Opinión
La curiosidad, la inteligencia artificial y los mapas

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
Decía don Rafael, mi maestro, que además de mi maestro era mi padre, que la mejor herramienta para el desarrollo del ser humano es la curiosidad. Sobre todo, añadía, para los niños y los jóvenes. Sin curiosidad, seguiríamos en la caverna, ésa a la que de nuevo quieren llevarnos. Lo decía delante de una clase de 46 alumnos donde se podía oír el vuelo de una mosca, porque todos escuchábamos extasiados las historias que nos contaba sin pestañear. La magia de la palabra y de la curiosidad. Un buen maestro o maestra te cambia la vida, forja tu futuro y tu destino. Para bien, nunca para mal.
Matar la curiosidad es matar el deseo de aprender, de indagar, de explorar el mundo para encontrar el sentido a la vida. Matar la curiosidad es matar la imaginación y los sueños.
Por eso, quizás, cuando tuve que enfrentarme durante años a un grupo de jóvenes alumnos en el instituto, impartiendo clases de Lengua y Literatura, las palabras de don Rafael siempre sonaban y revoloteaban como pájaros por el aula.
Cuando acabábamos el tema del mes, a modo de regalo, tocaba contar una historia. Es lo que más les gustaba. Curiosamente, en la encuesta anónima que les pasaba a final de curso, las preferencias mejor valoradas eran siempre las mismas: Viernes con poesía, contar una historia, aprender y recitar de memoria un poema y los diez minutos de lectura común en clase, en voz alta, de un libro de la biblioteca. Preferencias bastante alejadas del temario del ministerio de Educación. No te extrañe que luego vengan los de PISA a tirarnos de las orejas. De las orejas de burro.
Cuando, años más tarde, me encontraba a aquellos chavales por la calle, en un bar o en la piscina, ya convertidos en hombres y mujeres, siempre decían lo mismo: – ¡Todavía me acuerdo, profesor! –. Y sin pudor alguno, chuleando delante de sus acompañantes, comenzaban a recitar uno de esos poemas: La luna vino a la fragua con su polisón de nardos, Al olmo viejo hendido por el rayo y en su mitad podrido, Con diez cañones por banda, A galopar a galopar hasta enterrarlos en el mar, Puedo escribir los versos más tristes esta noche. O al gran Ángel González: Haces haces de leña en la mañana y se te vuelven flores en tus brazos.
Como la oralidad y el arte de contar historias – ésas que salvaron la vida a Sherezade en sus Mil y una noches de amor y palabras – son un pilar fundamental de la evolución humana, de la cultura y la interacción social, su ejecución en clase nos exigía toda una liturgia de solemnidad: despejar las mesas, guardar libros y trastos, espabilar las mentes, enderezar los cuerpos y colocar un colorido mapamundi ante sus ojos. Enorme, más grande que la propia pizarra.
Amo los mapas, la cartografía y los gigantescos atlas. Sería un buen epitafio junto a un ramo de violetas: Al hombre que amaba los mapas. Mapas físicos, azules, verdes, marrones y naranjas, con sus mares, ríos y montañas; políticos multicolor, con sus capitales de puntitos negros, topográficos, con sus crestas y barrancas. Para calcular las distancias con una regla según su escala. De Mumbai a Calcuta, de Ulan Bator a Samarcanda. Atravesar la inmensa llanura de Mongolia o el ardiente desierto del Sáhara. Navegar con tu dedo índice siguiendo el curso del Nilo, infestado de cocodrilos, desde sus nacientes del lago Victoria de Uganda, Kenia y Tanzania, a su desembocadura en la Alejandría de biblioteca quemada. Descender el río Congo, siguiendo sus meandros de culebra, a las órdenes del capitán Marlow en el Corazón de las Tinieblas.
Hoy nos vamos a Vietnam. Los llevo a Vietnam a través de la palabra y de ese mapa de tela colgado por delante de la pizarra. Desde la clase expectante y silenciosa de provincia, volamos a Estambul, donde hacemos escala para hablarles de la capital de Turquía, de sus mezquitas con el almuecín llamando a la oración con centenares de altavoces en su algarabía mística.
Cuando finalmente aterrizamos en Hanoi, les nombro a Ho Chi Minh y la guerra de Vietnam que perdiera Estados Unidos, de sus arrozales en terrazas, de los rickshaws de dos ruedas tirados por un hombre a la carrera, de la vida en la calle, de la escritora Marguerite Duras con su Amante en Saigón y de los islotes de la Bahía de Ha-Long, una de las maravillas del planeta. Me invento que, al octavo día de estancia, me han robado la mochila, con toda mi documentación, dinero y tarjetas, y que para regresar a España he tenido que estar un mes trabajando de vendedor de paipáis y sombreros.
Al escucharlo, ponen cara de extrañeza. Dudan de la veracidad del relato, incluso dándoles los detalles del almacén donde cada mañana repongo los artículos vendidos, ajusto cuentas con el jefe, llamado Van Nguyén, y me dirijo a las zonas turísticas a vender mis productos a los extranjeros. Hasta que, en el momento álgido de expectación, les muestro la foto conduciendo mi bicicleta atestada de sombreros vietnamitas. Se la voy pasando mesa por mesa, la toquetean, se ríen y me dan golpecitos cariñosos en la espalda. Tan orgullosos: su maestro es un vendedor de sombreros de bambú y hojas de palma.
