Opinión
Cuando el dolor se convierte en relato POP

Por Pablo Crespo
Periodista musical
-Actualizado a
Duffy, Lady Gaga y el precio de contar tu historia en un mundo que juzga distinto según tu género y orientación sexual
El silencio que habla
En un estudio vacío de Londres, allá por 2010, Duffy apagó el micrófono y se marchó. No hubo entrevistas, no hubo giras, no hubo discos nuevos. Su debut, Rockferry (2008), la había lanzado al estrellato global, pero Endlessly no alcanzó el mismo impacto comercial. Poco después, desapareció del mapa.
Cuando reapareció en 2020, lo hizo con un testimonio estremecedor: había sido drogada, secuestrada y violada. Su voz temblaba, pero era clara. "Ese trauma me apartó de la vida pública". Para muchos, su relato daba sentido a una ausencia inexplicable; para otros, encajaba demasiado bien con un periodo de estancamiento profesional. La sospecha fue inmediata. El silencio, lejos de ser respetado, fue reinterpretado a posteriori como una maniobra narrativa.
El doble rasero de la industria
La diferencia con los hombres del rock resulta difícil de ignorar. Kurt Cobain, cuya salud mental y adicciones eran ampliamente conocidas, vio su colapso convertido en leyenda y su muerte en mito romántico. Bob Dylan ha reinventado su biografía una y otra vez sin que nadie cuestione la autenticidad de sus versiones.
Los hombres pueden desaparecer, autodestruirse o reinventarse y ser celebrados por ello. Las mujeres, en cambio, deben justificar cada pausa, cada fracaso, cada relato traumático. El dolor femenino se audita; el masculino se mitifica.
Lady Gaga experimentó una dinámica similar, aunque desde una posición de mayor visibilidad y poder. En el documental Five Foot Two (2017), mostró su vida atravesada por el dolor crónico de la fibromialgia mientras intentaba sostener su carrera tras ARTPOP y Joanne. La exposición fue intensa y pública, pero ese relato desapareció progresivamente cuando su trayectoria se relanzó con A Star Is Born y el Oscar. El dolor fue legítimo mientras fue visible; luego, convenientemente silenciado.
Aprender del pasado
Madonna comprendió pronto el valor estratégico del control narrativo. Desde los años ochenta, utilizó su biografía, sus pérdidas familiares y sus traumas como materia prima creativa. Cada reinvención, cada provocación religiosa o sexual, funcionó como una afirmación de poder sobre su propia historia.
"No he dejado que mi vida personal me destruya, la he convertido en parte de mi arte", afirmó en una entrevista. En su caso, el dolor no anuló la carrera: la reforzó.
El contraste con Sinéad O’Connor es revelador. Sus abusos infantiles, sus problemas de salud mental y sus conflictos con la industria musical no fueron leídos como profundidad artística, sino como inestabilidad. Su honestidad no fue celebrada, sino cuestionada y castigada.
Más recientemente, Kesha denunció abuso sexual y explotación por parte del productor Dr. Luke mientras su carrera quedaba paralizada por procesos judiciales. Aunque su relato estaba respaldado legalmente, el escrutinio público fue feroz. "Tuve que tomar el control de mi historia para poder cantar de nuevo", declaró. En su caso, narrar el trauma se convirtió en una condición para recuperar la voz artística.
El precio de vivir el trauma
El patrón se repite: el público acepta los relatos traumáticos de manera desigual según el género y la visibilidad. Amy Winehouse o Britney Spears, cuyo deterioro fue público y desordenado, recibieron empatía retrospectiva. Duffy o Gaga, cuya lucha permaneció invisible hasta ser verbalizada, enfrentaron incredulidad.
Mientras tanto, los hombres pueden caer en depresión, desaparecer o reinventarse sin necesidad de explicarse: Cobain, Hendrix, Morrison, Bowie. Durante décadas, ellos controlaron sellos, prensa y narrativa crítica. Escribieron la historia mientras las mujeres aprendían que su dolor debía ser probado, medido y legitimado constantemente.
Cuando el relato se sale de la norma
Este doble rasero no opera solo sobre el género, sino también sobre la orientación sexual y las identidades que desbordan la norma. Eduardo Casanova lo evidenció al anunciar su intención de realizar un documental sobre su vida con VIH. Antes incluso de que el proyecto existiera, la reacción fue inmediata: sospecha, acusaciones de oportunismo y una exigencia implícita de discreción.
El problema no era el contenido, sino la voz. Un hombre abiertamente homosexual, consciente de su imagen y de su discurso, reclamando el derecho a narrar su propia vulnerabilidad sin pedir permiso. Como ocurre con muchas mujeres en el pop, la conciencia narrativa fue leída como manipulación. El mensaje era claro: hay dolores que incomodan no por su falsedad, sino por quien los enuncia.
El tribunal de la mirada pública
Los casos de Duffy, Lady Gaga y Eduardo Casanova no pertenecen al mismo contexto, pero comparten un mecanismo de juicio similar. Cuando el dolor es narrado por mujeres o por identidades sexuales no normativas, deja de ser escucha y se convierte en interrogatorio. ¿Por qué ahora? ¿Con qué intención? ¿Para quién?
Duffy reaparece cuando su carrera se había enfriado; Gaga decide cuándo mostrar y cuándo ocultar su dolor; Casanova es cuestionado antes incluso de mostrar su obra. En todos los casos, la sospecha no nace de la contradicción, sino del control. El problema no es el sufrimiento, sino la autonomía para narrarlo sin ajustarse a un guion tranquilizador.
Reflexión final
Estas historias revelan que la desigualdad narrativa no responde solo al talento, la fama o la veracidad del testimonio, sino a una jerarquía más profunda: quién tiene derecho a contar su dolor sin ser puesto en duda. El género y la orientación sexual siguen funcionando como filtros invisibles que determinan qué relatos se consideran auténticos y cuáles sospechosos.
Mientras los hombres heterosexuales pueden simplemente existir en su caos, las mujeres y las identidades disidentes deben demostrar que su sufrimiento es real, necesario y narrado de la manera correcta. El silencio masculino se interpreta como profundidad; el femenino o queer, como estrategia.
Ann Powers lo sintetiza con claridad: "El arte y el trauma están irremediablemente entrelazados, pero el juicio social decide qué historias se escuchan y cuáles se sospechan". No se juzga la verdad del dolor, sino su encaje dentro de un guion emocional aceptable.
En una cultura que consume el sufrimiento como espectáculo, pero castiga a quien lo articula desde los márgenes, contar la propia historia sigue siendo un acto profundamente político. Cada silencio, cada regreso y cada confesión revelan algo más que una biografía: exponen cómo la industria cultural continúa midiendo el dolor con doble rasero y cómo, incluso en la música pop, la desigualdad narrativa persiste.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.