Opinión
Dueñas de nuestro propio relato

Por Carla Berrocal
-Actualizado a
El Festival Internacional de Cómic de Angoulême, uno de los eventos más importantes del sector, se canceló este año. La organización fue acusada de "falta de transparencia" y echar a una trabajadora que sufrió una agresión sexual por parte de un colaborador. Todo esto fue suficiente para prender la mecha de la indignación en la industria francesa: autores, editores, empresas e instituciones, decidieron boicotear la edición de este año y declarar la guerra a 9Art+, la sociedad detrás de la concesión organizativa. La acción conjunta de sindicatos y empresas dinamitó la idílica situación de la historieta gala, mostrando su cara más oscura y haciendo evidente la brecha de género.
Sobre la situación de las mujeres en la industria francesa, EL PAÍS cita lo siguiente: "En una tribuna publicada hace más de una semana en el periódico L’Humanité, 285 diseñadoras denunciaban 'la degradación de las condiciones de trabajo' en el certamen y criticaban, tras el despido de la citada trabajadora, que el suyo 'no es un caso único (…). Existe una continuidad en la violencia sexista y sexual en el oficio'".
Hace un par de semanas y en este lado de los Pirineos, Cristina Fallarás publicó en su perfil de Instagram un testimonio demoledor donde una mujer denunció a su expareja –un autor de cómic– por utilizar su imagen en un libro donde la expone públicamente: su cara, su cuerpo, su salud mental y en definitiva, su relato, denuncia ella, aparecen en las viñetas. La intimidad y vulnerabilidad que depositó en quien fue su pareja, fue secuestrada para construir un relato donde dinamitarla.
El libro siguió su curso, se vende en librerías y el artista goza de cierta atención. A ella, en cambió, la posibilidad de denunciar se le diluía: era muy difícil demostrar que su imagen fue usada en las viñetas, y en estos casos los jueces tienden a favorecer la libertad de expresión. Con la impotencia de esta situación, solo le quedó una vía: compartir su relato, y lo hizo en el perfil de Cristina Fallarás. Al mensaje siguió una reacción: primero, el asombro y el apoyo de las mujeres; después, los hooligans del tebeo de la caverna intentando silenciarla. Ya sea en la ficción o en la vida real, lo importante es castigar a las mujeres.
La polémica estaba servida, un montón de autores reconocidos encumbró la bandera de la libertad de expresión y la ficción como herramienta sanadora. No les llevaré la contraria en eso, pero sí en el deber moral que tiene el creador de modificar una experiencia. La vivencia, además de interesante, debe ser trabajada en función del engranaje dramático. Los autores vampirizamos nuestra vida real para alimentar las historias, pero trasladarla de forma literal es poco elegante, pobre y burdo en términos de ficción. Y si a eso le sumamos "ampararse" en la "sanación personal" para tergiversar un relato íntimo y causar dolor, esto tiene más de adolescente emocional herido que de ejercicio creativo. Desde la barrera digital, los machos se solidarizaron con el autor acariciando su ego y lo consideraron el agredido. Todo sea, siempre, por salvaguardar los amplios límites de la libertad de expresión, pero de autocrítica ni pío.
La violencia sexista y sexual en la industria de la historieta existe. De cara a la galería muchos se rasgan las vestiduras, se alegran de que haya más autoras, más voces, pero a la hora de la verdad –que es cuando pasan cosas que les obligan a posicionarse– las caretas se caen. De momento, y si muchos testimonios de este tipo salen a la luz, es gracias a las redes tejidas desde el feminismo. Por desgracia, el cómic ha hecho poco o nada para que éste sea un espacio seguro: a las mujeres aún las ignoran, las silencian, y hasta las despiden, a no ser que sean necesarias para cumplir cuotas o cupos en subvenciones. Ante todo esto, la única herramienta de defensa que nos queda es (re)escribir nuestras historias y aliarnos para ampliar su voz.
En 1610, Artemisia Gentisleschi pintó por primera vez Susana y los viejos. En el cuadro retrata la historia bíblica en la que Susana, esposa de un influyente judío, es acosada sexualmente por dos jueces. Ella resiste feroz: "Sé que, si hiciere esto, muerte es para mí; y que, si no lo hago, no escaparé de vuestras manos". Los hombres, a modo de venganza por no someterse, arruinan su reputación y la acusan de adulterio. En el juicio la condenaron a ser apedreada.
Un año después, como si predijera su propia suerte, Artemisia fue violada por su maestro, Agostino Tassi. Después de un largo proceso judicial en el que fue sometida a todo tipo de vejaciones y dudas sobre su testimonio, se sentenció a su agresor al exilio. Para la pintora, en cambio, el daño fue irreparable. El fantasma de lo sucedido la atormentó toda su vida y se le considera determinante en su ejecución artística.
A Susana y los viejos Artemisia volvió varias veces, una en 1630 y la última en 1652. A lo largo de toda su carrera la pintora evolucionó y, con ello, su forma de entender y plasmar el mito. Mientras que en su primera obra (1610) Susana está espantada y aterrorizada ante la presencia de los hombres, en la segunda (1630) la mujer se esconde avergonzada de la mirada lasciva y contempla suplicante a sus agresores. Sin embargo, en la última versión que Gentileschi pinta dos años antes de morir (1652), Susana no se muestra débil, sino que con postura erguida, levanta su mano y desafía a los jueces. Me da la sensación de que, al final de su vida, la pintora entendió su profesión como un acto de resistencia donde mostrar la verdad testimonial de las mujeres. Cuatro siglos después, miramos sus pinturas y sabemos que Artemisia triunfó. En su pincelada aún habita un grito de justicia que sobrevive al tiempo, un testimonio que pervive en la mirada, la importancia de ser dueñas de nuestro propio relato.
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