Al mes siguiente los llevo a China. Sin escalas, pero siguiendo con la punta de la regla el itinerario por el mapa. Les hablo de la Gran Muralla, con sus 21.000 km, contando sus ramificaciones, es decir, la mitad de la circunferencia del planeta. Tanto como desde nuestro instituto a Nueva Zelanda. Del impresionante ejército enterrado de soldados de terracota (8.000, todos diferentes), de su lengua escrita, con 100.000 caracteres, aunque basten 3.500 para leer, de las ampollas que se les forman a los niños en los dedos al escribir y escribir tantos miles de caracteres. Su capacidad de trabajo, su pacifismo, profundamente arraigado en su cultura milenaria, su tecnología y su inteligencia para organizar la vida de 1.400 millones de habitantes. En China se hablan 292 lenguas.
Hemos aterrizado en Pekín (21 millones), continuamos a Shanghái (25 millones, media España concentrada en una ciudad), hasta llegar a Kunming (8 millones), donde voy a dar una charla sobre El Quijote, ante 300 expertos en turismo y cultura. Cuando acaba la charla, la propia ministra que ha abierto las conferencias, satisfecha con el resultado, nos invita a degustar la comida típica de la región. ¿Y cuál es la comida típica de la región? ¡La carne de perro! ¡Puffff! Por lo que pregunto a los alumnos: ¿Tú qué habrías hecho? ¿Comerla con educación y respeto o rechazar descortésmente la invitación? Mientras discuten acaloradamente, les paso las fotos de la comida junto a la ministra, con la olla borboteante de carne. Y también las carnicerías caninas del mercado de Kunming que visité indagando al siguiente día, con los cuerpos colgados como si fueran corderos.
Cuando suena el timbre para el recreo, como está lloviznando, les digo que pueden quedarse en clase si lo desean y les saco los cómics de Las aventuras de Tintín que guardo en mi taquilla para los días de lluvia: Tintín en el Tíbet, en el Congo, en el País de los Soviets, en América. Tintín en la Luna.
A la tercera, los traslado, absolutamente entregados, al lago Tengrela, rodeado de manglares, en Burkina Faso. Señalando en el mapa la ciudad de Banfora, junto a las fronteras de Mali y Costa de Marfil. Nos alojamos en un chozo del barquero Tou Drissa, al que, a lo largo de un mes, enseñamos a leer en francés a cambio de que nos conduzca en su barca cada amanecer, a ver los hipopótamos que chapotean entre los nenúfares amarillos. Nenúfares e hipopótamos del paraíso. Y para finalizar siempre una foto. Una simple foto para colmar toda su inquietud juvenil.
La hiperprotección de los niños por parte de los mayores, el darles todo hecho como hacen las pantallas, mutila su curiosidad y creatividad tanto como el abandono. La falta de acompañamiento en la adolescencia – esos padres que apenas están, que nunca conversan con sus hijos con tiempo y calidad, que no saben en qué mundo andan metidos – son sustituidos, fagocitados, por las máquinas. Hay que estar con ellos más tiempo y hay que hablar. Compartir y hablar. Y jamás darles dispositivos con pantallas para que nos dejen en paz. Tecnología en exceso, Inteligencia Artificial que mata los sueños, la imaginación y la curiosidad.
En cuanto a mis queridos mapas – dibujos de un mundo en miniatura, magia de Líliput –, yo no sé si es una estrategia de la IA el provocar que cada vez seamos más incapaces, más torpes, hasta darnos la puntilla definitiva. La estrategia de idiotizarnos para aniquilarnos finalmente. Privarnos de nuestras capacidades más animales y ancestrales – la orientación, la intuición, la cooperación y la cohesión social para la supervivencia – para dejarnos totalmente indefensos, desnudos, inútiles ante el dominio de la máquina, a su merced.
Yo ya no puedo imaginar a un ser humano orientándose por la posición del sol, de las estrellas, del musgo en la corteza de los árboles, de la dirección del viento, o del relieve – la solana y la umbría – de la montaña. Ni siquiera del manejo de una brújula, con su aguja al Polo Norte imantada. A cambio, con los mapas de papel desaparecidos, veo una horda de hombres y mujeres con la vista y el oído pegados a la pantalla del móvil, dirigidos como borregos por la voz de un pastor autómata: – A veinte metros, en la esquina, gire a la derecha. Después, gire a la izquierda –. Tan concentrados en las líneas del cacharro, siguiendo sus órdenes, que no ven los monumentos, ni las estatuas, la primavera de los jardines, el otoño de las alamedas, las fuentes, las plazas. Ni siquiera las caras de las personas con las que te vas cruzando, igualmente ensimismados en sus pantallas. Los bebés metidos en sus cochecitos mirando una pantalla. Sus hermanos mayores matando monstruos en otras. Las parejas con sus respectivos móviles, dándose la espalda, sentados en el banco de un parque, en vez de estar besándose. Los padres, distraídos, wasapeando por su lado a no se sabe quién o pasando páginas y páginas de internet. En el metro, en el autobús, en el tren. Cinco personas sentadas en una terraza y cada una, en silencio, con la mirada fija en la pantalla. Aislados. Ciegos. Con ojos que no ven. Cautivos. Incomunicados en su burbuja. Solos. Muy lejos. Viviendo en otra realidad virtual.
Todo lo contrario a aquellos chavales, henchidos de pasión y curiosidad, de sueños y deseos, que recorrieron el mundo de punta a punta, con un simple mapa. Palabras, imaginación y un mapa.



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