Opinión
Davos y el mundo de ayer

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
-Actualizado a
El Foro Económico Mundial de Davos ha sido durante décadas el gran santuario de la globalización neoliberal. El lugar donde se escenificaba, casi litúrgicamente, la confianza en un orden internacional liberal que, con todas sus contradicciones, se presentaba como horizonte único de progreso. Davos era la imagen de un mundo gobernado —o al menos gestionado— por reglas, instituciones multilaterales, mercados integrados y una fe casi religiosa en que la interdependencia económica traería consigo estabilidad política y prosperidad compartida. Hoy, sin embargo, Davos parece más bien un museo: el mundo de ayer reunido para intentar comprender por qué sus certezas ya no sirven para explicar el presente.
Lo que se observa estos días no es tanto un foro que marque la agenda global, sino un espacio que certifica el final de una época. El fin del mundo que se gobernó, con luces y sombras, bajo la égida del orden internacional liberal, y la transición acelerada hacia otro basado en la ley del más fuerte. Un mundo que regresa, sin demasiados complejos, a lógicas propias del siglo XIX donde operan expansiones imperiales, esferas de influencia, competencia descarnada por los recursos estratégicos, y una naturalización creciente del uso de la fuerza como instrumento legítimo de política internacional.
Imperialismo, colonialismo, extractivismo y autoritarismos avanzan sin aparente freno. Rusia en Ucrania, EEUU en Venezuela o Groenlandia, o la tensiones en mar meridional de China, son solo ejemplos de una tendencia estructural que atraviesa a las grandes potencias. La política internacional ha dejado de ser, incluso retóricamente, un espacio de negociación basada en normas compartidas, para convertirse en un tablero de poder en el que prima la capacidad de imponer la propia voluntad. La creación por parte de Donald Trump de la llamada Junta por la Paz —una formulación tan cínica como reveladora— simboliza con precisión este nuevo mundo que emerge como un orden sostenido abiertamente sobre la fuerza, donde los valores se disuelven en la amoralidad estratégica y la diplomacia se transforma en coerción.
Lo que está emergiendo no es un “desorden” internacional, sino otro tipo de orden. Un orden más brutal, más jerárquico, más inestable, en el que las grandes potencias actúan como imperios clásicos y los Estados medianos y pequeños tratan de sobrevivir sin ser engullidos. En este contexto, Europa aparece especialmente descolocada. Las potencias europeas, que durante siglos fueron protagonistas de expansiones imperiales y coloniales, se encuentran hoy atrapadas entre la nostalgia de su antiguo estatus y la incapacidad de adaptarse plenamente al nuevo escenario.
Durante décadas, los europeos se beneficiaron de la pax americana y de la inercia marcada por Washington en la implantación de la globalización neoliberal. Mientras la imposición del orden liberal resultara rentable para sus economías y garantizara su seguridad, poco importaba que ese mismo orden fuera profundamente depredador en otras latitudes. La estabilidad europea se construyó, en buena medida, sobre la externalización de los costes con guerras en la periferia, explotación de recursos en el Sur global, asimetrías estructurales disfrazadas de libre comercio.
Hoy, ese equilibrio se ha roto. Estados Unidos ya no actúa como garante benevolente del sistema, sino como una potencia que prioriza sin disimulos sus propios intereses nacionales, incluso cuando estos entran en conflicto directo con los de sus aliados históricos. Para Europa, el antiguo aliado se ha convertido en un Saturno que devora a sus propios hijos. Y, sin embargo, el desconcierto europeo no se explica solo por el giro estadounidense, sino por una ceguera prolongada ante los cambios que comenzaron hace al menos una década, pero se prefirió no verlos mientras el statu quo siguiera siendo funcional.
Resulta revelador que uno de los discursos que mejor ha captado este cambio de época haya sido el del primer ministro canadiense, Mark Carney. Hace apenas un año, la intervención del premier canadiense habría pasado casi desapercibida. Canadá, país vecino y aliado de Estados Unidos, encarna hoy también la vulnerabilidad frente a un hegemón cada vez más imprevisible. Que estas reflexiones procedan de un antiguo trabajador de Goldman Sachs no deja de ser irónico, la crítica más lúcida al orden neoliberal ya no proviene solo de las periferias o de los márgenes ideológicos, sino del propio centro del sistema.
Carney no es el primero en señalar estas transformaciones, pero sí el primer líder político que las articula desde la centralidad global. Como sucede tantas veces, determinados diagnósticos solo adquieren legitimidad cuando el lugar de enunciación es el poder. Desde las periferias se lleva años hablando de imperialismo, de colonialismo renovado, de violencia estructural; ahora, esas categorías empiezan a ser asumidas —aunque sea parcialmente— por quienes antes las ignoraban. De ahí que algunos lo consideren ya un faro en este momento histórico: no tanto por lo que propone, sino por lo que reconoce.
“Es el momento de las potencias medianas”, afirmó. En estas nuevas guerras del Peloponeso revisitadas, nadie quiere ser el Melos destruido por Atenas. La referencia no es casual, Tucídides ya nos advirtió de un mundo donde la justicia solo existe entre iguales y donde los débiles sufren lo que deben. Esa es, en esencia, la lógica que regresa. Y es precisamente aquí donde Europa debe tomar decisiones estratégicas, sabiendo que cada una de ellas implica riesgos.
El desconcierto europeo tiene que transformarse en acción. Acciones que avancen hacia una mayor autonomía estratégica, sí, pero sin renunciar al corpus distintivo que define —al menos normativamente— el proyecto europeo. No se trata de imitar a las grandes potencias en su deriva autoritaria y militarista, sino de utilizar los instrumentos disponibles para defender intereses propios sin abandonar la centralidad de los derechos fundamentales, la cohesión social y la lucha contra la desigualdad.
El riesgo es evidente, en nombre de la seguridad y la competencia geopolítica, Europa puede acabar pareciéndose demasiado a aquello contra lo que dice combatir. Militarización acelerada, recorte de libertades, subordinación de la política social a las exigencias estratégicas. La historia muestra que las transiciones de época suelen justificar regresiones democráticas bajo el pretexto de la urgencia. Y, sin embargo, también abren ventanas de oportunidad.
Quizás esta situación extrema sea, efectivamente, una oportunidad para avanzar en lo que durante décadas se ha pospuesto, la construcción real de una comunidad política europea. No solo un mercado, no solo una unión monetaria, sino un verdadero demos europeo. Una ciudadanía que participe desde abajo, que sienta el proyecto como propio y no como una arquitectura tecnocrática diseñada por élites políticas y económicas. El pecado original de la Unión Europea —su construcción elitista— sigue siendo su mayor debilidad en un mundo de confrontación.
Si Europa quiere sobrevivir como actor relevante sin renunciar a su identidad democrática, necesita algo más que autonomía estratégica, necesita de manera acuciante legitimidad social. Necesita un proyecto que no se limite a competir en el tablero geopolítico, sino que ofrezca sentido político a sus ciudadanos. De lo contrario, el nuevo mundo que emerge no solo la encontrará desarmada, sino vacía de contenido. Y entonces Davos no será solo el símbolo del mundo de ayer, sino también el preludio de una Europa incapaz de imaginar el mañana.

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