Opinión
El duque sin perdón
Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
A Urdangarín le cuadra una de esas coces verbales que soltaba Gene Hackman disfrazado de Little Bill en Sin Perdón, cuando le decían que a lo mejor se le había ido la mano al azotar al negro aquel hasta la muerte. Creo que era una de las rameras quien le decía: “Little Bill, has matado a un hombre inocente”. Y Little Bill, encajonado ya para siempre en el pedernal de Hackman, respondía: “¿Inocente? ¿Inocente de qué?”
El duque de Palma carga con el sambenito de culpable no desde que fundó el instituto Nóos (gran nombre, por cierto), sino desde el día en que se acercó a la Zarzuela armado de un ramo de flores. Tenía que haberse percatado Urdangarín de que en las inmediaciones del palacio hay un agujero negro que traslada a muchos de los visitantes asiduos directamente desde el comedor hasta el banquillo. Tenía que haber leído más cuentos de hadas y entonces habría comprendido que a las princesas casi siempre las custodia un dragón, cuando no las custodia un padre celoso que pone el listón tan alto a los candidatos que acaba fundando un cementerio en el foso del castillo.
Ahora Urdangarín, que antes fue el yerno ejemplar, se ha convertido en una picota, en un escarmiento de yerno, un chivo explicatorio, edicto y advertencia para todos los que osen mofarse de la confianza real. El público no va a perdonarle que haya traicionado el guión porque a este chicarrón alto, deportista y con cara de buenote no le pega eso de acabar de presunto. Urdangarín es un fallo de casting, un oxímoron, lo mismo que esa costumbre suya de ir por los despachos oficiales exhibiendo el título de duque al tiempo que mendigaba una limosna. Como bien explicó Matas, otro tipo nacido en libertad condicional: “¿Pero cómo no iba a darle dinero al duque de Palma?” Y Matas, no lo olvidemos, era un hombre tan limpio que tenía su palacete de Palma repleto de escobillas de váter a 400 euros la pieza.
Todos los observadores coinciden en que al duque de Palma se le ve desmejorado, casi proletario, como esos duques centrifugados desde algún reino balcánico reconvertido en koljós y que terminan malvendiendo el título en una película de Billy Wilder. La levita ya le viene grande y ondea tras su zancada con un aire fúnebre, de entierro prematuro, de enterrador que ha perdido la pala. A Urdangarín, para descansar la conciencia y la levita, le vendría bien una confesión de culpabilidad, como Lance Armstrong, que llevaba décadas engañando al mundo y cuyo mito se ha desinflado de golpe como una rueda pinchada. Lo malo será cuando Little Bill le pregunte: “¿Culpable? ¿Culpable de qué?”
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