Opinión
Una democracia deja de serlo si no desentierra de las fosas a los muertos

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
-Actualizado a
Manuel Fraga Iribarne, gallego como Feijoo, como Tellado y como Franco, pero en las antípodas de Valle-Inclán, Castelao o Rosalía de Castro, fue ministro franquista y después vicepresidente del gobierno con Arias Navarro. Ese señor que ha pasado a la historia con el apodo de “El Carnicerito de Málaga”, ya imaginan ustedes la causa. El diminutivo era por su estatura, no por sus dotes sanguinarias.
Fraga creó Alianza Popular (AP), que posteriormente refundó como Partido Popular (PP). Es, por tanto, el padre político de estos dirigentes actuales, tanto del que baila ridículamente y canta “Me gusta la fruta” como símbolo expansivo del odio, como del salvaje que anima a “empezar a cavar la fosa donde reposarán los restos de un gobierno que nunca debió haber existido en nuestro país” y, de paso, a todos los que lo apoyen. El año pasado, recuérdenlo, pedía mandar la armada contra los cayucos.
Durante el mandato de Fraga como ministro de Información y Turismo (1962-1969) se produjeron los asesinatos del estudiante Enrique Ruano, arrojado desde un séptimo piso, mientras le interrogaba la Brigada Político Social (especie de Gestapo de la dictadura franquista, luego reconvertida, con el gobierno de Rajoy, en Policía Patriótica), y del político Julián Grimau, condenado a muerte con falsas imputaciones. También arrojado, antes de fusilarlo, por otra ventana, esposado, fracturándose el cráneo. Aunque el ministro Fraga dijera que “había recibido un trato exquisito”. Trato exquisito especialidad de la casa.
Para contextualizar al personaje de Fraga, en relación a esas muertes y a sucesos posteriores (1976), ya a las órdenes del Carnicerito, como la matanza de Vitoria y Montejurra, acuñó la significativa frase “La calle es mía”. También se imaginan el porqué. Aunque el eslogan con el que se le recordará es el “Spain is different”, que creó para internacionalizar nuestro turismo. Y siendo justo, debo reconocer que con esas tres palabras acertó de pleno, pues en ellas se resume toda nuestra personalidad e idiosincrasia hispánica. Me explico, acudiendo a los archivos y pidiendo perdón por mi didactismo.
Cuando los libros de historia hablan de la alianza entre Madrid, Roma y Berlín, “eje” a propuesta de Mussolini, es porque los mandatarios de los tres países, Franco, Hitler y el citado Mussolini, se convirtieron en aliados a raíz de la ayuda a Franco con su fallido Golpe de Estado que desencadenó la Guerra Civil. La Cruzada para el Generalísimo. General + ísimo, porque lo de general a secas se le quedaba corto. Tres años de guerra y casi un millón de muertos. El Duce mandó unos 80.000 soldados, aviones, tanques y barcos (Corpo Truppe Volontarie) que bombardearon y atacaron numerosas poblaciones, de Toledo a Alicante y de Alcañiz a Brihuega. Muchos de los fallecidos llevan el sello italiano del fascismo. Hitler, en cambio, concretó su ayuda a Franco a través de la legión Cóndor con sus potentes aviones Panzers, unos cuantos miles de soldados, la entrega de 215 millones de dólares de la época y el transporte de tropas y armamento desde África. La masacre de Guernica que inspiró a Picasso lleva su firma. Por eso Franco correspondió a Hitler en la II Guerra Mundial, enviándole la División Azul, compuesta por 45.000 jóvenes españoles, destinados al frente de Leningrado, de los cuales muchos miles no regresaron al perecer en la guerra, a causa del frío, enfermos, mutilados o presos. Otra carnicería regalo de Franco, muestra de su participación y colaboracionismo nazi.
Pero vamos ya con el Spain is different de don Manuel. Hitler se suicidó cobardemente en su bunker al ver que perdía la guerra que había provocado 50 millones de muertos. Se disparó un tiro en la cabeza, mientras Eva Braun se tomó una cápsula de cianuro, que se reconoce en el aire por el aroma a almendras. Sus cuerpos, según había exigido Hitler, fueron rociados y quemados con gasolina para que los soldados rusos que tomaron Berlín no “profanaran” sus cadáveres.
