compromiso con diferentes causas sociales, su trabajo humanitario o su oposición a Donald Trump. Todo eso existe. Todo eso forma parte de la historia pública de Pink. Y nada de ello responde a la cuestión que estamos discutiendo.
Defender al colectivo LGTBIQ+ no concede puntos canjeables por otras causas.
Haber estado en el lado correcto de una lucha no garantiza estarlo siempre. Los derechos humanos no funcionan como una tarjeta de fidelización en la que diez buenas acciones te permiten llevarte gratis la undécima contradicción. Si lo que se cuestiona es tu reacción ante la denuncia del sufrimiento palestino, responder enumerando las veces que defendiste otras causas es, sencillamente, mezclar churras con merinas.
Y quizá precisamente por eso lo ocurrido con Pink ha dolido especialmente a una parte de su público.
No estamos hablando de una artista que haya construido su carrera manteniéndose escrupulosamente al margen de la política. Pink ha hecho exactamente lo contrario. Durante décadas ha incorporado el feminismo, los derechos LGTBIQ+, la oposición al conservadurismo estadounidense y diferentes causas sociales a su identidad pública. Muchos seguidores no solo conectaron con sus canciones: conectaron también con aquello que creían que representaba.
No puedes convertir el activismo en una parte de tu identidad cuando genera complicidad con tu público y pedir después que ese mismo público se limite a hablar de música cuando rechaza uno de tus posicionamientos.
Y aquí aparece la palabra maldita: cancelación.
Porque quizá haya ocasiones en las que cancelar no solo sea legítimo, sino necesario.
No hablamos de amenazar a Pink. No hablamos de insultarla. No hablamos de impedir que publique discos ni de prohibir sus conciertos. Mucho menos de perseguirla personalmente. Hablamos de que alguien que llevaba veinte años comprando sus discos puede decidir no comprar el siguiente. De que quien pagaba una entrada puede decidir que ya no quiere verla. De pulsar el botón de dejar de seguir. De retirar nuestro dinero, nuestra atención y nuestra admiración.
Eso no es censura.
Pink continúa teniendo una plataforma gigantesca. Ha podido compartir aquella publicación, responder a las críticas, publicar después una extensa explicación de su postura y ver cómo sus argumentos daban la vuelta al mundo. Nadie le ha quitado la posibilidad de hablar.
Lo que no puede exigir es controlar qué hacemos nosotros después de escucharla.
La cultura reciente está llena de ejemplos similares. Róisín Murphy descubrió que una parte de su histórico público queer no estaba dispuesta a acompañarla después de sus declaraciones sobre cuestiones trans y sus posteriores intervenciones. J.K. Rowling ha comprobado durante años cómo una parte de los lectores que crecieron encontrando refugio en Harry Potter rompía emocionalmente con su autora por sus posiciones sobre sexo y género. Boy George, otro icono profundamente ligado a la cultura queer, ha recibido una enorme contestación por su defensa de Israel y por Od Nirkod (We Will Dance Again), su polémica canción política realizada con asistencia de inteligencia artificial.
También encontramos respuestas similares cuando miramos a otras grandes figuras de la música. DaBaby perdió actuaciones en numerosos festivales después de sus comentarios homófobos y estigmatizantes sobre el VIH. Y Nicki Minaj, durante años convertida en un auténtico icono para buena parte del público LGTBIQ+, se encontró con el rechazo de numerosos seguidores después de acercarse públicamente a Donald Trump y realizar comentarios sobre las personas trans que chocaban frontalmente con una parte de la comunidad que había contribuido a sostener su carrera.
No todos estos casos son equivalentes ni sus comportamientos tienen la misma gravedad. Precisamente por eso tampoco deberían tener las mismas consecuencias. Pero todos plantean una pregunta que solemos evitar cuando hablamos de cancelación: ¿por qué la libertad del artista para expresarse debería implicar nuestra obligación de seguir sosteniéndolo?
No existe ese contrato.
Y tampoco debería existir una condena eterna. Las personas pueden rectificar, disculparse, aprender y cambiar. Una cultura incapaz de admitir la reparación terminaría convirtiéndose exactamente en aquello que sus críticos denuncian: una búsqueda permanente de culpables a los que marcar para siempre.
Pero para que exista reparación primero tienen que existir consecuencias.
Quizá lo ocurrido con Pink resulte especialmente incómodo porque durante mucho tiempo sentimos que estaba "de nuestro lado". Y precisamente ahí está el error. Los artistas no nos pertenecen. No son nuestros amigos. No firman un contrato ideológico con nosotros cuando compramos un disco. Pueden decepcionarnos, contradecirnos y defender ideas que consideremos intolerables.
Pero esa libertad funciona en ambas direcciones.
Ellos pueden hablar.
Y nosotros podemos dejar de escuchar.
Porque la libertad de expresión nunca incluyó el derecho a conservar intactos el dinero, la atención y el cariño de quienes te escuchaban.
Si eso es cultura de la cancelación, quizá haya momentos en los que cancelar sea exactamente lo que debemos hacer.


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