Opinión
Un día habrá llegado para quedarse

Escritora y doctora en estudios culturales
Un día te levantas de la cama y tu marido te cuenta que han asaltado el Capitolio. Tuerces la boca y lo miras con unos ojos hinchados aún saliendo del sueño; no dices nada; caminas hacia la cocina para calentar una taza de café y, mientras gira dentro del microondas, sientes que dan vueltas también otras cosas: tu estómago, las paredes alrededor, la tensión de meses violentos a los que nada parece poner freno. Tras los primeros sorbos, abres por fin la prensa y tu mente comienza a procesar, lentamente, el aluvión de fotos y declaraciones inconexas. Ha ocurrido, no te sorprende, bebes rápido el líquido recalentado y te pones otra taza, por ver si así se desvanece la pesadilla, pero esta no se va. Al rato, ese mismo día, escudriñas las razones de tu frialdad y recuerdas que habéis pasado meses bajo toque de queda, con la ciudad completamente militarizada: hervidero de protestas y una respuesta desproporcionada de las fuerzas del orden, que han actuado como fuerzas del caos.
Recuerdas los gases lacrimógenos y los arrestos arbitrarios; los inmigrantes enjaulados como animales de circo; las fachadas tapiadas de los comercios bajo una gélida penumbra el día de las elecciones. Recuerdas, y te da por vaticinar futuros abominables donde los derechos fundamentales se hayan convertido ya en material arqueológico sepultado por un tiempo que apenas devuelve agonía. Un día, varios años después, a miles de kilómetros, regresa un fantasma multiplicado en el alcance del pánico que provoca, y entonces ya no quieres más café; al contrario, buscas anestesiar un sentido de la realidad agudizado por las circunstancias, aunque nunca hayas sabido practicar el escapismo. Es grave, ya hemos estado ahí, la gente corea candelas para el campo yermo, y combustible para el incendio. Desde dentro, van silenciándose como velas consumidas las voces disidentes; desde fuera, se van enajenando las conciencias, y sólo abundan los pirómanos o el desconsolado vecino con su extintor. El círculo se va cerrando sobre sí mismo en una suerte de mazmorra dura, de piedra, que poco se parece a la democracia.
En qué momento buena parte de la ciudadanía claudicó en su defensa del bienestar común, sustituyó el conocimiento y el rigor por las manadas de bulos y el graznido de cantamañanas con un micrófono muy grande. En qué momento la izquierda de nuestro país decidió priorizar el cainismo, o bien jugarse la única carta que quedaba en una partida de mordidas y prostitución, sin haber entendido en su conjunto que nos encontrábamos ante una mudanza de paradigma global, más allá de los partidos, hacia el precipicio más tenebroso. Imagino que es difícil pensarse dentro de la historia; quizá exista una ceguera especial entre cierta élite que le impida analizar el descontento de las capas más bajas, de los jóvenes, de la clase media depauperada… el mismo descontento que la (ultra)derecha sabe canalizar tan bien hacia los casi únicos terrenos fértiles hoy en día: los del fascismo. Debido a esta dolencia que empieza a cronificarse, no se ha sabido ver la cantidad de sufrimiento que genera un sistema neoliberal culpable de los peores datos de desigualdad en siglos; ni la rotura de los consensos cívicos y los cimientos políticos en los que la gente puede aún ser gente: no carne de cañón para tragedias como la DANA, no compradores de lo que deberían ser garantías inalienables –la sanidad, la educación–, no marionetas para la extracción digital de datos con los que, más tarde, robarles la atención, la verdad y la vida, sino gente, personas.
Hemos perdido un tiempo precioso a la hora de blindar nuestras instituciones contra una patología anunciada desde 2016 al otro lado del Atlántico que, como la covid, se sabía que se extendería. Los cipayos patrioteros copiaron sus discursos, emularon sus estrategias judiciales, se sirvieron de las mismas herramientas comunicativas envenenadas y, cuando el enfermo de izquierda se hallaba moribundo, él mismo dejó de tomar la medicación y cayó en hábitos autodestructivos. Por el camino, resultó lógico a buena parte de la población identificarse con el aguerrido sicario del bienestar en lugar de con el convaleciente, desdeñando la posibilidad de que ella fuese también carne para el contagio. Ahora, en el acorralamiento al que están siendo sometidos cada uno de los pilares democráticos que costó tanto conquistar, sin poder ampliar su abarcadura en plena retirada defensiva, algunos se pasean con el cuerpo degollado y un diagnóstico preocupante. ¿Qué estarían haciendo mientras una horda de fanáticos asaltaba el Capitolio?
Porque un día, te levantas de la cama y tu vecina te cuenta que no puede pagarse la operación de rodilla, así que seguirá cojeando hasta acabar en una silla de ruedas; tu hijo te ruega, avergonzado, vivir contigo unos meses más a ver si le surge el trabajo que por fin le permita costearse el alquiler; un día se ilegaliza el aborto y te conviertes en criminal por estar encinta; se recortan las ayudas sociales, las expectativas y los sueños; se aniquila la libertad de expresión, incluyendo las manifestaciones y huelgas. Y entonces recuerdas cómo era el mundo antes, imperfecto pero aún llevadero, cuando la gente era gente y no masa dócil y oprimida, pero evitas escribirlo, puesto que, entre otras cosas, ningún medio lo publicaría.
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