Opinión
Una democracia de vagos y maleantes

Por Sergitz Moreno
Secretario Político de Sumar Mugimendua
-Actualizado a
No hay democracia donde el reloj obedece al patrón. Antonio Garamendi protesta porque le arrebatan el privilegio de robar nuestras horas. Su cruzada contra el registro horario no es otra cosa que la defensa de un viejo fuero patronal: que el tiempo de los trabajadores les pertenece. Cuando invoca la "cultura del esfuerzo" y compara la vida asalariada con el entrenamiento de un deportista de élite, no improvisa: dicta doctrina de clase, convierte vivir mejor en desviación y eleva el sufrimiento a virtud. Toni Nadal entona el mismo coro: en España el trabajo "parece un castigo", dice. Y la patronal vasca exige "más horas y menos bajas" con la misma fe con la que otros rezan su credo: flexibilidad, sacrificio, obediencia. No discuten nuestra productividad, disputan nuestra soberanía.
Nos quieren narrar que la historia humana es una epopeya de héroes individuales: que prosperar depende de entrenar como Nadal, de madrugar como un gurú de LinkedIn, de repetir mantras de autoayuda como si fueran leyes universales. Pero la verdad es otra: la mayoría madruga porque no tiene alternativa, hace horas extra porque teme perder el empleo, y acepta condiciones injustas porque el alquiler no espera. Quienes invocan la meritocracia son, en realidad, los guardianes de una herencia: adultos de parque temático que confunden confort con virtud, nepo babies que sermonean disciplina mientras heredan privilegios. El truco es sencillo: celebrar el esfuerzo y bautizar como mérito lo que no es más que cuna. Y de ese engaño nace la gran promesa democrática incumplida: la igualdad de oportunidades.
Una fórmula de igualdad que no es un horizonte pendiente, sino una ficción estadística. Según la OCDE, en España a una persona nacida en un hogar pobre le llevará cuatro generaciones alcanzar el ingreso medio. El ascensor social lleva años parado en la planta de los ricos, atascado y reservado para quienes siempre viajaron en él. El Banco de España confirma que la persistencia intergeneracional en quienes nacimos en los noventa alcanza niveles propios de Estados Unidos: tu renta adulta es, cada vez más, una sombra de la de tus progenitores. Y en Euskadi, donde la red concertada escolariza a casi la mitad del alumnado, la cuna decide el aula y el aula condiciona el futuro. Mientras tanto, los gurús del emprendimiento y los crypto bros predican que con esfuerzo cualquiera puede ser Musk. Es la gran estafa cultural de nuestro tiempo: hacer creer a millones de jóvenes que bordean el Olimpo cuando están a un solo paso de la precariedad.
El filósofo coreano Byung-Chul Han lo llama "la sociedad del rendimiento": un régimen donde nos creemos libres mientras nos exprimimos hasta el agotamiento. Ese es el saldo final del capitalismo: transformar la desigualdad en aspiración y la explotación en virtud. He ahí la función última de la retórica del esfuerzo: legitimar cuántas horas son nuestras y cuántas debemos entregar al poder económico. Lo señaló con una lucidez demoledora la Vicepresidenta Segunda y Ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, cuando en sede parlamentaria arremetió contra quienes rechazaron la reducción de la jornada laboral: "usted y yo representamos algo que mueve la historia: la lucha de clases. Y usted representa al gran capital". Esa es la clave: el pulso de la historia se libra por el bien más preciado que tenemos: las horas de vida que podemos llamar nuestras.
En efecto, la historia de la democracia es también la historia del tiempo: de cómo se distribuye, de cuánto pertenece a cada cual y bajo qué reglas se raciona ese bien escaso que siempre es objeto de disputa económica y política. Después de todo, no existe libertad política sin emancipación económica, y ninguna de las dos puede darse sin tiempo propio. Por eso la desprivatización del tiempo —libre y seguro— es condición elemental de toda democracia y raíz de cualquier libertad material. Solo desde esta perspectiva se entienden las grandes conquistas del siglo XX: la participación política como derecho, las vacaciones pagadas, la jubilación, los permisos de maternidad y paternidad, las bajas por enfermedad, y la propia limitación de la jornada laboral. Todas ellas fueron horas devueltas a la vida y arrancadas al capital: trincheras que impidieron que cada minuto se convirtiera en mercancía.
