Opinión
Dejar que gobierne la (extrema) derecha

Investigador científico, Incipit-CSIC
Es algo que se le ha pasado a mucha gente por la cabeza. ¿No sería mejor que ganasen los reaccionarios en las próximas elecciones? Después de vivir ocho años de crisis política permanente gracias a una derecha radicalizada, la tentación de dejarles que gobiernen -y que nos dejen en paz- es grande.
Si por fin llegan al poder, es previsible que baje la tensión en el Parlamento y que los problemas que nos acucian dejen de serlo. Y me refiero tanto a problemas reales -como la inflación o el precio de la vivienda, que son fallos estructurales del capitalismo actual- o inventados -como la deriva totalitaria del Gobierno o la España que se rompe. No es que los problemas vayan a desaparecer realmente, sino que quienes los han utilizado (o se los han inventado) para poner en duda la legitimidad del Gobierno ya no necesitarán utilizarlos -o seguir inventándoselos.
De la noche a la mañana España ya no se romperá, la democracia volverá a resplandecer y la inflación y el precio de la vivienda pasarán a segundo o tercer plano. Aunque solo sea por dejar de oír las trompetas del apocalipsis cada día ¿no conviene desistir? No.
Y por múltiples razones. En primer lugar, porque no estamos hablando de un gobierno conservador al uso. Con el auge de los partidos de extrema derecha, que serán imprescindibles para que el PP pueda gobernar, y con la asunción por parte del PP de buena parte del discurso ultra, lo que nos espera es, en el mejor de los casos, un gobierno de signo populista reaccionario.
Esto no significa solo que las medidas que se tomen serán más radicales que las de ningún gobierno conservador desde la Transición, sino que serán estructurales, difícilmente reversibles y se ejecutarán a velocidad de vértigo -esto deberíamos saberlo ya por los gobiernos ultrarreaccionarios que han surgido en toda América. Esta transformación radical no es hipotética. Feijóo lo ha dejado claro al afirmar que se trata “de abordar una reconstrucción nacional”. Como tantas ideas del PP hoy, el slogan suena a trumpismo -el “Make America Great Again”.
Pero el concepto de reconstrucción nacional tiene resonancias patrias también, porque es el que usó el franquismo durante las primera dos décadas de la dictadura. Y con un doble sentido: reconstruir materialmente un país arrasado por la guerra y reconstruir la identidad nacional -en clave católica, imperial y ultraconservadora. Dado que España no ha sufrido guerra alguna con Sánchez, ni siquiera una crisis económica como la del 2008, está claro que la reconstrucción que defiende Feijóo es esencialmente ideológica.
Conviene recordar también que el desistimiento es prerrogativa de los privilegiados. Si uno no pertenece a ninguno de los numerosos grupos objetivo de los reaccionarios, quizá el peligro de que gobiernen no parezca tan grave. Pero no se debería votar exclusivamente por uno mismo o por los suyos, sino por los demás, y particularmente por los colectivos más vulnerables -que muchas veces están excluidos de la participación democrática por razones sociológicas o jurídicas: los pobres no votan, los inmigrantes no pueden.
Si los argumentos esgrimidos hasta ahora no resultan convincentes, permitidme que vuelva al deseo de que se acabe la tensión. En realidad, si algo demuestran los gobiernos ultras es que disfrutar del poder ni los modera en sus objetivos políticos ni los pacifica en su retórica incendiaria. Más bien al contrario. Lo que nos llega de EEUU o Argentina no es el final del ruido, sino un estruendo insoportable. No el final de las crisis, reales o imaginarias, sino su proliferación infinita.
Y esto tiene que ver con los programas políticos ultrarreaccionarios, que al contrario que los conservadores, se presentan en clave de revolución. Las palabras que utiliza la derecha en España, nuevamente, lo dejan claro: “derogar”, “desmantelar”, “desmontar” (el sistema vigente) y “reconstruir”, “reconstituir” (España).
De la misma manera que la extrema derecha hace un siglo, la de hoy no viene a traer estabilidad, sino todo lo contrario. En el pasado, de hecho, “movimiento” era el concepto clave, como señaló Hannah Arendt, porque la estabilización institucional supondría la aniquilación de los programas políticos radicales, que se alimentan de la tensión constante. Esa pulsión del movimiento los lleva a enfrentar la realidad como una crisis permanente -o una concatenación de crisis, reales o imaginarias- a las que hay que atender con medidas de excepción que generan a su vez nuevas crisis.
Parafraseando a Churchill, quien busque paz dejando gobernar a la ultraderecha, tendrá ultraderecha y no tendrá paz.



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