Opinión
El cumpleaños del emperador

Por David Torres
Escritor
Que con ochenta palos encima Donald Trump dirija los destinos del mundo, da una idea de en qué manos están los destinos del mundo, también de lo fácil que debe de ser dirigirlos, mucho más que dirigir una orquesta sinfónica, una panadería o un bar de carretera. Isabel II siguió reinando hasta el último aliento, cuando falleció a los 96 años, al pie del cañón, y para el caso tampoco había mucha diferencia. Es evidente que, a esas inhóspitas edades, ninguno de ellos difícilmente hubiese podido sacar adelante un negocio familiar, digamos una zapatería o una churrería de barrio, pero un imperio o una monarquía, la verdad, están tirados. Se conoce que la Casa Blanca o el Palacio de Buckingham los puede manejar cualquiera, hasta ancianos en pleno declive biográfico. Más modestamente, lo advirtió un día Zapatero a su mujer, asombrado de haber llegado hasta La Moncloa: "No sabes, Sonsoles, la cantidad de cientos de miles de españoles que podrían gobernar". A estas alturas, incluso Feijóo, Abascal o Sánchez. Lo que muchos españoles de a pie no podríamos jamás es guardar una millonada en joyas en la caja fuerte.
El caso es que Trump ha decidido celebrar los ochenta por todo lo alto, con una celebración de combates al estilo del imperio romano, aunque se echaron en falta leones y mártires. En compensación, hubo exhibiciones de motocross, vuelos militares, señoritas despampanantes, gladiadores y sangre, mucha sangre. Durante la velada, los jardines de la Casa Blanca evocaron el Coliseo, más bien la versión lerda del Coliseo que Ridley Scott desplegó en Gladiator II, por donde pululaba una pareja de emperadores medio idiotas, Geta y Caracalla, que juntos hacían un emperador idiota y medio. Bastantes críticos señalaron que Scott había pintado un retrato de Trump por duplicado, algo bastante evidente en las pelucas rojizas, los gestos ampulosos y los parlamentos de papanatas. La película da mucho asco, pero comparada con el reinado de Trump parece una de Disney.
Aparte de los pulgares en alto o en bajo y los cadáveres de luchadores en la arena, otra cosa que se echó en falta en el cumpleaños de Trump fue una buena naumaquia, una pantomima de combate naval como las que se montaban a veces en el Coliseo y que Antonio Miguel Carmona, candidato a la alcaldía de Madrid por el PSOE en 2015, quería recuperar para darle vidilla al lago del Retiro. El imperio romano es que siempre ha tenido mucho tirón, incluso entre psocialistas de toda la vida, de ésos tan concienciados con la clase trabajadora que luego se pirran por las naumaquias o los collares de oro, rubíes y esmeraldas, como si fuesen Caracalla. A falta de un combate naval de mentira, Donald imperator podía presumir de uno prácticamente auténtico en el estrecho de Ormuz, aunque el enfrentamiento por ahora le ha quedado más bien Topuria.
En efecto, otro de los motivos para la magna celebración a hostia limpia era la enésima victoria de Trump en la guerra de Irán, cuyo fin anunció con un acuerdo de paz que va a durar lo mismo que todos los otros acuerdos anteriores. De momento, según él, Donald imperator ha ganado esta misma guerra en cuarenta ocasiones, una hazaña que no lograron ni Aníbal ni César ni Napoleón en sus mejores momentos, quizá porque ellos se limitaban a vencer una vez en el campo de batalla y no dar la brasa al mundo con gilipolleces. Tan fatigado estaba que, poco antes del combate estelar entre Topuria y Gaethje, se le vio sentado al pie del ring, los ojos cerrados, pegando una cabezada de larga duración similar a una de las famosas siestas en pie de Joe Sleepy Biden. Sus partidarios dicen que, en realidad, estaba concentrado, pensando mucho, probablemente en los preparativos de su próximo cumpleaños. Hay que ver lo flojos que nos estamos volviendo en occidente, protestando por jubilarnos a los 67 cuando Trump no para de hacer a la vez la pascua y el ridículo. Ave Donald.

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