Mussolini corrió peor suerte. Cuando huía, también cobardemente, en dirección a Suiza, fue detenido por la Brigada Garibaldi y trasladado a Milán, donde fue ejecutado junto a su amante, Clara Petacci. Sus cadáveres fueron golpeados con saña hasta ser desfigurados y expuestos, colgados boca abajo, para escarnio del pueblo.
Pero el mejor parado del tripartito, que compartía ideología y hasta el saludo del brazo en alto con sus rimbombantes nombres – Führer, Duce, Caudillo –, fue Francisco Franco. Que murió de viejo, a los 82 años, rodeado de médicos y con las mejores atenciones en una cama del hospital La Paz, aunque tras una larga agonía provocada por las desastrosas intervenciones que pretendían a toda costa mantenerlo con vida. Dos meses antes (27 de septiembre de 1975) había firmado sus cinco últimas penas de muerte. Es decir, murió… matando. ¿Ven lo differents que somos los españoles?
Finalizada la Guerra Mundial, los países aliados reunidos en Potsdam determinaron castigar a los dirigentes, funcionarios y colaboradores del régimen nazi por sus abominables crímenes contra la humanidad. Así se iniciaron los juicios de Nuremberg que penaron severa y justamente a sus responsables. Salvo los que consiguieron huir, ayudados, muchos de ellos, por el régimen de Franco que los protegió con identidades falsas. Sin atender incluso las peticiones de extradición, por lo que, en este sentido, España pasó a ser calificada como “guarida de nazis”, para vergüenza y estupor de los conciudadanos.
En este punto del repaso histórico habría que preguntarse ¿Tras el fin del Régimen franquista y la llegada de la “democracia”, se hizo también algún juicio tipo Nuremberg? Todo lo contrario, por eso llevaba razón Fraga con su Spain is different. Very very different. A los dos años de la muerte del dictador, en España se aprueba la ley de Amnistía (1977), que algunos llamaron “autoamnistía franquista”, que eliminaba de un plumazo cualquier persecución penal a autoridades, funcionarios y agentes del orden anterior a esa fecha, impidiendo las denuncias por delitos de lesa humanidad, genocidio y desaparición forzada, cometidos durante la guerra civil y la dictadura. Se acabó. Punto final. Porque, aunque en las últimas décadas distintas organizaciones políticas y de derechos humanos han intentado que se derogara tan generosa e injusta norma, con solicitudes al gobierno y a Naciones Unidas, las peticiones siempre han resultado infructuosas. ¡Así estamos!
¿Pero cómo no vamos a ser diferentes, cambiantes y camaleónicos, si en esta piel de toro muchos se acostaron fascistas y se despertaron demócratas? La metamorfosis. ¿Cómo puedes estampar tu firma para que a un enemigo político le desguace la nuca el tornillo del garrote vil y a la mañana siguiente estar sentado en el Tribunal Supremo, o en cualquier juzgado utilizando tu toga para derrocar al legítimo gobierno? ¿O pasar de capitanear la Brigada Político Social a convertirte de pronto en policía jefazo de la Dirección General? ¿Ser productor del NODO a la tarde y al mediodía dirigir una cadena de televisión? En España todo es posible por arte de birlibirloque, siempre que le cambies el nombre. Pasar de llevar bajo palio al Generalísimo, General + ísimo, porque lo de general a secas se le quedaba corto, a presidir la Conferencia Episcopal, recibiendo cada año del Estado 12.000 millones de euros (según Europa Laica), con los que pagas tus propias cadenas de radiotelevisión, para hacer política partidista. Robar a manos llenas, a través de las empresas regaladas por el franquismo, a convertirte en Consejero Delegado del IBEX 35. Ayer un golpista, hoy un diputado demócrata. Anoche un carcelero que lee el listado para el patíbulo y al amanecer funcionario en una oficina de Correos. Son los mismos, sus hijos o sus nietos. Algo genético. La Spain is different de la caspa. La Spain is different contradictoria, interesada – todo por el poder y la pasta –, falsa e hipócrita, clasista y reaccionaria, que un día apoya el Holocausto nazi contra los judíos, hermanada con los marroquíes para dar un golpe de Estado, para después hacerte proisraelí y apoyar a Netanyahu en el exterminio de los palestinos. La machadiana “España inferior que ora y embiste” y da topetazos contra la razón y la ética.
