Opinión
Debates medievales para señores prehistóricos

Periodista
A Feijoó le preocupa que las niñas de 16 años puedan evitar una maternidad no deseada mientras que a cualquier familia normal lo que le preocupa es que su hija adolescente se condene en la maternidad, deseándolo mucho, cosa extrañísima, o no. Porque a cualquier familia normal, sensata y amorosa, sea de izquierdas o de derechas, lo que le preocupa es entender qué ha fallado para que una chica de 16 años acabe embarazada y, sobre todo, si ha habido consentimiento y deseo en la relación sexual previa. Porque quizá Feijoó no sabe, pero yo se lo recuerdo, que la violencia sexual hacia las niñas y adolescentes avanza sin control (las menores sufren una de cada tres violaciones en España y no, no siempre se denuncia) y la mayor parte de las agresiones sexuales suceden dentro del entorno de la propia víctima, la mitad de las veces en la familia, tal como señala la fundación ANAR.
Pero es que además, en este país la edad de consentimiento sexual son los 16 años, lo que quiere decir que a partir de esa edad los padres no tienen por qué saber si sus hijas mantienen o no relaciones sexuales: forma parte de la intimidad de las jóvenes. Por eso, con una ley de Salud Sexual y Reproductiva garantista como la actual ley de plazos, las chicas de 16 y 17 años pueden decidir de manera autónoma someterse a un aborto sin necesidad de tutorización paterna. Cae de cajón entender que en una familia normal, de las que acogen y cuidan, no hay que obligar a ninguna niña a hablar si se encuentra en semejante tesitura, lo hará ella misma buscando refugio y solución. El problema es, precisamente cuando ese refugio y esos cuidados no existen y, por eso, obligar a esas niñas a decirles a sus padres que están embarazadas es lanzarlas de lleno a la desprotección y a una violencia que Feijoó, con una cándida ingenuidad, parece desconocer. Permitir a progenitores violentos, machistas y retrógrados tomar parte en el embarazo de su hija adolescente no es, ni más ni menos, que pura misoginia medieval. Resulta fascinante que la misma gente que promulga discursos contrarios a ciertas culturas en donde las niñas son casadas en edad escolar caigan en semejantes contradicciones discursivas.
Como mujer y madre feminista, me indigna que el líder de la oposición, aspirante a dirigir un país democrático y avanzado en derechos reproductivos y sexuales, amenace a las chavalas con chivarse a sus padres si se quedan embarazadas. Se atreve a hacerlo porque ellas no pueden votar, exactamente lo mismo que pasó durante el franquismo. Y esta amenaza, vestida de sensatez de “compartir una decisión vital”, me hace establecer un paralelismo inmediato con lo que pasó en plena dictadura y llegó hasta la Transición a través de esa institución deleznable llamada Patronato de Protección a la Mujer, el sistema mediante el cual el franquismo encerrada y “reeducaba” a las jóvenes descarriadas. Jóvenes que eran enviadas allí por sus propias familias, castigadas por sus padres y por sus hermanos varones cuando ellos consideraban que las chicas tenían un comportamiento “poco recatado”, o se habían quedado embarazadas sin estar casadas.
Una vez más, y ya son muchas, la derecha se inventa un debate que no existe en la sociedad: “el debate de cuando una niña quiere abortar pero sus padres no lo aceptan", dice Feijoó, porque el único debate que existe en esta sociedad machista, global y pornificada es la inclusión de la educación afectivo-sexual en todos los colegios de este país, una carencia que sufren sobre todo los niños y las niñas que vienen de entornos poco favorecidos y que, precisamente, son las más vulnerables para sufrir embarazos no deseados. Hace un año, el Partido Popular y Vox en Cantabria tumbaron una iniciativa del PSOE para desarrollar un programa integral de educación afectivo-sexual en las aulas que pretendía contrarrestar el aumento desbocado de las Infección de Transmisión Sexual (ITS) en la comunidad, y el acceso cada vez más temprano a la pornografía. El Gobierno cántabro se opuso así las opiniones de los pediatras y de enfermeras infantiles que aseguran que incluir la educación sexual desde, como mínimo, los 10 años, es el mejor anticonceptivo que existe: no solo evita embarazos no deseados, sino que retrasa el inicio de las relaciones sexuales, reduce el número de parejas, y aumenta la satisfacción sexual de los menores.
En España, los embarazos adolescentes suponen un 2% del total y, además de los riesgos físicos y psicológicos que suponen para las chicas, son una de las causas directas del abandono escolar de las jóvenes. Una chica que ha sido madre en la adolescencia tiene una dificilísima integración en el mercado laboral, aumenta totalmente su dependencia económica y su precariedad, incrementa su dependencia emocional y la hace mucho más vulnerable a relaciones abusivas. Los embarazos adolescentes no traen nada bueno a las chicas que los padecen, ni tampoco a la sociedad que los alienta.
Por eso si el PP quiere hablar de protección económica a las madres, no nos quedemos, por favor, en los cheques de nacimiento y en las canastillas con pañales. Tengo preguntas directas que muchas de sus votantes están deseando resolver. ¿De verdad no vais a tocar el salario mínimo que disfrutan muchas madres jóvenes? ¿Vais a reducir la jornada laboral para que las madres y los padres puedan conciliar y cuidar de verdad a sus hijos? ¿Por qué le preocupa tanto al señor Feijoó que la ministra de Igualdad, que también es madre, trabaje de 8 a 15? ¿Vais a seguir reventando la sanidad pública en las comunidades en las que gobernáis y maquillando las listas de espera para que no haya un solo niño en este país que tenga una asistencia digna, o vais a invertir en sanidad y en educación públicas? Y es que un señor que fue padre primerizo a la tierna edad de 55 años y que jamás será abuelo de un embarazo adolescente, debería respetar un poco más a las mujeres, no solo a las que lo cuidan, también a las hijas de quienes lo votan.
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