Opinión
Deseos incontenibles a pesar de los pesares

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
Hay libros que se leen como un espejo. Rebeldes del deseo: gais, lesbianas y bisexuales en la creación artística del siglo XX, de Carlos Barea, por ejemplo. Una compilación de nombres propios que tratan de aportar pistas para la construcción colectiva de la memoria de quienes hemos sido históricamente silenciadas. Una compilación de nombres propios que recuerdan una obviedad: hemos estado siempre ahí. Los amores y el deseo que hoy llamaríamos queer han sido incontenibles a pesar de los pesares.
Carlos Barea, que busca "celebrar a quienes pudieron hacerse un hueco" en la escena artística del siglo XX, reconoce que este libro no podría haberse escrito hace unos años. Ahora, de hecho, se impone entre quienes prefieren no saber, que no contemos, que no encontremos nuestro sitio en la historia. El libro cayó en mis manos en plena polémica sobre Cervantes y la homosexualidad. Esa polémica estúpida que surgió con el estreno de El cautivo, de Alejandro Amenábar.
Rebeldes del deseo es una especie de mapa de afectos y heridas, una genealogía de quienes, desde los márgenes, hicieron del arte una forma de supervivencia. No solo porque quisieran dejar huella, sino porque no les quedaba otra manera de existir. El autor elige centrarse en lo artístico porque ha sido un ámbito en el que tal vez se intuía algo más de libertad. Eso sí, advierte también Barea que "la dimensión bufonesca de estas identidades cumple la función de entretener a los demás y de sacarlos de sus rutinas”, pero esa “explosión de libertad" se desvanece al bajarse del escenario. Mariquitas para que nos riamos un rato, sí. Luego, no pasarse. Es un homenaje a los despreciados.
¿A que no sabías que Luis Cernuda, uno de los grandes de la generación del 27, escribió Poemas para un cuerpo inspirado en un culturista mexicano del que se enamoró? ¿O que Carmen Conde, primera mujer en ingresar en la Real Academia Española, compartió gran parte de su vida con otra mujer?
Rebeldes del deseo es también una lista de desapariciones simbólicas, de los huecos que deja el miedo. Ahí están, por ejemplo, Arthur Rimbaud y Paul Verlaine, los poetas que se amaron y se destruyeron en París. Su relación, dice Barea, "marcó para siempre la historia de las letras francesas", aunque todavía hoy haya quien trate de negarlo. En 2020, un grupo de intelectuales francesas solicitó que se les reuniera en el Panteón de los grandes hombres de Francia. La familia de Rimbaud se negó. Su tatarasobrina —que ya me diréis qué pinta opinando de esto— aseguró que todo el mundo pensaría entonces que eran homosexuales. Por suerte, ni borrar el deseo sirve para limpiar la memoria, ni la memoria puede escribirse sin atender a los deseos. El arte no puede escribirse sin cuerpo.
Ay, las familias, cuánto daño han hecho a nuestra memoria. Recordad cuando, tras la muerte de Carmen de Mairena, el activista cultural Joan Estrada encontró todas sus pertenencias en la basura: "Fue una falta de respeto que a alguien en vida de la categoría de Mairena le tiraran todo a la basura", declaró. A veces el olvido es una bolsa negra en la acera. Como si la historia no supiera qué hacer con nosotras, nos vamos quedando desperdigadas en cementerios, en almacenes, en archivos que se revisan poco. Vete a saber dónde están las cosas de Tórtola Valencia, bailarina que tuvo que adoptar a su novia para que pudiera heredar y que ahora está enterrada con ella, como madre e hija, en un cementerio de Barcelona.
Los silencios que no se atrevieron a romper algunas de las nuestras, por razones obvias, siguen intentando ser obviados hoy. Que se lo digan, si no, a Mari Trini. Icono lésbico por excelencia, la primera mujer en salir en televisión con vaqueros, la que vendió más de diez millones de discos, un fenómeno musical y, a la vez, una incógnita. Nunca reconoció públicamente que era lesbiana. "Ella jamás habría podido triunfar en el mundo de la música si hubiera hecho público que era lesbiana", declaró Mar Tornero, del colectivo LGTBI Galactyco, cuando se obvió su orientación sexual en su cuento biográfico, editado por la Consejería de Educación de la Región de Murcia. La autora, Marisa López Soria, aseguró que lo habría incluido si ella lo hubiera admitido: "Pero entendí que en este caso no era pertinente. Creo que se dan las pinceladas suficientes para que cada uno saque sus propias conclusiones".
El que sí "lo admitió" fue el icónico Leopoldo María Panero, que quería irse a París porque "allí no están tan locos como aquí". Declaró ser homosexual y masoquista, pero, sobre todo, se atrevió a decir que El Quijote "es una novela río asquerosa".
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