Al acabar la guerra, el régimen creó 300 campos de concentración, identificados y documentados, aunque sólo existan 15 placas informativas, pues “sus víctimas han sido más olvidadas que las del nazismo”, por los que pasaron entre 700.000 y un millón de personas en unas “condiciones atroces”. (Hernández, Carlos. “Los Campos de concentración”. 2019). Ya que no se les aplicó el Convenio de Ginebra, firmado por España en 1.929, no reconociendo a los soldados republicanos como prisioneros de guerra, por lo que se les obligó a realizar trabajos forzados, siendo torturados para obtener información sin garantías procesales, ni respetando derecho alguno. Sin contar los 4.435 españoles exiliados y asesinados por Hitler en connivencia con Franco, la mayoría en los campos de exterminio de Gusen y Mauthasen.
En paralelo a estos datos, se calcula que en España hay 4.265 fosas (aquí no entran los miles de muertos desperdigados por las cunetas), según el Ministerio de Presidencia y Memoria Democrática y distintos historiadores. Contabilizando un total de 58.000 víctimas y con una estimación de 100.000. Contabilidad complicada e indiciaria, ya que muchas fosas están ocultas y de las localizadas apenas si se ha excavado un 8,4 %. Los datos son desoladores: de las 4.265 fosas, solo 326 han sido exhumadas. Demasiado lento, muchas dificultades, falta de medios, trabas políticas y administrativas. Y eso que tenemos una ley desde hace 18 años. Recuerdo que Rajoy se jactaba de no haber puesto un duro para Memoria Histórica en sus presupuestos (Montoro era el ministro de Hacienda ¿Capisci?) y Casado se mofaba de los “carcas que andan todo el día con las fosas y la guerra del abuelo”. Es decir, que cuando ellos gobiernen… se acabaron las fosas. Las sellarán definitivamente. Aunque abrirán otras nuevas. Para meter, si es preciso, a todos los que puedan: a los tripulantes del Open Arms, a los 8 millones de inmigrantes, a los musulmanes de Torre Pacheco tras ser apaleados con sus bates, a todos los niños y niñas de las pateras, a las feministas, a los comunistas y a los homosexuales. ¿Acaso no es legítimo buscar los restos de tus padres o tus abuelos, para enterrarlos con dignidad? ¿No es humano y comprensible, a no ser que tengas menos corazón que una hiena? ¿Te parece poco haber vivido sin ellos, por haber sido fusilados en el muro de un cementerio, para que ahora, 80 años más tarde, impidas o dificultes la búsqueda de sus cuerpos?
Por este motivo me he permitido poner este largo título a mi artículo: “UNA DEMOCRACIA DEJA DE SERLO SI NO DESENTIERRA DE LAS FOSAS A LOS MUERTOS”. No parar, no dejar de excavar con uñas y dientes, hasta que aparezcan Lorca, el maestro republicano Dióscoro Galindo y los banderilleros Francisco Galadí y Juan Arcollas, asesinados juntos, como símbolos de los miles de desaparecidos.
Porque incluso con el fin de los regímenes más crueles, de Pol Pot a Pinochet, se ha dado sepultura a los muertos. Menos aquí, en esta España inmoral e indecente. Inhuma y “diferente”. De verdad, no me lo explico. Por eso llevo aquí toda la mañana, reflexionando, mientras escribo este artículo, preguntándome cómo estas personas, cómo estos (i)responsables políticos, de Tellado a Abascal, pueden tener tan podrida el alma y tan enfermo el cerebro.

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