Opinión
En defensa de los Cascos Blancos

Por Leila Nachawati
Doctora en comunicación y conflicto, profesora en el departamento de Comunicación de la Universidad Carlos III. Autora de 'Cuando la revolución termine'.
Se despiden de sus familias en el aeropuerto, antes de subir al vuelo fletado por Qatar Airways con destino Caracas. Es la primera vez que un equipo de rescatistas sirios sale de su país para desplegarse ante una tragedia internacional. Ante los micrófonos de los medios de comunicación, hablan de su experiencia en los devastadores terremotos que sacudieron Siria y Turquía en 2023. Pero hay un elefante en la habitación: antes y después de aquellos desastres naturales, las Fuerzas de Defensa Civil Siria, también conocidas como Cascos Blancos, se curtieron en otro tipo de masacres, rescatando a supervivientes de los bombardeos de la aviación de Bashar al-Asad y su aliado ruso.
En más de una década de revolución, represión y guerra, hombres y mujeres voluntarios de esta organización civil lograron salvar la vida de decenas de miles de personas en Alepo, Guta Oriental o Idlib, escarbando entre los escombros de hospitales, colegios y mercados destrozados como parte de la estrategia de castigo colectivo contra la población. Cientos de rescatistas murieron durante esas operaciones o fueron asesinados al acudir al lugar, en lo que se conoce como double tap o ataque de doble golpe: bombardear un punto y volver a atacarlo minutos después, justo cuando acuden a socorrer a los heridos. Esta táctica, que constituye un crimen de guerra, fue normalizada en Siria por la aviación de Asad y Putin, y es la misma que hoy Israel aplica como práctica cotidiana contra la población de Gaza.
Iconos de la revolución siria
Tras la caída del régimen de Bashar al Asad en diciembre de 2024, las Fuerzas de Defensa Civil Siria fueron recibidas como héroes en Damasco. Fueron de los primeros en adentrarse en la siniestra cárcel de Sednaya, a la que Amnistía Internacional se refirió como matadero humano, para abrir los cerrojos de las celdas, buscar a supervivientes y ayudar a las familias a conocer el destino de los miles de desaparecidos por la dictadura desde los años setenta del siglo pasado.
Existe un amplio reconocimiento en el país sobre la contribución de los Cascos Blancos, que no se limitaron a salvar vidas, sino que durante años sostuvo servicios de emergencia, bomberos y ambulancias en comunidades bajo asedio. Representan, en muchos sentidos, lo mejor de la revolución siria, un proceso popular incompleto, esperanzador y lleno de contradicciones (como suelen serlo las revoluciones), del que extraer lecciones en estos momentos de retroceso democrático y aumento del autoritarismo.
Esa admiración que comparte buena parte del país no se ha correspondido con una solidaridad internacional a la altura del proceso popular sirio. Durante años, los Cascos Blancos fueron objeto de campañas de difamación por parte de quienes los acusaban de pertenecer a Al Qaeda o ISIS, como forma de desviar la atención de los crímenes de guerra, criminalizando a quienes salvaban vidas y garantizando la impunidad de los responsables.
Maquinarias de propaganda estatal como Russia Today llegaron a difundir que los rescates eran montajes grabados "con niños actores" o que los ataques químicos de Guta oriental eran fingidos. Siguiendo la misma lógica que vemos hoy en Gaza o en Líbano, donde se acusa sistemáticamente a médicos y personal humanitario de "pertenecer a Hamás" o "a Hezbolá" para justificar sus asesinatos, en Siria se organizaron durante años campañas de demonización de todas las iniciativas de la sociedad civil, y en particular de las de rescate.
A aquellas mentiras fabricadas por el régimen sirio y el Kremlin se sumaron grupos autodenominados de "izquierda antiimperialista". Dentro de esa visión del mundo en dos ejes, en la que se despliega una solidaridad selectiva, no dudaron en sumarse al acoso contra personas de a pie que habían dejado a un lado sus oficios y sus vidas para apoyar a su comunidad en una situación extrema.
Según Xili Fernández, politóloga venezolana con experiencia sobre el terreno en Siria, con quien hemos hablado para Público, la campaña para tildar a los Cascos Blancos de terroristas "se extendió de forma alarmante en muchos ámbitos", chocando con lo que veían a diario quienes trabajaban con la población civil del país. Se trataba de "voluntarios desarmados sacando a gente de los escombros sin apenas recursos, muchas veces con las manos, como vemos hoy hacer a muchos venezolanos ante el abandono, la falta de preparación y la corrupción", señala.
Vínculos históricos entre el pueblo sirio y el venezolano
La llegada de este equipo de rescate a Venezuela tiene un simbolismo que va mucho más allá de la diplomacia oficial. Aunque la relación entre los dos países se ha vinculado a la alianza (geo)política entre ambos Estados bajo el paraguas de un supuesto "antiimperialismo", existen profundos vínculos históricos entre el pueblo sirio y el venezolano.
Durante el siglo XX, Venezuela fue tierra de acogida para cientos de miles de migrantes sirios que cruzaron el Atlántico huyendo de la pobreza o la persecución. Se instalaron en ciudades como Caracas, Maracay o Maturín, abrieron comercios, fundieron su gastronomía con la local, convirtiendo el shawarma, el pan árabe o el kibbeh en parte de la cotidianidad venezolana. La migración fue de ida y vuelta: hoy, en la provincia de Sweida, al sur de Siria, de mayoría drusa, reside una gran comunidad de emigrados y retornados, hasta el punto en que se conoce popularmente a esta región como "la pequeña Venezuela" o Venesweida.
Este vínculo cobra una dimensión aún mayor si atendemos a la historia reciente de ambos países. Durante los peores momentos de la represión en Siria, tras el levantamiento popular de 2011, los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro enviaron cientos de miles de barriles de diésel y combustible para sostener al régimen de Bashar al-Asad, una energía con la que repostó la maquinaria militar que bombardeaba hospitales, escuelas y barrios residenciales. Esa alianza compartía otro actor clave: la organización libanesa Hezbolá, responsable de algunas de las peores masacres de civiles en Siria y a la vez centro de una intrincada red de influencia política y financiera en Venezuela.
Hoy los rescatistas sirios que desenterraban a los supervivientes de aquellos bombardeos cruzan el océano para socorrer a la población venezolana, en un contexto de injerencias externas y corrupción interna. Como señala Xili Fernández, este despliegue envía un mensaje esperanzador y más necesario que nunca:
"Que un país que sigue destruido, y que no recibió la ayuda ni la solidaridad que merecía, decida hacer de la solidaridad su política exterior es algo inmenso. Como venezolana, estoy inmensamente agradecida a los sirios".


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