Hoy sabemos que la reducción de la jornada no solo cuenta con un respaldo mayoritario en las calles, sino que arroja en otros países resultados incontestables: mejor salud física y mental, mayor satisfacción vital y, contra todos los pronósticos de la patronal, un aumento de la productividad. Pero incluso si esto último no fuera así —aunque lo es—, seguiríamos teniendo la obligación de defenderla, porque una democracia no puede sostenerse sobre la expropiación del tiempo de la mayoría en beneficio de unos pocos. Insisto: el derecho al tiempo no se justifica por su rentabilidad económica, sino que se fundamenta en la idea misma de libertad.
Como plantea Juan Evaristo Valls Boix en El derecho a las cosas bellas, urge defender el derecho a la pereza: rechazar un descanso domesticado que solo sirve para recomponer fuerzas y volver a producir, y conquistar en su lugar un tiempo indócil, que no deba justificarse ni pueda ser rentabilizado. Un tiempo para cuidar, conversar, pasear, o simplemente dejar pasar las horas sin remordimiento. Ahí se abre la frontera de la democracia: no en el crecimiento del PIB, sino en la vida cotidiana. Porque es en ese territorio —en la ansiedad que llamamos salud mental, en el fin de semana convertido en centro comercial, en la soledad vendida como libertad— donde se juega la disputa decisiva: si nuestro tiempo seguirá siendo mercancía patronal o pasará a ser, por fin, un derecho radicalmente democrático.
De ahí que iniciativas como el registro horario, que obligará a reconocer hasta el último minuto trabajado, o la del partido verde portugués Livre, que propone la regla del 30/30 —treinta horas semanales de trabajo y treinta días de vacaciones anuales remuneradas—, abran camino a un cambio de reglas en la organización social del tiempo. Y en esa misma dirección cabría añadir un tercer pilar: treinta años de cotización para acceder a la jubilación plena. Un 30/30/30 que condensa en una fórmula clara la promesa de una democracia para el siglo XXI: trabajar menos, vivir mejor y garantizar a todas las personas un tiempo propio para disfrutar, aprender y cuidar.
Y es aquí donde debemos redoblar la apuesta. Tras las victorias del ciclo laborista del siglo XX, vinculadas al derecho al trabajo, el ecosocialismo del nuevo siglo debe hacer del derecho al tiempo su razón de ser: garantizar la posibilidad de vivir con dignidad al margen de la situación laboral. Ese desplazamiento —del empleo al tiempo— abre un horizonte radical: una sociedad sin trabajo no deseado. Una sociedad que, al asegurar condiciones básicas de vida garantizada, erosiona los cimientos del capitalismo actual, cuyo equilibrio depende de la precariedad y de que siempre haya una persona lo bastante necesitada como para aceptar condiciones miserables.
Frente a Gobiernos conservadores como el vasco, que convierten la lucha contra el absentismo en bandera y defienden un capitalismo de amiguetes basado en la extracción de rentas, las izquierdas debemos levantar un nuevo contrato social que supere las políticas del pleno empleo y apueste por fórmulas de reparto de riqueza verdaderamente transformadoras como la renta básica universal. Y debemos hacerlo con más motivo aún, en tanto que —como advierte el economista Julen Bollain— la automatización y la digitalización masiva anuncian un horizonte donde la renta básica ya no será una opción, sino condición de supervivencia ante el colapso irreversible del empleo fordista.
Lo decisivo no está en la retórica del esfuerzo ni en la falsa igualdad de oportunidades, sino en arrancar al capital el monopolio del tiempo y de la vida. En admitir, sin rodeos, que la promesa del pleno empleo murió con el siglo XX y que la supervivencia del XXI exige ingresos incondicionales, no como subsidio ni caridad, sino como base material de la libertad. Si el siglo pasado nos dio las ocho horas, el siglo presente debe entregarnos la vida entera. No queremos héroes ni heroínas del sacrificio, sino una ciudadanía con derecho a existir sin miedo ni prisa. Y frente a los insultos de la caverna trabajista que ladra porque cabalgamos, respondamos con orgullo: que nos llamen vagos y maleantes, porque en esa desobediencia está la semilla de la verdadera democracia.

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