Opinión
Demasiados polis malos

Por Oti Corona
Maestra y escritora
Soy una señora blanca, bajita, de aspecto inofensivo, una mujer de las que cruzan por los pasos de peatones, piden las cosas por favor y se recogen a eso de las nueve. Este cúmulo de factores influye sin duda en el buen trato que suelo recibir por parte de las fuerzas del orden; me encantaría, en despreocupado agradecimiento, deshacerme en elogios hacia ellos. Y es que me crie con Starsky y Hutch y con Hill Street Blues, esas series policíacas cuyo mensaje era que, a pesar de sus fallos o debilidades, los miembros de los cuerpos de seguridad se guían por nobles intenciones.
Sin embargo, más allá de la ficción y de los prejuicios que me favorecen, los titulares sobre polis malos se filtran en mi día a día en forma de engorroso y perenne goteo. Les cuento algunos de los casos que hemos leído en los últimos diez meses. Uno de los más llamativos es el del subinspector de policía de Granada que, gracias a la abnegada colaboración de sus colegas, accedió a los datos privados de su exmujer y quebró la orden de alejamiento que pesaba contra él. Solo unas semanas después, detuvieron a un policía nacional en Almería por encerrar durante horas a su pareja en casa. También supimos que una agente de la Guardia Civil sufrió años de violencia sexual por parte de un sargento mientras sus superiores archivaban las denuncias sin llegar a investigarlas. Solo son cuatro gotas, dirán ustedes. Qué va. Hay más. Está la condena a un militar por violar a una compañera en Ferrol; la del teniente de la Guardia Civil detenido en Valencia, que agredió sexualmente a su expareja, y la de un policía nacional, en esa misma ciudad, por el mismo delito, esta vez contra una agente en prácticas. Y sigo. Un policía nacional de Madrid ha entrado en prisión por abusar de una compañera en un bar; y seis meses le han caído a un Guardia Civil de Lugo por acoso sexual a una subordinada. Entre arresto y arresto, se confirma la sentencia al policía de Mallorca que mandó a su mujer al hospital de una paliza. Cálcense las botas de goma, que continúa el chaparrón.
A principios de año, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó a España por manipulación sistemática por parte de la Policía de las pruebas de dos violaciones cometidas por…adivinen. Exacto: dos agentes. Por cierto, por ahí corren. Libres. A las pocas semanas, condenaron a otro en A Coruña por intentar asfixiar a su mujer con un cable. «Soy policía, se me fue la almendra», dijo él al entregarse. En vista de los antecedentes, quién sabe si con ese saludo pretendía encontrar un atisbo de comprensión entre sus colegas. Hay casos más sonados, como el del comisario jefe de Alcalá de Henares, que ha dimitido tras la denuncia de dos mujeres por violencia de género. Y, por supuesto, el del DAO de la policía nacional. Recordemos que la víctima no se atrevió a denunciar en comisaría, sino que fue directa a los juzgados. Si se preguntan por qué, la respuesta está en la hemeroteca: después de la misteriosa filtración de sus datos personales, ha necesitado escolta para protegerse del acoso de sus compañeros. Esto ya no es una charca, es una riada. Y el chorreo sigue. Hace dos semanas detuvieron a un agente de La Jonquera por saltarse la orden de alejamiento. Y el mismo día que escribo este artículo han detenido al jefe de la policía antidroga de Valladolid por explotación sexual y narcotráfico. Me quedo sin espacio, pero podría seguir con la denuncia por acoso a un comisario en la embajada en India o con el condenado por acoso sexual al que nombraron Jefe de la Policía en Lleida.
Frente al aluvión de militares y policías maltratadores, violadores, acosadores y encubridores, cuando el juicio por violencia de género a un militar se suspende por octava vez —ha sucedido en Valladolid— me parece lícito preguntarse si es mala pata o si alguien mueve los hilos para que un pobre guardián del orden no sea condenado.
¿No les parecen demasiados casos en solo diez meses para unas personas cuyo trabajo consiste, teóricamente, en protegernos? Y solo he comentado titulares referidos a violencia machista; no hablo de abusos de carácter racista, que los hay, ni de abusos sexuales a menores, que también, ni del tonteo del sindicato mayoritario de la Policía con la ultraderecha.
Entretanto, ahí sigue Marlaska, con los yo no sabía y los cómo iba yo a imaginar. Sin mover un dedo por derogar la ley mordaza que arropa a los abusones. Como si no lloviera a cántaros aunque le chorree agua hasta del nudo de la corbata. Con este panorama, comprenderán que me guarde mis loas para cuando alguien se decida a extirpar de comisarías y cuarteles a todos los machistas, racistas, fachillas y matones. Nuestra seguridad necesita una desinfección urgente, aunque me temo que nadie está por la labor porque la limpieza debería empezar por el propio Ministerio.
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